Hace unas semanas, mientras paseaba hacia la Biblioteca de Aragón (ir de bibliotecas me apasiona), una señora de unos sesenta años y de origen sudamericano me paró en la calle:
- Disculpe, me sabría decir dónde está la biblioteca.
- Por supuesto, voy hacia allí. Vamos juntas, esta es mi preferida de Zaragoza.
- ¿Hay más bibliotecas en Zaragoza? Si no hubiera sido por usted me habría perdido.
- ¡Uf! ¡Muchísimas más! ¿En qué barrio vive?
Le expliqué dónde estaban y cómo hacerse socia de las dos que conozco en su barrio con la satisfacción de pensar que tal vez habría facilitado el acceso a una lectora en ciernes. Nos separamos en la ventanilla de préstamos y devoluciones.
Como defiende nuestra paisana, Irene Vallejo, leer libros es un acto íntimo. Cuando te sumerges en la historia lo haces en completa soledad, desde y hacia dentro de ti. Las palabras detallan mundos y sentimientos imaginados o vividos por el autor, penetran por tus ojos y llegan directas a un cerebro que no sólo las interpreta, también es capaz de evocar sus propias sensaciones y emociones a partir del relato. ¿Quién no se ha sorprendido riendo a carcajadas o llorando a moco tendido entre las páginas de un libro?
La lectura, como placer solitario, es una suerte de masturbación mental que puede terminar en fiasco o en orgasmo, pero que no se encuentra al alcance de todo el mundo de igual manera, tal y como demostró la señora que me abordó aquel día.
Lo segundo mejor de leer un libro y haberlo disfrutado es comentarlo y compartirlo con otras personas. Hablar de libros con amigos y extraños, a diestro y siniestro, es una de las cosas que sucede a los grandes lectores. La amistad se aviva al calor del recuerdo de las vivencias que nos suscitan los libros en común.
Con mis hermanos comparto la pasión por los tebeos desde donde alcanza mi memoria. Una afición ininterrumpida durante más de cuatro décadas que se enciende cuando me cruzo a mi vecino Nacho en el ascensor y le hago pasar a casa para que elija entre los últimos ejemplares prestados de la biblioteca o cuando Iñaki viene a Zaragoza y contamos las lecturas nuevas o antiguas de cada uno y nos cambiamos cómics.
Concha, Juana y Águeda son mis referentes para repasar biografías de mujeres invisibilizadas por el peso de los siglos. Rosamaría es poeta y Joaquín recita con ardor en la sangre, ambos me abren ventanas hacia paisajes fascinantes cuando comparten conmigo sus composiciones.
Cada año, para celebrar nuestros cumpleaños bajo el signo de acuario, mi Carmen y yo nos cambiamos libros escogidos con esmero especialmente para nosotras. Raúl, mi librero y cuñado favorito, es el dealer libresco perfecto que sabe suministrar dosis constantes a intervalos irregulares, así que nunca sabes cuando te va a sorprender.
Una de las últimas personas que ha aterrizado en mi vida y con la que disfruto repasando libros de cualquier tipo (entre otras miles de cosas), es Lorenzo. Amante de las letras y las lenguas, su “fondo de armario” como estudioso y lector da miedo, aunque él sea un pedazo de pan.
El que siempre acierta desde hace muchos años, y quizá por ello sea el más antiguo, se llama Jorge. Como hoy, San Jorge y día del libro. Soltero de oro, melómano empedernido pero aborrecedor de la década de los 90, la de nuestra juventud, coleccionista de vinilos y rebuscador profesional en rastrillos y librerías de viejo. Tenerle es como tener una segunda biblioteca particular en su casa. La enfermedad que compartimos, el afán por la lectura, “no tiene cura, pero no es mortal”, me dijo una vez.
Podría seguir enumerando y hablar también de Álex, Yasmina, Patricia, Raquel y así una lista muy larga de personas con las que hablar de libros siempre resulta un placer.
Mi madre, cuando era pequeña, contaba que yo había nacido con un libro debajo del brazo. Lo que nunca explicó es que ese libro iba a esconder tantas personas detrás.
Feliz Día del Libro.




