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Activistas aragoneses en Tordesillas: “nos apalearon hasta la saciedad, estamos vivos de milagro”

"La Guardia Civil sabía que iban a soltar el toro sin desalojar". La tensión fue en aumento. "Nos escupieron, nos tiraron piedras, nos decían de todo y sobre todo a las mujeres". Llegaron a traer un gato en un transportín que decapitaron delante de los activistas y luego lo lanzaron al grupo a grito de "animalistas hijos de puta"
| 19 septiembre, 2015 14.09

Todavía con el susto metido en el cuerpo, dos activistas aragoneses presentes en las protestas contra el Toro de la Vega nos relatan su experiencia. Era la primera vez que Dani y Lidia acudían a Tordesillas y durante su relato no se cansan de repetir que «querían un muerto y estuvieron a punto de conseguirlo».

A la llegada al pueblo se encontraron con un despliegue impresionante de las fuerzas de seguridad. Pararon su autobús, tomaron nota de los DNI de todos ellos, les registraron uno a uno y les requisaron varios objetos, entre ellos unas bridas que iban a utilizar para amarrarse unos a otros en la protesta. «El hecho de que nos confiscaran las bridas pudo salvarnos la vida», detallan y razón no les falta, por lo que nos cuentan después. «Íbamos un grupo de unas setenta personas, y nada más entrar en el pueblo comenzaron los insultos y las amenazas. Nosotros no respondíamos a las provocaciones, veníamos a realizar una protesta pacífica. El setenta por ciento del grupo éramos mujeres y se crecían con ellas, quedó patente que además de maltratadores de animales son profundamente machistas». Relatan que una chica de apenas catorce años no dejó de insultarles hasta que se dejó la voz, y es que la tónica general del día iba a ser que los menores de edad foráneos presenciasen insultos, amenazas y agresiones graves.

Cuando se adentraron en el trazado siguieron encontrándose una fuerte presencia de la Guardia Civil y los activistas venidos de todas las partes del Estado comenzaron a agruparse. «Éramos unas mil o mil quinientas personas». Lidia y Dani fueron testigos de la primera agresión a solo unas decenas de metros de donde se encontraban. «Comenzaron a apalear entre quince personas a un activista aprovechando que estaba separado del grupo, a los ojos de la Guardia Civil que permaneció impasible, y tuvo que ser el grupo de antitaurinos quienes repelimos la agresión».

Siguieron esperando hasta que se produjo la señal esperada, un poco antes de las once de la mañana, momento en el que todos los antitaurinos se posicionaron en un lugar concreto en medio del trazado, en la zona que separa la carretera de la vega. La intención era bloquear el paso del toro, retrasando el inicio del evento con el fin de que se cancelase, ya que el torneo tiene unas normas que los foráneos siguen a rajatabla. Entre esas normas, «si se retrasa el festejo se puede llegar a suspender, y si tienen que sacarnos uno a uno a mil activistas antes de soltar al toro, seguramente se hubiese cancelado la edición de este año». Pero se iban a encontrar una terrible sorpresa.

Una vez situados, las fuerzas de seguridad hicieron un cordón entre los antitaurinos y los foráneos. A pesar de ello, las agresiones seguían sucediéndose, y Lidia y Dani presenciaron como a un chico que intentaba llegar al bloqueo «le molieron a palos delante nuestro entre una multitud y no pudimos hacer nada, el cordón policial estaba por medio y ellos tampoco hicieron nada». De repente, la Guardia Civil desapareció. Los activistas se quedaron a merced de miles de personas, hombres y mujeres de todas las edades, que elevaron sus insultos y amenazas. Lo único que hizo la Guardia Civil antes de desaparecer fue preguntar si había algún impedido o minusválido entre los activistas, llevándose de allí a un chico con muletas, hecho que les «mosqueó» bastante. “Luego le encontramos sentido. La Guardia Civil sabía que iban a soltar el toro sin desalojar». La tensión fue en aumento. «Nos escupieron, nos tiraron piedras, nos decían de todo y sobre todo a las mujeres». Llegaron a traer un gato en un transportín que decapitaron delante de los activistas y luego lo lanzaron al grupo a grito de «animalistas hijos de puta». Pudieron evidenciar en las caras de sus agresores que «muchos iban bebidos, sin dormir de la juerga del día anterior y con claros síntomas de haber consumido estupefacientes».

Llegó la hora, las once de la mañana. Se produjeron los primeros simulacros de suelta del astado. «Ya nos habían avisado del uso de esta táctica para ver si los activistas se dispersaban, por lo que aguantamos, pero no esperábamos que lo hicieran realidad. Cuando lo vimos lo teníamos a siete metros, momento en el que comenzamos a correr. Se nos paró a tres metros y quedó mirando a nuestra posición, lo miramos a los ojos. Dio dos vueltas sobre sí mismo y siguió hacia la vega. No tenía una mirada asesina ni agresiva. Estaba asustado, desorientado y buscaba una salida que desgraciadamente no iba a encontrar». La primera intención de Lidia y Dani fue saltar el vallado para ponerse a resguardo, pero la gente apostada en él les insultaba y no les dejaba. «Fue una eternidad, nos pegaban constantemente desde las vallas y nos impedían escapar, a la vez que nos gritaban cosas como ‘¿no queríais el toro, hijos de puta? Pues ahí lo tenéis’. Pensábamos que no salíamos de esta». No fueron los que más peligro pasaron, ya que «había un activista encadenado con una pitón a una señal. El toro le pasó a dos metros».

