Tras días como el de ayer, jornada de votación al Parlamento europeo, muchas personas de izquierdas de mi generación me hacen llegar mensajes de tristeza y perplejidad.
Yo llevo todo el día pensando en ello y voy a hacer aquí un ejercicio de posible explicación para mí mismo, a ver si así me aclaro un poco.
Mi perspectiva es la de una persona sesentona que conoció el franquismo en sus últimos momentos, la transición más a fondo y la posterior democracia, comprometido con la visión izquierdista de manera muy general.
Siempre se pensó, desde la militancia antifranquista, que finalmente llegaría la democracia tras una reforma, como así sucedió (la llamada Transición) o que alcanzaríamos una república restaurada tras una ruptura, pero lo cierto es que nunca hubo fuerzas suficientes para conseguir este último objetivo. Además, reconozcámoslo, aún en los momentos más álgidos, la militancia antifranquista era claramente minoritaria.
El franquismo sociológico (cuarenta años de adoctrinamiento y represión) habían calado profundamente en la sociedad; también la mala conciencia de no haberse comprometido en la lucha contra el régimen y el mucho trabajo que hubo que realizar para salir adelante, ayudaron a que, aun hoy en día, queden muchos restos de esa lamentable tendencia.
La izquierda pensaba entonces que si una verdadera democracia se asentaba en España, tras el proceso de adaptación en el que prudentemente se votaría al centro, ya no cabría duda de que siempre iban a triunfar las posiciones progresistas.
El centro desapareció para no volver a pesar de los muchos intentos posteriores y así llegó el final de la transición.
Los socialistas ganarían las elecciones de 1982 y se mantendrían durante más de 12 años en el poder lo que alimentó la idea izquierdista sobre la mayoría social, pero a su vez asentó las bases para el inicio de la decepción democrática: hubo de hacerse una huelga general contra un gobierno de izquierdas por su deriva hacia el atlantismo y el liberalismo, lo que nunca hubiéramos imaginado.
Y así fuimos madurando.
Era una época de fácil reconocimiento social, recuerdo que, básicamente, existían tres tribus juveniles: progres, macarras y pijos, se explican por si solas, creo, cada una de estas denominaciones.
Hoy, sin embargo, la estructura juvenil social es mucho más compleja y nuestra generación, y gran parte de las alternativas a la izquierda del PSOE, no las entendemos y no sabemos llegar a ellas. Son generaciones criadas en la democracia, que creen que muchos de los beneficios que ésta tiene son inamovibles y que se puede jugar caprichosamente con el voto como si estuviéramos echando una quiniela.
Hasta están surgiendo en España y en toda Europa ¡izquierdas conservadoras!
Ya está explicado en los viejos textos: para que exista una clase social ésta ha de tomar conciencia de sí misma. El individualismo actual impide cualquier ilusión de aproximación a semejante realidad.
La composición social ha cambiado y no somos capaces de entenderla, quizás es que tiene una pluralidad que hace imposible hacerse ilusiones de llegar a convencer de hechos, que a nosotros nos parecen evidentes, pero que están muy lejos de la manera de comprender las cosas de las generaciones actuales.
Son muchos también los desafectos, los decepcionados, no será el primer militante de izquierdas de toda la vida, el sindicalista más duro y correoso, que tras años de zambullirse en el morbo de algunos programas radiofónicos matutinos vota incluso a la extrema derecha.
¿Quién ha vencido en estas elecciones?: obviamente la abstención, es decir la decepción.
Es la decepción con la democracia: se promete siempre el "cambio" y el cambio nunca llega a esas masas, cada vez más desengañadas.
Valga una última reflexión para explicar la ola de conservadurismo que asola el mundo.
Los antiguos países del este, en un efecto pendular claro, se decantan por una visión anti Europea, autoritaria, de extrema derecha, contagiando ahora de euroescepticismo a países antes núcleos fundamentales de la Unión.
Si cruzamos el Atlántico también encontramos claras muestras de decepción con los sistemas democráticos: asalto a las instituciones normalizado, tolerancia con la corrupción, creencia en las fake news, intolerancia hacia los diferentes, lucha contra los valores democráticos que parecían totalmente asentados...
Alguien me comentaba la pena que le daba ver a los veteranos del Día D, los que derrotaron al fascismo en Europa, con el telón de fondo de la llegada de la ultraderecha a ese mismo continente, yo le contesté: no te equivoques muy probablemente hay muchos entre ellos que, si siguen vivos, votarán otra vez a Trump.
Pues bien mi conclusión es clara: da igual lo que pretendamos hacer desde la visión izquierdista que pueda tener nuestra generación, lo importante es seguir cada uno en la lucha que nos hemos autoimpuesto, no es en absoluto inútil aunque nos lo parezca en muchas ocasiones.
Las generaciones pasadas hubieron de sufrir el fascismo, que ellos mismos implantaron, unos lo derrotaron antes y otros después, si vamos hacia un escenario similar (con los matices de la situación actual) habrán de ser esas generaciones quienes tendrán que acabar confrontándolo.
Somos peones de la Historia.
Pero, así como la naturaleza siempre acaba abriéndose paso, la Libertad (sin sierras eléctricas) también lo hace.
Tristeza hoy, sí, pero esperanza y fe en el futuro… Siempre.

