Desde la década de los 70, Casa Emilio se convirtió en el sitio donde las personas provenientes de diversas disciplinas sociales y culturales pasaban tiempo y compartían ideas. Este espacio ha congregado a exponentes del teatro, de la canción de autor y de la canción tradicional aragonesa, así como a figuras destacadas de la literatura y el cine.
Emilio Lacambra, fallecido el pasado verano, era el alma de su negocio. Su familia ha destacado que ese lugar tenía sentido con Emilio al frente. Este cierre echa la llave a décadas de conversaciones, de decisiones, de creaciones y de revoluciones gestadas entre platos de comida casera, cafés, copas, música y humo, sí, humo, durante muchos años en esos salones se fumaba, hablaba y cantaba al amparo de quién te permite hacerlo con libertad en tiempos en los que podías echarte un cigarro pero no cantar según qué canciones o hablar de según qué temas.
El 7 de octubre de 1939 marcó la apertura del restaurante en el número 5 de la avenida de Madrid de Zaragoza, gracias a la visión de Emilio Lacambra y Carmen García. Con el tiempo, sus hijos Emilio y Guillermo se unieron, dando continuidad al proyecto familiar.
Casa Emilio fue el hogar de, entre otros, Andalán, revista en la que Emilio ponía publicidad primero por militancia y segundo, como él mismo ha dicho en alguna ocasión, por negocio. Cada peseta invertida se le devolvía con creces, con cenas, encuentros, comidas y eventos que tenían lugar en su restaurante, en su casa.
Durante los años 60, Emilio convirtió su negocio en el lugar donde el PCE guardaba sus materiales e ideaba su propaganda, el lugar donde se reunían protegidos cuando era un riesgo acoger esas actividades, siempre fue una persona tremendamente comprometida con sus ideas.
Un local defendido con uñas y dientes de la presión inmobiliaria que se ha mantenido abierto en un edificio prácticamente tapiado, un local en el que comía gente que no podía pagar porque Emilio creía de verdad en la solidaridad y el reparto.
Este siglo nos lleva a restaurante temáticos, a festivales de hamburguesas, cafeterías cuquis y estrellas tras los fogones, y se nos han acabado los bares como lugar de encuentro, los restaurantes a los que ir a echar la sobremesa, a los que ir a escuchar y a aprender, nos han cerrado el último espacio seguro en el que ser antifascistas comiendo unos huevos con fritada y untando pan mientras Emilio te contaba alguna batalla librada entre sus mesas. En esas mesas quedan para siempre las conversaciones de Antón Castro con Miguel Mena y Félix Romeo, los dibujos, algunos tan ilustres como el de Pablo Serrano, las secretas idas y venidas de camaradas del Partido Comunista o el sonido de La Albada de Labordeta.
Adiós a la casa de comidas de Emilio que hizo honor a su nombre siendo anfitrión, actor, amigo, militante y convirtiendo ese local donde se servía de comer en una casa, en un hogar para las mejores ideas de las mejores personas.
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