Lo tienen claro, «la Guardia Civil huyó de allí porque sabían que lo iban a soltar hubiese gente encadenada o no. No quiero pensar qué hubiese pasado si no nos hubiesen requisado las bridas con las que pensábamos atarnos todos en bloque. Querían un muerto, literalmente». Incluso confiesan a AraInfo que tienen la sospecha de que «el PSOE, por cuestiones electorales, no se atreve a prohibirlo porque sí. Necesita de algo más, necesita una excusa para hacer realidad la promesa de Pedro Sánchez anunciando que lo va a prohibir. Buscaban una justificación para prohibirlo». Desde AraInfo pensábamos que el relato llegaba a su fin, pero nos quedamos perplejos cuando nos dijeron que tras pasar el toro «vino lo peor. Se desató el caos».

«La gente estaba llorando de miedo, rabia e impotencia. Habían jugado con nuestras vidas. Puedes esperar que te identifiquen, que te insulten, que te amenacen e incluso que te agredan, asumes las multas y la represión, pero nunca que sean capaces de jugar con tu vida». Tras el paso del toro, los y las activistas estaban dispersos y desagrupados, mezclados entre la gente del pueblo, y a partir de ese momento «estuvimos dos horas básicamente intentando sobrevivir, intentando agruparnos e intentando que no matasen a alguien». El relato es crudo y sus caras todavía reflejan el miedo del momento. «La Policía Nacional y la Guardia Civil estaba ahí, a caballo, nosotros mismos suplicamos a un policía que actuase porque entre quince personas estaban apaleando y pegando patadas en la cabeza a una chica de unos veinte años, y se limitó a mirar al infinito sin hacer nada. La paliza la estaban dando a cuatro metros suyo, y aún más, algunos guardia civiles se acercaron y se quedaron mirando como pegaban a la joven». Aseguran que hubo de todo, los hechos se les amontonan, los recuerdos son muchos e intensos. “Volaron piedras, voló de todo contra nosotros, se produjeron multitud de agresiones, no sabemos decir cuántas, y las fuerzas de seguridad fueron testigo de ellas. Nos apalearon hasta la saciedad, estamos vivos de milagro”.

Desde AraInfo nos interesamos por el perfil de los agresores. «Desde gente joven a mayores de cincuenta. Todos pegaban. Y sobre todo, nos llamó la atención que quienes más eran agredidas eran las chicas jóvenes. Iban a por la gente más débil. Veían a una chica de dieciocho o diecinueve años e iban en grupo hacia ella y la amenazaban o la agredían, hasta el punto de hacer llorar a varias de ellas. Eran crueles y los insultos incluían siempre expresiones sexistas y machistas. Eso les gustaba, se reían y les escupían. Unos cobardes en toda regla, ya que debido a que nosotros éramos más mayores y yo tengo algún tatuaje [dice Dani] no nos vinieron directamente a insultar o pegar, lo cual evidencia que en realidad son unos cobardes con mayúsculas».

Durante esas dos horas aseguran que vieron peligrar sus vidas. Aquello no terminó hasta que pudieron agruparse, «conforme nos iban pegando, nos íbamos agrupando, y ya entonces todos juntos pudimos encaminarnos hacia el autobús. Había muchos heridos, la gente caminaba con brechas en la cabeza y hubo activistas que tuvieron que ser atendidos por la Cruz Roja, y no solo al final, sino durante todo el día ya que las agresiones fueron constantes. Pero sin duda, esas fueron las dos horas peores de todo el día».

Para finalizar, vuelven a repetir la misma frase: «podíamos haber muerto cualquiera, y de hecho no ha pasado nada de milagro». El año que viene volverán, si es necesario y si todavía no lo han prohibido, pero matizan sobre cómo volver. «Hay en ocasiones que se puede argumentar, dialogar, etc. Pero en Tordesillas no funciona, no entran a razones. Y si esto se trata de jugar al miedo, si situamos a chicas de dieciocho años en primera fila ponemos en peligro a todo el mundo. Lo que hay que hacer es llevar a una barrera de gente ‘grande’, hay que diseñar nuestra propia seguridad porque si no, estamos vendidos. Sé que puede sonar duro, pero hasta que no ves que hay un policía al lado tuyo que te mira como diciendo ‘te van a matar delante de mí y no voy a hacer nada’, no te das cuenta de lo importante que es haber preparado tu propia seguridad sin esperar ayuda de ellos».

«Desde aquí hacemos un llamamiento masivo a acudir y a hacerlo organizados y con una alternativa de seguridad que nos permita no poner en peligro nuestras vidas», concluyen.

19 septiembre, 2015

Autor/Autora

Roberto Seral Marcén. Colaborador de AraInfo. @SeralRoberto


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