Alberto Vizcaíno López es un ambientólogo de referencia estatal. Licenciado en Ciencias Ambientales, ejerce como consultor en sostenibilidad y gestión ambiental desde 2001. A nivel mediático destaca por su faceta divulgadora tanto en medios clásicos como digitales. Leer su libro Contenedor Amarillo S.A. es un buen ejercicio para desmontar la narrativa del reciclaje, que arrastra una sociedad de aceleración consumista desde el pasado siglo XX. Su Darth Vader particular son los envases de usar y tirar.
Y unos de sus trabajos comunitarios más destacados es el registro y seguimiento de información sobre incendios en instalaciones de gestión de residuos en España. Sabedores de su exhaustivo conocimiento en estos dos últimos ámbitos, desde AraInfo contactamos con él para proponerle un dialogo digital sobre su especialidad y retarle a adentrarse en un terreno más desconocido, residuos y centros de datos. Amablemente aceptó meterse en este nuevo charco.
Antes de entrar en harina aragonesa, ¿se puede explicar con sencillez qué es un parque de reciclaje?, ¿hay algún tipo de clasificación estricta o es una macedonia de residuos que se pueden elegir por categorías? ¿cómo delimitarías las responsabilidades de las entidades privadas y públicas en dichas instalaciones?
‘Parque de reciclaje’ es una expresión con la que idealizamos un conjunto de procesos de gestión y tratamiento de residuos. Como tal no hay una definición de uso general. La gestión de residuos es bastante compleja e implica la participación de distintos tipos de empresas: desde las que aportan vehículos de recogida, las que clasifican los residuos por tipos de materiales hasta, en el final del proceso, las que convierten esos materiales residuales clasificados en materias primas y nuevos productos.
Así, un parque de reciclaje puede ser un conjunto de empresas que operan sobre los residuos, ubicadas unas cerca de otras. Pero también puede ser una instalación amplia con distintos procesos de tratamiento de diversos tipos de residuos.
La legislación vigente establece responsabilidades concretas. Depende del tipo de residuos. Las administraciones locales están obligadas a gestionar los residuos municipales, normalmente entregando la gestión a empresas privadas, para las que el tratamiento de las basuras generadas en domicilios particulares es solamente una parte de su modelo de negocio. El resto proviene de otras actividades económicas, obligadas a dar un tratamiento adecuado a sus propios residuos.
“La preocupación es lógica ya que las emisiones de gases y partículas en incendios de materiales residuales no son inocuas para la salud, ni para el entorno”
Adicionalmente, la Administración está sujeta a unos objetivos de recuperación y reciclaje de materiales. Y también debe garantizar que las actividades de las empresas de gestión se realizan respetando la normativa vigente para evitar daños a la salud de las personas y al entorno.
¿Qué es exactamente un Parque Tecnológico del Reciclado, como el PTR López Soriano ubicado en el barrio de La Cartuja Baja de Zaragoza?
En este caso estamos ante un polígono industrial que concentra gestores de distintos tipos de residuos y empresas que pueden aprovechar materiales residuales en distintos procesos, como siderúrgicas. Entre las plantas que procesan residuos destacan las del grupo Industrias López Soriano, promotor del polígono industrial.
El año pasado se documentaron, como mínimo, cinco incendios importantes en estas instalaciones. Y en los tres últimos meses, otros tres más. ¿Es normal esta frecuencia según el registro nacional que confeccionas?¿Cuáles son las principales características que conlleva este PTR para acumular esta frecuencia?
De un tiempo a esta parte, un grupo de personas, a las que nos llama la atención el elevado número de incendios que ocurren en instalaciones de gestión de residuos y la recurrencia, como indicas, en algunos polígonos y empresas en concreto, documentamos los sucesos y tratamos de estudiar patrones.
El PTR es uno de los lugares con más incendios, no es el único polígono industrial donde hay gestores de residuos que sufren varios siniestros en la última década, pero sí uno de los más llamativos.
En general, siempre hablan de causalidad fortuita, no intencionada. Pero entiendo que acumular un tipo de residuos en unas condiciones de riesgo debería conllevar cierta responsabilidad, más si cabe ante la reiteración de incendios.
