Aprendiendo del herrerillo y de Yuri Gagarin

"Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos", decía el cosmonauta soviético mientras orbitaba la Tierra. Estas palabras deberían estar en la memoria colectiva de todos los seres humanos.

Yuri Gagarin. Foto: Archives of Rocket and Space Corporation

El 12 de abril se han cumplido 60 años del primer viaje de un cosmonauta, en plena guerra fría. El soviético Yuri Gagarin, protagonista de esta hazaña o efemérides, fue la primera persona que conscientemente vio y observó el planeta donde vivimos, que compartimos con otras especies de animales y plantas, desde una perspectiva global.

En su corto viaje, duró 1 hora y 48 minutos, realizó unos experimentos sencillos: beber, comer, escribir con un lápiz. Todas sus sensaciones y observaciones se registraron con una grabadora a bordo. "Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos", decía el cosmonauta mientras orbitaba la Tierra. Estas palabras deberían estar en la memoria colectiva de todos seres humanos.

La memoria colectiva o el inconsciente colectivo, es una herramienta de todos los seres vivos que la especie humana no activa frente a sus propios peligros, la naturaleza se rige por una serie de patrones o hábitos que hace que funcione, hay una rima que agudiza una memoria no consciente de cómo crear o evolucionar. Por ejemplo, una planta tiene una memoria inconsciente de como crecer o un animal de como cazar para subsistir.

Existe una memoria colectiva inconsciente entre los miembros de una misma especie o diferentes especies que comparten espacios para poder subsistir en armonía. Un ejemplo que todos hemos visto o nos han comentado es el que realizan perros domésticos cuando eligen hierbas para purgarse. Nadie les ha enseñado, saben elegir y resolver su problema de digestión. Otro ejemplo es la empatía que se ejercen mutuamente ciertos vegetales, cuando una planta en concreto está amenazada por algún agente exterior se observa que las de su entorno reaccionan de forma similar aunque en menor grado ante posibilidad de una amenaza semejante sin que se haya producido. O las inclinaciones casi paralelas de varios árboles para optimizar su subsistencia colectiva, o la reacción colectiva previa a un terremoto o maremoto.

Esta herramienta evoluciona. Un ejemplo claro es la costumbre que el herrerillo inglés, de forma espontánea, descubrió. Adquirió el hábito, en varios lugares a la vez a lo largo de toda la isla de Gran Bretaña, de robar leche de las botellas de reparto obteniendo la parte más nutritiva, la nata que flota en la parte superior. Esta ave tiene una vida media de tres años y un espacio de movimiento máximo de 5 kilómetros cuadrados. En 10-15 años, el hábito de las aves inglesas se había convertido en "universal" por el norte de Europa (Holanda, Suecia, Dinamarca).

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, con la ocupación alemana de los Países Bajos, se dejaron de entregar las botellas de leche en los domicilios y no se reanudó hasta ocho años después (1948). Dos o tres generaciones completas de la especie en ese espacio geográfico habían desaparecido, pues nada más reiniciarse el reparto las aves volvieron a robar la leche y en un año escaso lo hacían en todo el territorio como "habito universal", cuando en la primera ocasión habían tardado casi una década en descubrirlo y generalizarlo. Nadie se lo había enseñado, pero el inconsciente colectivo guardaba un recuerdo.

La activación en el ámbito humano de un inconsciente colectivo contra todas las barbaridades que han cometido sus miembros para autodestruirse de forma cruel y brutal en los últimos siglos sería un síntoma de evolución del mismo. Un recuerdo, como el fascismo o los nacionalismos supremacistas. Un inconsciente que descarte lo que no permite evolucionar o subsistir a la especie, que no es individual ni propiedad de ningún grupo, que es colectivo y de alguna manera tiene vida propia. El aprendizaje del herrerillo o la reacción del perro o de los árboles frente al viento es un hábito inconsciente aprendido para escoger ciertas acciones o situaciones que les beneficia y desechar otras que les perjudica o les conduce a la extinción.

Sin una actitud de consciencia colectiva será muy difícil no solo evitar los fascismos tampoco las "pseudo identidades ideológicas de los elegidos del sistema", aquellos que se agrupan para justificar las maniobras neoliberales. Esas mentes estultas que quieren controlar la vida y comercializar con el cambio climático, para favorecer la expansión de un modelo regido por beneficios ficticios de unos pocos. Un sistema al que le molesta la música de la rima de la inconsciencia colectiva que genera ruido para distraer a la ciudadanía.

El ecofascismo oligárquico está llamando a la puerta pidiendo espacio para sus normas, sus modelos, sus controles, sus armas, sus fronteras... La supervivencia no puede venir por la violencia sino por la consciencia. Las buenas costumbres y hábitos de los herrerillos no se han quedado en Gran Bretaña, han traspasado el estrecho, se ha transmitido y compartido con el resto de la especie.

Yuri Gagarin, como dijo Pavel Popovich otro cosmonauta, "fue el primero en comprender la totalidad del planeta". Alguien que entendió que es una unidad y se percató, desde la perspectiva de su viaje, de lo ridículas que son las fronteras. En primer lugar porque no están ni dibujadas ni marcadas, en segundo porque solo sirven para pelear y diferenciar.

Este planeta es una unidad biológica que necesita a todos sus seres vivos para sobrevivir en un universo en que la existencia de oxígeno y agua en su capa es una peculiaridad. Aunque posiblemente no sea único, si un hecho excepcional que debemos aprovechar. Las rimas están, solo hay que cantarlas.

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