Alonso, Iturgaiz y la amenaza del fascismo

No es difícil de entender que tres derechas iguales no pueden convivir. Cuando dentro del Partido Popular empezaron a tener problemas para tener contentas a todas las familias, surgieron disensiones por los dos extremos. La derecha moderada, algo asqueada de la corrupción generalizada del partido, se fue decantando por la regeneración. Primero fue UPyD, después Ciudadanos. Ambos partidos, viendo que su clientela provenía (eso intuyeron) del derechismo tradicional postfranquista, sacrificaron su vertiente regeneracionista por la rápida obtención de votos tradicionalistas. Pero este es el mismo electorado del PP. Se enzarzaron en una carrera electoral-dialéctica por identificarse en la esencia tradicionalista, …

No es difícil de entender que tres derechas iguales no pueden convivir. Cuando dentro del Partido Popular empezaron a tener problemas para tener contentas a todas las familias, surgieron disensiones por los dos extremos.

La derecha moderada, algo asqueada de la corrupción generalizada del partido, se fue decantando por la regeneración. Primero fue UPyD, después Ciudadanos. Ambos partidos, viendo que su clientela provenía (eso intuyeron) del derechismo tradicional postfranquista, sacrificaron su vertiente regeneracionista por la rápida obtención de votos tradicionalistas. Pero este es el mismo electorado del PP. Se enzarzaron en una carrera electoral-dialéctica por identificarse en la esencia tradicionalista, llevando el discurso de los tres hacia posiciones muy cercanas a 1975, excepto en el fanatismo monárquico y la soberanía económica española (ya no les importa que las grandes multinacionales extranjeras controlen la economía patria). Por tanto, el viaje diferenciatorio de estos partidos acabó en la convergencia pero en posiciones mucho más reaccionarias que antes del cisma.

Por el otro extremo, era el momento para que un colectivo, ideológicamente heredero del franquismo, saliera del armario y declarara abiertamente sus intenciones, después de 40 años de vivir en la clandestinidad periodística (autoimpuesta por la Transición). El debate ya estaba en su terreno y los grandes capitales necesitan partidos dictatoriales para controlar el creciente malestar social, por la injusta distribución de la riqueza, así que el dinero fluye a sus arcas abundantemente, incluso desde el extranjero, como el Consejo Nacional de Resistencia Iraní (grupo opositor anticapitalista y con ramificaciones terroristas, según EEUU). Claro, que en esto no han aprendido nada nuevo que no vieran dentro del PP, que se ha financiado ilegalmente en España (ya está sentenciado) y en Venezuela (en fase de investigación), como se está descubriendo.

Ante esta “diversidad” electoral, los votantes lo han tenido muy claro: el original antes que la copia. El poso en el imaginario popular del PP es mucho mayor y consistente que el de los nuevos partidos. La única opción que tuvo Cs de sobrepasar al PP y hacerlo pasar a la historia fue explotar el (fácil) filón de la corrupción del PP. Renunció a ello y, lo que es peor, apoyó al PP para gobernar allí donde era (es) corrupto y a esconderla de la Justicia. Ya eran iguales, sólo era cuestión de tiempo que se produjera la hecatombe.

Sin embargo, con VOX no está claro quién pervivirá. La derecha necesita unirse para gobernar, pues nunca contará con el apoyo de los partidos catalanes y vascos por el desprecio continuo al que los someten. De hecho, desde la fusión de falangismo y carlismo en 1937 por imposición de Franco, la derecha española no ha sabido desenvolverse dividida, como si fuera una imposición sobrenatural. No ha sabido explorar la modernidad de las derechas europeas: defensa de la aconfesionalidad del Estado, del Estado de Binestar, del republicanismo, del antifascismo, de los derechos sociales, especialmente los de la mujer, la separación de poderes o la libertad de expresión.

Por eso las tensiones se han desatado en las elecciones a las comunidades autónomas de Galicia, Cataluña y País Vasco. Casado ha decidido que el candidato a lehendakari no sea el presidente del partido en el País Vasco, Alonso, sino el tradicionalista (aznarista) Iturgaiz. Y no lo ha hecho por la sombra de corrupción que persigue a aquél (¿quién del PP no está perseguido por esta sombra?), sino por radicalizar el discurso y las formas. Las primeras palabras de Iturgaiz han sido para alabar a VOX y su candidato nacional, Abascal “una persona maravillosa” y para tachar al gobierno español de “fasciocomunista” que quiere romper la unidad de escaña, un gobierno ideológicamente cercano al portugués o al de algunos estados alemanes.

La derecha española está cerca de reagruparse, Cs ya ha claudicado sin condiciones, algo lógico en una líder, Arrimadas, que nunca supo salir del paraguas ideológico-personalista de Rivera. Es una lástima porque España necesita una derecha europea. Ahora se dirime quién liderará esta “nueva” derecha, el PP o VOX. En el discurso político ya están en el mismo punto. La reunificación de la derecha se hará en la extrema derecha. Sólo falta saber quién la liderará, de ahí los movimientos de Casado. Las próximas elecciones autonómicas pueden dar la clave.

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