Efectivamente. En la operación con residuos existe cierto riesgo. En algunos casos se trabaja con productos inflamables y, casi siempre, con materiales que son combustibles -papel, cartón, madera- y con alto poder calorífico, como es el caso de plásticos y gomas. Pero hay otras actividades con riesgos similares en las que no se registran siniestros con tanta frecuencia. Comparativamente hay menos incendios en estaciones de servicio, fábricas de envases de plástico o en concesionarios de vehículos nuevos que en plantas de gestión de residuos y en desguaces.
En parte por los bajos márgenes de beneficio de las empresas que operan con residuos, la falta de medidas adecuadas de prevención y extinción de incendios hace que el problema sea más grave en este sector.
Los vecinos del barrio observan como mucha preocupación los grandes humos de estos incendios, ¿es lógico que estén profundamente preocupados por su salud?
Sí, la preocupación es lógica ya que las emisiones de gases y partículas en incendios de materiales residuales no son inocuas para la salud, ni para el entorno. Especialmente cuando se trata de materiales industriales que en su composición tienen sustancias peligrosas. Algunas pueden desaparecer en la combustión, pero otras se van a liberar a la atmósfera y se van a formar nuevos compuestos tóxicos con riesgo para la salud de las personas que respiran esos humos o en cuyo entorno se acumulan las partículas arrastradas por el viento.
Otro de las aspectos reiterativos en su extinción, es que cuando llegan los bomberos, solo pueden delimitar la zona y esperar a que se apegue. Reconocen no tener capacidad para evitar la combustión de este tipo de materiales tan inflamables. Es una resignación que comenzamos a naturalizar como si no existieran alternativas preventivas. Los vecinos piden instalación de cámaras termográficas y de videovigilancia, ¿estas medidas evitarían incendios o se necesita darle una vuelta al concepto de parque de reciclaje?
El problema con la extinción es bastante complejo. En parte por la cantidad de material combustible y su poder calorífico. Pero también por la presencia de residuos con comportamientos imprevisibles que pueden suponer riesgos adicionales a los equipos de extinción, como recipientes que pueden explotar, objetos que pueden salir proyectados o materiales apilados que se pueden derrumbar sin control.
En ocasiones estas situaciones se deben a una gestión deficiente de los materiales almacenados, que no cumple estrictamente con los parámetros de diseño de la instalación, la legislación sobre seguridad contra incendios en establecimientos industriales o no cuenta con medios adecuados de prevención y extinción de incendios. En algunos casos los medios existen pero no están operativos cuando suceden los siniestros.
“La posibilidad de reducir la cantidad de residuos se ha sacrificado a un modelo insostenible de producción y consumo”
Una mejor gestión y una mayor vigilancia podrían resultar en un menor número de incendios. Pero los recuperadores de residuos operan con márgenes tan estrechos que les llevan a ir siempre al límite. Por parte de la Administración se necesitaría más personal revisando instalaciones y haciendo cumplir la normativa.
De lo que no se habla tanto, es sobre qué tipo de sociedad de consumo tenemos y sus consecuencias en la acumulación de residuos sin límites. En mi infancia, a comienzos de los 80, no había separación por contenedores, pero convivíamos con los envases retornables, y en mi barrio había un cartonero al que vendíamos cajas a peso. ¿Nuestra huella de residuos era menor o mi pensamiento es simplemente nostalgia?
La cuestión de fondo es esa. El modelo de usar y tirar en el que estamos instalados genera una gran cantidad de residuos a los que hay que dar salida rápidamente. Y de la forma más económica posible para seguir fabricando productos baratos de usar y tirar. Las cosas han cambiado mucho desde la década de 1980: cada persona genera muchos más residuos. Se han abandonado los envases reutilizables o las prácticas de reparación en favor de envases de usar y tirar y productos baratos con una vida útil muy corta.
Es impensable que una lavadora, un frigorífico o un televisor que compras ahora dure para toda la vida. La obsolescencia se ha convertido en una práctica común, que llega a todos los productos de consumo. Incluso, a través del sistema operativo, las marcas son capaces de hacer que un ordenador, un teléfono móvil, una tablet o un lector de libros electrónicos quede obsoleto a pesar de funcionar correctamente.
