Este individuo, Wilders, gusta decir que no se siente de ultraderecha, sino liberal. Otro engaño con las palabras. Lo cierto es que este señor es racista, xenófobo, antifeminista, partidario de una Holanda blanca y libre de coloured, ultracatólico, anti-islamista, manifiestamente defensor de la economía de mercado y contrario, de manera radical, a todo lo que sepa a economía pública. Es esta la “liberalidad” de este “Trump” neerlandés.
Las gentes que, de verdad, abogamos por las libertades, por la desaparición, paulatina, de desigualdades vergonzantes para la especie humana, por conseguir, poco a poco, más justicia social en un planeta amenazado por tantas cosas, guerras, cambios climáticos, usura, egoísmo y avaricia de unos pocos, nos alarmamos, cada vez más, por la parsimonia, laxitud, complacencia de los que se dicen nuestros representantes y que, todavía, se llaman demócratas, ante el avance y auge de esta corriente agresiva, vengadora, fanática y dictatorial que es el fascismo, aunque se haga apellidar con el más “chic” y blanqueado de ultraliberal.
A mi juicio, ese es el primer engaño que, con la ayuda de los medios informativos, nos han “colado”. La mentira de las palabras. Porque gentes que son racistas, xenófobos, que niegan la violencia de género, que niegan, por motivos de privilegios y egoístas, el cambio climático, personas contra la economía pública para limar desigualdades, que apuestan por una sanidad, educación o justicia eminentemente privada, que poco o nada les importan las gentes que nada tienen, no se les puede llamar liberales, ni siquiera de extrema derecha, hay que llamarlos, lisa y claramente, fascistas de nuevo cuño. Con el paso de la oca o sin él, con palmas alzadas o saludos disfrazados, con flamear de banderas y ojos encendidos por el odio, no hay que caer en la trampa semántica: son fascistas.
Fascistas que se han colado por puertas traseras o principales en los comedores de casi todas las “democracias” europeas. Democracias con tantos agujeros en sus bolsillos mercantiles, que dejan pasar injusticias, desigualdades, retrocesos en derechos, privilegios de castas políticas manejadas por sus amos, las multinacionales. Democracias tan imperfectas que son caldo de cultivo de esas corrientes que deberían haber desaparecido de la faz planetaria en 1945. Pero que, al socaire de esas faltas de avances en derechos, en libertades, en justicia social, en igualdad social, se han vuelto poderosas y fanfarronas, conscientes de que el viento de esas hipocresías, privilegios y entendimientos en puertas giratorias, le es favorable.
Y lo han hecho en una lista, casi interminable, de países europeos. En algunos de ellos, gobernándolos, con o sin ayudas de otros cuyo tinte gris es menos pronunciado, en otros, a la espera del salto a la yugular de democracias semipodridas que hace tiempo dejaron de avanzar en derechos. Polonia, Hungría, Estonia, Italia, Bulgaria, hoy Países Bajos, han caído en sus garras y les será complicado salir de ellas. En Francia, España, Suecia, Finlandia, Eslovenia, Eslovaquia, Austria, Chequia, Croacia, Dinamarca se agazapan y disfrazan sus intenciones para dar el salto. Si dejamos de lado las seudo-dictaduras de Bielorrusia, Ucrania o Turquía, muy pocos países están teñidos con un levísimo tono grisáceo: Portugal, Irlanda, Reino Unido, Noruega…
Pero no importa, si la que es, hoy, Europa de mercaderes, sigue reculando en derechos, igualdad, justicia social o libertades y avanza en las componendas con poderosos, en privilegios y corruptelas para quienes son sus marionetas, si se dan palmadas en la espalda a auténticos nazis, lleven la esvástica o una estrella de David en la frente, se pliegan como vasallos a los deseos y órdenes de un imperio en declive, utilizan la economía ultraliberal en sus países para aumentar el patrimonio de sus amigos, o de los que los manejan, a cambio de permitirles las migajas del tres por ciento, caerán también.
Porque, a mi juicio, la causa de que una buena parte de una clase social depauperada, de que una parte de la juventud de esa clase social esté deslumbrada por los mensajes de esos partidos nazis que entremezclan odio y soflamas, banderas y demagogia, mentiras y xenofobia, negación de derechos y realidades como la violencia de género y el cambio climático, estriba en la falta de honestidad de algunos de los dirigentes de esos países, en la falta de arrojo de una mayoría de ellos para ampliar derechos sociales, libertades, en la sensación que arrojan algunos de ellos de ampliar desigualdades más que minimizar privilegios de unos pocos elegidos. Ese es un buen vivero de desilusión, apatía, desencanto, frustración, despecho, rabia. Sentimientos todos ellos aprovechados por los vendedores de esvásticas bajo el canto de sirenas.
Y si los medios informativos les jalean, machacan a quienes denuncian estos males, les blanquean llamándolos de derecha, extrema derecha como mucho, comparándolos, en el colmo del cinismo, con quienes ellos llaman extrema izquierda, gentes que abogan por otro cambio de roles, que piden cambiar los valores actuales de ganancias, beneficios, avaricia, egoísmo, hambre o desigualdad, por otros en donde imperen la justicia social, los derechos, la igualdad, libertades o la propia sostenibilidad del sistema y del planeta, la hidra fascista se irá engordando, irá siendo más fuerte cada vez. Quizá hasta que los propios medios, el sistema podrido liberal, esa Europa que mercadea y que ha dejado de ser la meca de los derechos, no pueda impedir, aunque lo desee, la entrada en una historia pasada, de Heil y de Sieg, que vuelva a ser actual.
Hay tiempo, sí, pero el tiempo se acaba. Para esta ola de neofascismo lo mismo que para impedir el deterioro del planeta hasta el momento de no ser posible la vuelta atrás.

