Atrapadas en el sándwich

Está de moda hace años bautizar generaciones y últimamente más. Nos llaman generación sándwich a aquellas personas que, yendo hacia la cincuentena o sobrepasándola por poco, tenemos al mismo tiempo hijas/os a nuestro cargo, a menudo de corta edad, y padres de edad avanzada a los que tenemos que cuidar. Me incluyo en esa generación y, aunque yo no sea mujer, el uso femenino no es casual. Los cuidados, retribuidos o no, siguen siendo patrimonio de las mujeres. Cualquier estudio a propósito del tema lo confirma con rotundidad. Este sándwich es uno de los frutos de nuestro tiempo y en …

Está de moda hace años bautizar generaciones y últimamente más.

Nos llaman generación sándwich a aquellas personas que, yendo hacia la cincuentena o sobrepasándola por poco, tenemos al mismo tiempo hijas/os a nuestro cargo, a menudo de corta edad, y padres de edad avanzada a los que tenemos que cuidar.

Me incluyo en esa generación y, aunque yo no sea mujer, el uso femenino no es casual. Los cuidados, retribuidos o no, siguen siendo patrimonio de las mujeres. Cualquier estudio a propósito del tema lo confirma con rotundidad.

Este sándwich es uno de los frutos de nuestro tiempo y en Aragón todavía se nota más. Una tierra envejecida con una tasa de natalidad bajísima, que pierde población de hecho, en la que las mujeres cada vez son madres más tarde.

Las cosas han cambiado mucho y ello se puede ver en números. Unos números que no engañan. Hace 15 años tan apenas llegaba al 1% las mujeres que eran madres primerizas con más de 40 años. Ahora mismo esa tasa se acerca al 8% y subiendo. Las nuevas madres con más de 30, que en 1980 eran la excepción, ahora son casi la norma. Más que nada porque lanzarse a tener un hijo en edad temprana equivale a añadir precariedad a una población joven con un 40% de paro y que sobrevive a base de contratos a tiempo parcial con salarios ridículos.

Del otro lado tenemos a nuestros mayores. Los vemos a todas horas por la calle, al fin y al cabo en Aragón los jubilados son muchos, pero es que ya es la mitad de la población la que tiene más de 50 años. Además cada vez vivimos más tiempo ¿Nos vamos situando?

Esos mayores cobran una pensión media de poco más de 900 euros, pero quien tiene padres de cierta edad sabe que esa cifra es tramposa. Hay miles de pensiones mucho menores y de las pensiones no contributivas mejor ni hablar. Son sueldos de hambre: unos 380 euros de media.

Nuestros mayores, sobre todo los de más edad, en muchas ocasiones cobran cifras que a duras penas llegan para cubrir gastos básicos y que conllevan la incapacidad de ahorrar. Es una situación que, una vez más, feminiza la precariedad, pues las pensiones de las mujeres, a menudo de viudedad, son sensiblemente inferiores.

¡Prohibido ponerse enfermo! O por lo menos no muy grave. Si las hijas tienen que hacer frente al cuidado de un anciano con una enfermedad crónica o una discapacidad terminan atrapadas en el sándwich.

Las pensiones en muchas ocasiones no dan de sí para pagar el salario de una cuidadora, ni tampoco una residencia. Se tira de los ahorrillos del abuelo y luego la descendencia tiene que afrontar ese extra mensual. En el peor de los casos alguna hija trabaja menos, asalariadamente quiero decir, para asumir el penoso cuidado de una persona dependiente. Un trabajo duro y con carga emocional añadida.

Las cifras también son claras. Hay 348.000 personas en el Estado español con dependencia grave, 120.000 de ellas grandes dependientes, en espera de ayudas para la dependencia, pero las propias instituciones reconocen su lentitud. En los últimos cinco años han fallecido 150.000 en espera de una ayuda económica que nunca llegó.

Eso en la rebanada de arriba, siguiendo con el símil del bocata, pero en la de abajo está la descendencia.

Sobre el papel es posible una educación pública gratuita hasta llegar a la Universidad, aunque los estudios casi van a ser el más pequeño de tus gastos si uno echa una cuenta real. Los gastos son muchos.

La yaya no está para cuidar peques, como mucho puede echar un cable, así que toca llevar a la criatura a una guardería. Está bien, se socializa y aprende. El inconveniente es la escasez de plazas públicas, que por otro lado tampoco son gratuitas.

Un ejemplo. Solo en Zaragoza y en este curso 730 niños/as se quedaron en lista de espera para las escuelas infantiles municipales. Más que admitidas.

El cole es gratis, pero comedor, extraescolares y materiales son un coste añadido. La Uni dispara el gasto y ya hay quien no se la puede permitir.

Aún tienes que coger vacaciones, si te da el sueldo, y hasta tomarte una caña, si puedes. Eso y tener algo de vida de pareja y confiar que los abuelos no se pongan malos.

Y no podemos olvidar la faceta económica una vez más. En un mundo en que lo más básico sube muy rápido tienes que pagar un recibo de agua que ha multiplicado su cuantía, la electricidad más cara de Europa, gas, telefonía, el IVA al 21%... Convertidas en la loncha del bocata y presionadas por gastos imponderables las familias ven como sus padres también tienen todos esos gastos que cubrir. Si le añadimos la hipoteca y no digamos si hablamos ya de tener vehículo propio la presión económica se suma al efecto de la generación sándwich.

Mirar al futuro, visto el panorama, preocupa ¿Qué pasará con todas estas mamás y papás con críos muy peques que se van a juntar con unos padres en decadencia física cada vez más aguda? ¿Cómo afrontaremos la efervescencia adolescente padres más que cincuentones y abuelos octogenarios?

Las soluciones pasarían por reconocer social y económicamente la importancia de los cuidados, de hecho solo con un reconocimiento social lo demás debería venir dado.

Pero no es el objetivo lanzar una perorata de eventuales mejoras. Esto es una mera exposición con ánimo realista.

La generación sándwich está para quedarse, parece obvio, pero la precariedad de muchas familias no hace sino apretar un poco más el contenido de ese bocata, que está en lo que llaman edad madura.

 

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