Hemos avanzado en algunos aspectos. Tenemos más y mejores sistemas de recogida de residuos, más opciones de tratamiento, mejores técnicas de recuperación de materiales… pero el flujo está totalmente desbordado. Lo que debería ser la última opción se ha convertido en la primera. La posibilidad de reducir la cantidad de residuos se ha sacrificado a un modelo insostenible de producción y consumo. Tampoco hay muchas opciones reales de reutilización. Actualmente el usuario particular de envases de vidrio, que solía ser retornables y reutilizables, únicamente puede optar por la entrega, en el mejor de los casos, para en la fabricación de otros nuevos a partir de vidrio reciclado procedente de la destrucción del envase vacío.
Uno de los aspectos que más me interesa es la capacidad de las narrativas. Seguimos anclados en la individualización de la responsabilidad ambiental que proclamaba el anuncio ‘The Crying Indian’ (1971), creado por la organización Keep America Beautiful. Abrió camino a la de ‘No hay alternativa’ del neoliberalismo de Thatcher a finales de los 70. Ambas narrativas se repiten hoy, la primera sobre el diseño de tecnologías que atacan nuestros sesgos o debilidades, o la segunda con la inevitabilidad de la IA generativa.
Así es. Las grandes corporaciones son los principales clientes de los medios de comunicación y los creadores de contenidos. Destinan parte de sus beneficios económicos a crear las narrativas que se imponen a la opinión pública e influyen en las propuestas legislativas.
El problema de los residuos podría resolverse si esas corporaciones incluyesen criterios de diseño adecuados para alargar la vida útil de los productos. Por ejemplo, si su modelo de negocio se centrase en mantener la funcionalidad a largo plazo de los aparatos que han comercializado. En vez de asumir la responsabilidad sobre la lavadora, proveer al mercado de piezas de repuesto, formar reparadores, prestar servicios de mantenimiento a largo plazo… Les resulta más rentable diseñarlas de forma que duren lo que la mínima garantía legal aplicable y se estropeen de forma que el usuario perciba más adecuado comprar una nueva cada cinco, con suerte cada diez, años. El coste ambiental, social y económico es altísimo, pero lavan su imagen con programas de reciclaje que te permiten abstraerte del absurdo de comprar botellas de plástico en vez de beber agua de grifo. Nadie exige al ayuntamiento que el agua del grifo sea de calidad porque, gracias al bombardeo publicitario, el agua embotellada se percibe como un signo accesible de estatus social.
El poder adoctrinador de Ecoembes
Y para liberar el cargo de conciencia de la responsabilidad individual en los residuos, llegó una nueva narrativa a modo de solución, el reciclaje. Y ya abrimos melón Ecoembes. Tengo una amiga profesora de FP que cada año, al inicio de curso, pregunta al alumnado distintas materias generales aprendidas en su trayectoria escolar. La única que toda la clase coincide en saber es la de reciclar en el contenedor amarillo. Lo de reducir y reutilizar, ya si eso, otro día. Como adoctrinadores en las aulas, son de lo mejorcito que hay.
Efectivamente. Ecoembes es la marca con la que ha operado durante casi 30 años la empresa Ecoembalajes España S.A. Su modelo de negocio reside en inundar el mercado de envases de usar y tirar de las corporaciones que forman parte de la sociedad anónima, en su mayoría envasadores y distribuidores de productos envasados.
En mi caso particular el drama comenzó en una feria dirigida a público infantil en Madrid. Había todo tipo de actividades: un instalación para escalada de los bomberos, una ambulancia de emergencias… y un puesto de manualidades de SEO/BirdLife patrocinado por Ecoembes. Tenían una colección de pegatinas de distintas aves que se convirtió en objeto de deseo de mis hijos y sobrinos. Para conseguirlo tenían que hacer un comedero para aves con una botella de plástico. Así que vinieron corriendo a pedirme que les comprase una para bebérsela y hacer la manualidad. Nos fuimos de allí sin las pegatinas. Y aproveché la ocasión para explicar a los más jóvenes de mi familia la importancia de beber agua de grifo para evitar el plástico de usar y tirar que tanto perjudica a la salud de las personas y los ecosistemas de las aves.
Tuve la ocasión de contarle la anécdota a una persona responsable de SEO/BirdLife, pero se ve que no ha surtido efecto. Es un ejemplo claro de la capacidad de las corporaciones para manipular el discurso. Y de lo triste que resulta ver una organización conservacionista lavando la imagen de la industria del envase de usar y tirar.
Es evidente que tener dinero es imprescindible, pero, a mi juicio, la clave del éxito de su narrativa es que se puede asumir sin ningún coste ético. Más bien todo lo contrario, lo estoy haciendo bien, consumo mucho, pero yo siempre reciclo. Es la única salida que te dan para ser buen ciudadano.
