Afroamericanos en la Guerra Civil: héroes olvidados en los frentes de Aragón

Este es un relato en recuerdo y homenaje a los 83 voluntarios afroamericanos que se embarcaron en una travesía extraordinaria para luchar contra el fascismo en los campos de batalla de Aragón y del Estado español, durante la Guerra de 1936, defendiendo sus ideales en un conflicto lejano a sus hogares. Harry Haywood, Oliver Law, Salaria Kea, Frank Edward Alexander o James Yates son algunos de los protagonistas de esta historia.

Salaria Kea, la única voluntaria afroamericana en la Guerra Civil de 1936 | Fuente: Fotógrafo anónimo, WikiCommons

La presencia de afroamericanos en la Guerra Civil de 1936 y en los frentes de batalla de Aragón es un episodio muy poco conocido. La tendencia historiográfica, que solo recientemente ha comenzado a desvelar sus biografías y memorias, ha tendido a eclipsar sus experiencias y a mostrar un relato de protagonistas exclusivamente blancos. El componente racial, que preferencia las historias protagonizadas por hombres blancos, juega todavía hoy en día un papel de peso en la historia, pero es responsabilidad de la sociedad en su conjunto la construcción de un relato más próximo a la verdad y sobre todo más plural y fiel a la memoria de sus protagonistas. Este artículo es un modesto intento de recordar las vivencias y el papel de los 83 afroamericanos que se ofrecieron voluntarios para luchar contra el fascismo y defender a la República.

Esta historia empieza mucho antes de la llegada de los voluntarios a las costas galas desde donde serán clandestinamente introducidos por el Partido Comunista francés en los frentes de batalla republicanos. Para entender los factores que llevaron a estos voluntarios a tomar una decisión tan radical en sus vidas y a participar en un conflicto tan lejano a sus hogares hay que analizar el contexto en el que ésta se produce. Su camino comienza, como es obvio, en EEUU, pero sus diferentes biografías personales convergen en una trayectoria ideológica con etapas muy claramente definidas cuyo punto de partida, dado su color de piel, es la discriminación sufrida en su propia patria. Los EEUU de los años 20 y 30 estaban dominados por un ambiente racista y sometido a grandes cambios económicos. Tras la abolición de la esclavitud, todavía reciente en la memoria de muchas familias afroamericanas, seguían vigentes las conocidas como “leyes de Jim Crow”, un paquete de herramientas legales aprobadas a nivel nacional que permitían la segregación de blancos y no blancos en el entorno público. Hablamos de segregación en los transportes públicos, en centros de ocio, baños, etc. Esto se acompañaba de una permisividad por parte la justicia, pero también de amplios sectores de la sociedad, hacia las actitudes racistas que iban desde insultos hasta, en los casos más graves, el linchamiento y asesinato de ciudadanas y ciudadanos afroamericanos, sobre todo en los ex-esclavistas estados sureños. Eran también los años de los capirotes blancos y de esas escenas tan repetidas en el cine americano que explican la sorpresa de muchos turistas de este país cuando visitan el Estado español en Semana Santa.

Además del racismo sistémico, se produjo en el último año de la década de los 20 un acontecimiento que tuvo una gran importancia en la vida de nuestros protagonistas. Se trata del crack del 29, también conocido como la Gran Depresión. Esta gran crisis económica, cuyas causas tienen un claro paralelismo con las de la crisis de 2008, provocó que alrededor de la mitad de la población afroamericana del país se encontrase en situación de desempleo y precariedad. Muchos, sobre todo quienes todavía vivían en el sur, vieron una oportunidad en las grandes ciudades industriales del norte: Nueva York, Chicago, Detroit o Boston entre otras. Estas metrópolis, centros culturales y de nuevas tendencias ideológicas, estaban sufriendo un proceso de ideologización impulsado por las doctrinas comunistas y marxistas que llegaban desde Europa y desde la recién formada URSS. Sumado al acontecimiento de la Gran Depresión, esto significa que la década de los 30 supuso un gran auge de los sindicatos, los partidos comunistas (entre ellos el CPUSA, principal partido comunista de EEUU) y también del desarrollo de doctrinas internacionalistas en el seno de los movimientos de la izquierda americana. A pesar del papel internacionalista adoptado por la Comintern (la principal organización que, nacida en el seno de la URSS, promovía la adopción global del comunismo) ya a principios de los años 20, en el caso EEUU tuvo un gran rol en la adquisición de esta ideología el movimiento panafricanista liderado por la UNIA (la Universal Negro Improvement Association and African Communities League). Este movimiento, cuyo máximo exponente fue el activista negro Marcus Garvey abogaba por la creación de una nueva nación negra en África. Comprender este movimiento es esencial para entender la llegada al Estado español de voluntarios afroamericanos.

