Alberto Garzón vuelve a tener razón

Como ocurrió cuando recomendó reducir el consumo de carne, en esta ocasión señalando los inconvenientes de las macrogranjas, Alberto Garzón vuelve a tener razón. Comer excesiva carne es un problema tanto para la salud como para el medio ambiente y son demasiados los efectos nocivos de las macrogranjas. Ni generan empleo, ni fijan población en el territorio, además maltratan a los animales, generan un impacto ambiental en purines y malos olores que afecta a la salud de los habitantes cercanos e impide otras actividades económicas como el turismo en sus pueblos, y el uso masivo de antibióticos provoca el desarrollo …

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Alberto Cubero.

Como ocurrió cuando recomendó reducir el consumo de carne, en esta ocasión señalando los inconvenientes de las macrogranjas, Alberto Garzón vuelve a tener razón. Comer excesiva carne es un problema tanto para la salud como para el medio ambiente y son demasiados los efectos nocivos de las macrogranjas. Ni generan empleo, ni fijan población en el territorio, además maltratan a los animales, generan un impacto ambiental en purines y malos olores que afecta a la salud de los habitantes cercanos e impide otras actividades económicas como el turismo en sus pueblos, y el uso masivo de antibióticos provoca el desarrollo de bacterias cada vez más resistentes.

Ninguno de estos inconvenientes lo tiene la ganadería extensiva y familiar, que fue la que defendió el ministro de consumo en sus declaraciones. No se podía esperar menos del ministro de un gobierno que defiende los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que trata de frenar la despoblación y vertebrar el territorio.

El lobby de la gran industria cárnica y los medios de derechas han inventado un bulo para atacar a Garzón por defender la ganadería extensiva. En su día le acusaron de querer prohibir el consumo de carne, hoy lo hacen de querer arruinar a la pequeña ganadería familiar. Lo que precisamente hacen ellos pues son dos modelos incompatibles, una década de implantación de macrogranjas ha provocado que más de 21.000 pequeñas explotaciones de porcino hayan desaparecido en nuestro país. Un bulo replicado por la derecha política, y por los políticos de derechas como Lambán, que lo han traducido en la exigencia de su dimisión como ministro.

Muchas veces nos vemos tentados a pensar que Lambán es un bocazas, o como decimos en Aragón un ababol, que se mete en jardines absurdos a cuenta de Cataluña, el cambio climático o, como en este caso, la producción carne. Pero cometeríamos un error al minusvalorar la habilidad política del ejeano. Nuestro presidente autonómico no tiene nada de izquierdas, pero tampoco tiene nada de tonto en términos políticos. Sus declaraciones están bien medidas y responden al “sentido común” de buena parte de la sociedad aragonesa, construido para defender el modelo de negocio sin escrúpulos de unos pocos.

Garzón basa sus argumentos en las evidencias científicas y Lambán recurre a cuñadismos sin base científica alguna. Por desgracia, muchas veces lo segundo tiene más rentabilidad electoral que lo primero.

Lambán responde a Garzón en esos términos en buena parte porque, con razón, se siente interpelado. Aragón es una de las comunidades autónomas que más está apostando por las macrogranjas, sobre todo de cerdos. La existencia de suelo barato y escasa población en muchos pueblos aragoneses convierten nuestro territorio en objetivo de grupos empresariales y de inversión que apuestan por un modelo de producción uberizado, caracterizado por la explotación laboral, el maltrato animal, la contaminación del territorio y la mala calidad de una carne atiborrada de antibióticos. Un Aragón con 8 millones de cerdos, siendo la primera comunidad autónoma de España en número de cerdos en términos absolutos, así que no digamos en términos relativos, donde hay un aragonés por cada 7 cerdos.

Además, Lambán ha apostado especialmente por el modelo de las macrogranjas y los macromataderos, como sería Litera Meat el macromatadero de Binéfar o la macrogranja proyectada en Torralba de Aragón para 20.000 cabezas de vacuno. Un modelo que en absoluto ayuda a fijar población pues precisamente elimina todas las posibilidades de desarrollo económico del territorio (agricultura, turismo…) al contaminar el territorio. Las macrogranjas son como centrales nucleares que no permiten que haya nada a su alrededor.

Pero el modelo de ganadería intensiva de macrogranjas, junto con los grandes proyectos de energías renovables, forma parte de la columna vertebral del modelo de desarrollo por el que apuesta el gobierno autonómico para el “Aragón vaciado”. Es el camino fácil y rápido, aunque sea a costa de vender el territorio a personas condenadas por evasión fiscal, como es el caso del empresario de Litera Meat, el macromatadero de Binéfar. En el caso del Alto Aragón habría que añadir además la insostenible apuesta por el esquí, de los 133 millones de fondos europeos que Aragón va a tener para política industrial, 84 millones van a ir destinados al sector de la nieve.

Con este modelo de desarrollo, no es extraño que Lambán se haya apuntado al grupo del negacionismo climático pues sus políticas son de todo menos sostenibles. Y por ello, los grupos ecologistas, vecinales y la izquierda que todavía mantiene un mínimo de coherencia somos sus enemigos. Y así es, pues existe un Aragón que resiste a que se malvenda el territorio a grandes especuladores. Queremos un Aragón con futuro, con pueblos vivos, que no huelan a mierda, con acuíferos sin purines, vertebrados por el ferrocarril, con actividades económicas sostenibles y guiadas por el interés general. Un Aragón antagónico al modelo que defiende Lambán.

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