Para el usuario particular la presencia de contenedores de colores en las calles juega ese papel: deposito mi residuo en el sistema de recogida y me quedo tranquilo. Lo que consiguen Ecoembes, Ecovidrio y otros sistemas de responsabilidad ampliada del productor es perpetuar el modelo insostenible de usar y tirar.
Con las campañas de publicidad, los contenidos pagados en redes sociales, los programas de televisión copados por personas -disfrazadas de expertos independientes- afines a su causa, espacios patrocinados en las tertulias radiofónicas o titulares engañosos en prensa, consiguen ocular el problema de fondo y las verdaderas alternativas.
“Mientras un monitor pagado por Ecoembes ocupa horas de clase explicando qué va o no al contenedor amarillo la profesora no tiene tiempo de explicar que es más sostenible evitar el envase de usar y tirar”
Mientras un monitor pagado por Ecoembes ocupa horas de clase explicando qué va o no al contenedor amarillo la profesora no tiene tiempo de explicar que es más sostenible evitar el envase de usar y tirar. Cuando una ONG saca al campo, a cambio de una pequeña limosna de Ecoembes, a voluntarios a recoger envases de usar y tirar (puestos en el mercado empresas de la Sociedad Anónima), no está concienciando a sus vecinos de la importancia de presionar al ayuntamiento para que el agua que sale por el grifo tenga calidad adecuada para evitar el consumo de botellas de plástico.
En este mundo loco, está de moda admitir que es legal cobrar comisiones por vender mascarillas durante las muertes por COVID, pero siempre acompañado del reproche moral y ético. Sin embargo, nadie es consciente, o al menos, no critica, que Ecoembes haga negocio con la generación de residuos y contaminación del planeta.
Y lo triste es que Ecoembes puede argumentar que no gana dinero. Por ley es una organización sin ánimo de lucro. Pero el negocio existe independientemente del lucro. El negocio de los ecoembes y ecovidrios ha sido presionar para evitar medidas reales para reducir el impacto ambiental, social y económico del envase de usar y tirar. Quienes se lucran son los envasadores y distribuidores de producto envasado que son la razón de ser de Ecoembes y sus hermanos pequeños.
Según un estudio, que convendría actualizar, se ahorran 1.700 millones de euros cada año. Es el coste que trasladan a los ayuntamientos por un sistema ineficiente de contenedores de colores. Un impacto económico directo en las cuentas públicas. De unos ayuntamientos que destinan recursos a una actividad que, también por ley, corresponde a quienes ponen en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos.
Esa ineficiencia en la recogida de residuos dificulta su tratamiento y posterior reciclaje. Y ahoga a los gestores de residuos que, por un lado, no pueden dar salida en el mercado a los materiales recuperados y, por otro, no tienen un margen económico que les permita implantar políticas operativas que reduzcan los riesgos de incendio en su operativa diaria.
Esos 1.700 millones de euros se están trasladando a las tasas de basuras municipales sin que los ayuntamientos tengan capacidad de desplegar alternativas. Manipulación de la opinión pública, influencia política, financiación de estudios sesgados a favor del interés particular de la industria… Ese es el verdadero modelo de negocio.

Era imposible que Ecoembes no recurriera al solucionismo tecnológico. En octubre de 2024 un publireportaje en El País titulaba: “Reciclar para cambiar el mundo: esta es la ‘app’ que ayuda a cuidar el planeta”. Hoy entras a la web oficial de app de Ecoembes y te dice “RECICLOS ya no está disponible”. ¿Qué pasó?
Reciclos fue una estrategia retardista para evitar la aplicación obligatoria de Sistemas de Depósito, Devolución y Retorno de envases. En 1997 la normativa estableció que quien pone en el mercado envases de un solo uso debe aceptar su devolución en los puntos de venta. E incentivarla mediante un pequeño importe cobrado al consumidor y puesto a su disposición cuando entregase el envase vacío al sistema de recogida.
Ecoembes se creó en 1996 y consiguió que esa práctica no fuese obligatoria a cambio de organizar la recogida de los envases en contenedores de colores. Ecovidrio se encargó del verde, haciendo que los envases de vidrio también pasasen a ser de usar y tirar. Adiós al casco retornable.