Todos estos factores ideológicos se combinaron en una fórmula perfecta en 1935, año en el que las tropas fascistas de Mussolini invadieron Etiopía, hasta entonces uno de los pocos países libres de África. La invasión del duce, que fue rápida y sangrienta por ser Etiopía un país que apenas tenía medios para defenderse, llevó a que amplios sectores de la sociedad estadounidense tratasen de enviar ayudas, primero en forma de soldados voluntarios y mas adelante, cuando esto resultó tarea imposible, suministros médicos y armas. Fue precisamente esa imposibilidad de participar en el conflicto ítalo-etíope, por la rapidez en su desarrollo, la que llevó a muchos afroamericanos a querer, pocos meses después, luchar en la Guerra Civil española. No sorprende que voluntarios como Harry Haywood, quien además ostentó posiciones de alto rango dentro del CPUSA antes y después de la guerra, se refiriese en su biografía “Black Bolshevik” (Bolchevique negro) al conflicto español como “el siguiente paso lógico”. Un conflicto que, además, a ojos de muchos, tenía el mismo enemigo común que la guerra de Etiopía: el fascismo. James Yates, otro de los 83 voluntarios afroamericanos y otro de los pocos en escribir sus memorias tras la guerra, contaba así en su autobiografía titulada “From Mississippi to Madrid” (De Mississippi a Madrid) el proceso mental que iba a llevarle a ofrecerse como voluntario: “Me imaginé a Hitler aplaudiendo el linchamiento de los negros en América, visualicé a Mussolini expoliando Etiopía, el único país negro independiente… Me di cuenta de que, si los fascistas no eran derrotados en España, una guerra más grande vendría pronto. Me dije a mi mismo, ‘Estoy decidido ¡Iré a España!”.

El primer barco de voluntarios, el Normandie, en el que solo iban tres afroamericanos a bordo, partió de Nueva York un frío 26 de diciembre de 1936. A éste lo siguieron decenas de barcos con el mismo destino durante los dos siguientes años y hasta casi el final de la guerra con la disolución, acompañada de un emotivo discurso de La Pasionaria, de las Brigadas Internacionales el 23 de septiembre de 1938. Una vez llegados, en la mayoría de los casos a las costas francesas, los caminos de los voluntarios tomaron rumbos muy distintos en la península. Muchos acabaron en el centro de entrenamiento de las Brigadas Internacionales en Albacete, otros, casi sin entrenamiento, fueron puestos en primera línea en la sangrienta batalla del Jarama. La fama internacional que rápidamente adquirieron los brigadistas provocó que, en muchos casos, fueran destinados a las posiciones de vanguardia, convirtiéndose en carne de cañón frente a las balas del bando sublevado.

De entre los muchos episodios con protagonismo afroamericano en la Guerra Civil destacan algunos como la breve pero significante comandancia del Batallón Abraham Lincoln (unidad dentro de las Brigadas Internacionales en la que combatieron la gran mayoría de los voluntarios estadounidenses, racializados o no) de Oliver Law. El Ejército estadounidense había optado ya desde la Guerra de Secesión por, en la misma línea que las leyes de Jim Crow lo hacían a nivel social, separar sus unidades militares entre racializados y no racializados. Y dado que el Batallón Abraham Lincoln estaba compuesto por ambos grupos, Law se convirtió en el primer comandante de una unidad integrada en la historia militar de EEUU. Su comandancia coincidió con el inicio de la sangrienta ofensiva de Brunete, donde el mismo Law fue herido de muerte el cuarto día de la batalla.

Otra de las figuras afroamericanas relevantes, y no solo por tratarse de la única mujer voluntaria afroamericana, es Salaria Kea. Comprometida mucho antes del inicio de la Guerra de 1936 con el movimiento de los derechos civiles para las personas afroamericanas y con la defensa de Etiopía tras la invasión de Mussolini, su figura pone rostro a quizás uno de los primeros casos de internacionalismo feminista. Ya desde joven había mostrado aptitudes para la medicina, campo en el que fue en varias ocasiones rechazada simplemente por su color de piel. España, donde muchos afroamericanos expresaron sentirse como uno más, fue el lugar donde finalmente pudo desempeñar el merecido puesto de enfermera de campaña. Fue enviada al Hospital de Villa Paz en Cuenca, donde se encargó de organizar y poner en funcionamiento unas instalaciones abandonadas que se convertirían en uno de los centros médicos republicanos más importantes y activos durante la guerra. Después de décadas invisibilizada en los archivos y en el mundo académico, su figura y su historia resurgen, paulatinamente, como un ejemplo de la presencia de mujeres racializadas en la Guerra Civil.

Las batallas en el frente aragonés fueron de vital importancia durante la segunda mitad de la Guerra de 1936 y es uno de los lugares donde el papel de las y los brigadistas está más ampliamente reconocido ya que su presencia sirvió para frenar un avance mucho más rápido de las tropas franquistas. En Aragón se desarrollaron combates con presencia de brigadistas internacionales afroamericanos en Fuentes de Ebro, Quinto, Caspe, Belchite, Tarazona, Teruel o Híjar. Sin ninguna duda y a pesar de las peculiaridades de cada caso y cada lugar, destaca por encima del resto la conocida como Batalla del Ebro. Tuvo lugar entre las provincias de Zaragoza y Tarragona de julio a noviembre de 1938 y es considerado el episodio bélico más largo, con más efectivos y más decisivo en la victoria del bando golpista. Las ya por entonces mermadas fuerzas del bando republicano se enfrentaron, tras el más duro invierno que vivía la península en 20 años, a una fuerza fascista considerablemente superior y con mayores medios (que incluían la aviación fascista italiana y la Legión Condor de Hitler, decisivas en el conflicto teniendo en cuenta que la aviación republicana era más reducida y mucho menos avanzada).