El contenedor amarillo debería recoger los “envases ligeros”. El consumidor paga cada vez que compra productos envasados. Ecoembes recoge el dinero. El ayuntamiento pone los contenedores y lleva los envases vacíos a plantas de clasificación. Ecoembes paga al ayuntamiento por los envases recuperados. Es una obligación legal de envasadores y distribuidores de producto envasado: asumir los costes de la recogida de los envases usados.
A medida que los ayuntamientos empezaban a pedir más recursos a Ecoembes para esas recogidas, la Sociedad Anónima empezó a desplegar distintas estrategias evitando asumir el coste real. Desde asesorar a esos ayuntamientos (en los que la capacidad de recogida suele ser muy inferior al volumen real de envases generados), a ir a los colegios (de la mano de ONGs) a generar la necesidad de consumir envases de usar y tirar para hacer manualidades, que dificultan todavía más el reciclaje de plásticos, latas y briks tuneados con apliques de silicona caliente.
Durante años Ecoembes y Ecovidrio han estado financiando estudios, bastante torticeros, para justificar que el SDDR es inviable. Reciclos pretendía ser una tercera vía, un reciclaje incentivado. Una estrategia paralela para silenciar las voces que empezaban a exigir las máquinas que pagan por devolver envases que se ven en otros países de Europa. Estaba avocado al fracaso porque únicamente pretendía descarrilar el avance del SDDR.
Hasta que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico publicó el ‘Informe relativo al cálculo de la recogida separada de botellas de plástico de un solo uso para bebidas en el año 2023’. En este documento se recoge que no se alcanzan los objetivos de recogida separada establecidos en la legislación, para el año 2023 y, en consecuencia, se debe implantar, en todo el territorio nacional y empezando a funcionar a finales de 2026 un sistema obligatorio de depósito, devolución y retorno (SDDR).
Es la sentencia para Reciclos, a pesar de que Ecoembes podría haber liderado el SDDR con esas máquinas de recogida de envases, y el pistoletazo de salida para una nueva colección de falsas soluciones como el contenedor inteligente (RecySmart). Efectivamente, en vez de solucionar el problema físico que implica el flujo de residuos, quienes causan el problema van añadiendo costosas capas abstractas, según la moda (IoT, bigdata, blockchain, IA…), para eludir la responsabilidad material de los residuos que genera su modelo de negocio.
Centros de datos y residuos, un futuro sin abordar
Aprovecho el cambio de tercio tecnológico, y voy a mi punto de interés en el último año, los centros de datos hiperescalares. Te contacté para saber tu opinión experta sobre las irregularidades de la gestión de residuos contaminados por amianto que ha hecho Microsoft en sus obras de Puerto Venecia. Ya conoces las noticias y vídeos, ¿qué te parece cómo han trabajado en esta escombrera?
Es muy triste que una corporación como Microsoft no tenga en cuenta la legislación aplicable a los flujos de materiales con los que trabaja. Según se aprecia en los vídeos, estaría incumpliendo las medidas para evitar que residuos de amianto afecten a la salud de las personas y queden depositados de forma segura. A la vista de todos, está incumpliendo normativa ambiental y de seguridad laboral de manera impune.
Otra cosa que me tiene un poco loco, es el anuncio de Amazon de crear en Aragón una fábrica para reciclar servidores de centros de datos. Soy muy ignorante, pero entiendo que sí se puede hacer con racks, que son las estructuras físicas que albergan los servidores. Pero, ¿en serio se pueden reciclar los componentes electrónicos de esta tecnología, con la miniaturización y el variado número de minerales y tierras raras que utilizan? No sé, me recuerda al pensamiento mágico de reciclar un tetra brik, pero a lo bestia.
Efectivamente, huele raro. Existe la posibilidad de un reciclaje real, pero el coste es tan alto que en la práctica no se ha desplegado. Lo que suele ocurrir es que se trituran los equipos y, por sus propiedades magnéticas, se recuperan los metales mayoritarios, con electro imanes y otras tecnologías similares. Ir al detalle de cada material sería lo deseable. Es factible sobre el papel, habrá que ver si Amazon hace la inversión necesaria y la mantiene en el tiempo.
Hace poco descubrimos que el milagro de la empresa “referente en Europa” en la gestión de residuos electrónicos hacía su magia contaminando un afluente del río Nervión. El tiempo dirá si siguen aumentando los incendios en “chatarrerías” a las que llegan los residuos de la trituración de los servidores o si dentro de una década aparece un amasijo de chips y amianto en una escombrera a las afueras de Zaragoza.