Una de las peripecias más impresionantes protagonizada por voluntarios afroamericanos en el frente aragonés es la de Frank Edward Alexander. Herido dos veces durante la batalla en Fuentes de Ebro, Alexander escapó del hospital antes de su total recuperación para unirse de nuevo a las filas republicanas. Se reunió con las brigadas en Teruel donde su unidad, en una misión de reconocimiento, fue atacada por la artillería fascista y fue el único superviviente. Abandonado a su suerte tras las líneas enemigas fue de nuevo capaz de volver a territorio seguro para participar en los últimos meses de las batallas en el frente aragonés. Como no hay dos sin tres, Alexander volvió a quedar atrapado en territorio controlado por los fascistas durante los combates. Después de varios días escondiéndose (llegó incluso a refugiarse en un árbol que se encontraba próximo a un campamento de soldados italianos) logró volver a las líneas republicanas donde participó, en julio de 1938, en la última ofensiva republicana a orillas del Ebro. Herido, una vez mas, pocos días después del comienzo de la batalla fue trasladado a un hospital donde, mientras se recuperaba, perdió los barcos de repatriación en los que sus compañeros volvían a EEUU. Por cuarta vez en una situación de abandono tuvo que, por su cuenta, cruzar los pirineos junto a otros exiliados republicanos. En Francia fue capturado por las autoridades y enviado a un campo de concentración cerca de Perpignan. Por suerte o por su merecida valentía, un diplomático americano logró, pocas semanas después, acordar su liberación permitiendo que en marzo de 1939 pudiese finalmente volver a EEUU.

Las experiencias de guerra de las personas supervivientes marcaron sin duda sus vidas posteriores como atestiguan las memorias publicadas, pero sin duda lo que mas marcó a las y los voluntarios afroamericanos en su estancia en el Estado español fue el oasis de libertad y aceptación que, en comparación con sus vivencias en EEUU, se encontraron. Desde la República se promovió, desde el inicio de la guerra y la movilización de las Brigadas Internacionales, una cultura de aceptación y solidaridad entre pueblos que venía recogida en uno de los eslóganes mas populares durante el conflicto: “Proletarios del mundo, uníos”. Hay una frase que resume muy bien este sentimiento de libertad: “España fue la primera vez donde como hombre negro me sentí un hombre libre”. Pronunciada por James Yates, uno de los pocos afroamericanos voluntarios en escribir sus biografías tras la guerra, esta frase condensa un sentimiento que se repite en las biografías y anécdotas de los voluntarios afroamericanos. Un sentimiento que, por desgracia, estuvo presente solo durante su estancia en el Estado español y que desapareció con las situaciones de racismo y segregación que encontraron a su retorno a EEUU.

De los 83 afroamericanos que se ofrecieron voluntarios (es preciso decir que tres nunca llegaron a pisar suelo español por no tener un pasaporte en regla) 17 murieron en el campo de batalla y otros dos desaparecieron en la contienda. De los que sobrevivieron, todos volvieron a EEUU donde sus trayectorias, aunque con ciertos elementos comunes, tomaron caminos distintos. Muchos llegaron a participar en la vecina Segunda Guerra Mundial y, como había venido siendo habitual, lo hicieron de nuevo en unidades no integradas (la desegregación oficial de las unidades militares fue aprobada en 1948 e implementada en un proceso gradual). Otros, como Harry Haywood o James Yates, decidieron contar sus historias a través de autobiografías donde sus roles en la Guerra de 1936 ocupan gran parte de las memorias. A pesar de las continuas persecuciones por parte de la CIA a bastantes de estas personas voluntarias por su conexión con los partidos comunistas estadounidense y español, muchas continuaron afiliadas y ejercieron cargos de responsabilidad como el mencionado Frank Edward Alexander, quien dirigió el sector afroamericano del partido en la ciudad de Los Ángeles. Pero otros pasaron a la sombra, victimas del racismo, la incapacidad de encontrar trabajos, la epidemia de drogas o los traumas de la guerra. Solo ahora, años después y con la apertura de los archivos y la creación de departamentos de estudios afroamericanos, sus historias, presentes en tantos momentos y lugares del mundo, comienzan a salir a la luz.


Nota del autor. Este artículo nace de mi trabajo de final de grado presentado y defendido en la Universidad de Zaragoza en el año 2023 para los estudios de Historia. El trabajo, cuyo contenido es más amplio y se titula “De Mississippi a Madrid: Afroamericanos en la Guerra Civil Española” aún no ha sido publicado. Para consultas sobre el trabajo pueden escribirme a mi correo personal: dariofg007@gmail.com.

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