Lo ideal sería que Amazon montase un sistema de refabricación, desmontando pieza a pieza, probando los componentes individualmente y destinándolos a usos adecuados. Quizá sea posible que esos componentes de los servidores puedan ir a calculadoras, lavadoras o sirvan para controlar el elevalunas eléctrico de algún vehículo.
Pero, por lo que sea, las corporaciones prefieren operar con equipos fabricados con mano de obra precaria en el sudeste asiático a partir de minerales críticos extraídos por niños esclavizados en el Congo.
En cuanto al consumo intensivo de agua que hacen, me gustaría saber tu opinión sobre las dos posibilidades que alardean Amazon y Microsoft. Los primeros dicen refrigerar sus servidores con evaporización, mientras que los segundos presumen de un sistema de circuito cerrado que reduce su consumo, aunque conlleva aportar sustancias químicas al agua. ¿Cuales serían las claves de ambas, en su fase final de vertidos?
Es difícil saber la cantidad de agua real que pueden llegar a consumir estos centros de datos por la opacidad de las corporaciones. La cuestión clave sería controlar, con personal funcionario independiente de intereses privados, los consumos. La estrategia corporativa suele ser indicar un consumo muy bajo a la hora de solicitar permisos y exigir una dotación mayor de recursos en la puesta en marcha o durante la operativa, condicionando inversiones, posibles puestos de trabajo y prebendas políticas a la ampliación del recurso asignado inicialmente.
En teoría, la legislación de aguas en España es garantista, con unas prioridades claras en la asignación de usos, por lo que no deberíamos ser alarmistas en este aspecto. Pero hemos visto a responsables de confederaciones hidrográficas declarar que el riego de campos de golf no produce ningún recreo y priorizar este destino para el agua frente a otros, a priori, más acuciantes.
En cuanto a los sistemas, en ambos casos, se requiere transferencia de temperatura desde los servidores al agua y del agua al medio exterior. La evaporación implica una mayor eficacia con un gasto de agua superior. La recirculación en sistemas cerrados implica añadir sustancias al agua que eviten la oxidación y la corrosión de las tuberías, anticongelantes, sustancias para evitar la proliferación de bacterias… Algunos de esos productos son incompatibles con usos posteriores de ese agua declarados por las corporaciones, tales como el riego agrícola, porque el coste de retirar las sustancias perjudiciales para la salud del agua vuelve a ser un coste que prefieren no asumir.
Están comenzando a desmontar los primeros parques eólicos y parece que ahora se empieza a hablar de qué hacer con los residuos de los aerogeneradores, ¿nos pasará en el futuro con las baterías y los centros de datos?
Quiero pensar que seremos capaces de encontrar usos seguros para las palas de los aerogeneradores, así como procesos para la regeneración de las baterías o la reubicación de los componentes de los servidores de los centros de datos. Pero lo cierto es que no estamos aplicando el principio de precaución. Los grandes fondos de inversión y las operaciones especulativas están marcando las políticas de implantación de macrogranjas para la producción de carne, macro (parques de) instalaciones solares y eólicas para una generación centralizada de electricidad, centros de datos a hiperescala…
La velocidad con la que esto ocurre nos está impidiendo pensar si es necesario y para qué lo queremos ¿Necesitamos hipotecar nuestro futuro para generar memes? ¿Qué aportan las imágenes generadas con IA a una protesta ecologista? ¿Es necesario que los adolescentes sexualicen fotografías de sus compañeras de instituto? ¿Que los líderes políticos generen vídeos para ridiculizar a sus oponentes? ¿Quién se beneficia con todo esto y qué modelo de futuro está creando con el poder que consigue de centralizar información en centros de datos?
La cuestión es que tenemos recursos limitados y la apuesta por unos modelos de negocio implica la desaparición de otros. Un modelo globalizado distribución y consumo de alimentos en envases de usar y tirar hace que el comercio local y de proximidad no sea competitivo. Un mundo rural sin una agricultura o una ganadería extensivas viables económicamente abre los brazos a actividades de alto impacto como macrogranjas que contaminan los acuíferos, gestores de residuos que operan lejos del control administrativo o centros de datos que se instalan con falsas promesas de empleo y prosperidad.




