¿Aconfesionales?

Sin duda vivimos en un país muy especial. Hay derecho a la vivienda, pero el derecho de la propiedad es más importante que el techo que merece cualquier ser humano o cualquier familia. Si algo se protege y se blinda por las instituciones y los jueces es la pura especulación. Es el mercado, amigo. El sistema capitalista, que tuvo en sus bases fundacionales negocios tan decentes como el tráfico de esclavos, encontró en la democracia parlamentaria la mejor estructura política para mantener su poder con una legitimidad casi impecable. Para ello se fundamentarían en constituciones, que sonaban muy bien incluso …

Enrique Gómez, presidente de ARMHA. Foto: Iker G. Izagirre (AraInfo)

Sin duda vivimos en un país muy especial.

Hay derecho a la vivienda, pero el derecho de la propiedad es más importante que el techo que merece cualquier ser humano o cualquier familia.

Si algo se protege y se blinda por las instituciones y los jueces es la pura especulación. Es el mercado, amigo.

El sistema capitalista, que tuvo en sus bases fundacionales negocios tan decentes como el tráfico de esclavos, encontró en la democracia parlamentaria la mejor estructura política para mantener su poder con una legitimidad casi impecable. Para ello se fundamentarían en constituciones, que sonaban muy bien incluso en los oídos más escépticos pero, naturalmente, su cumplimiento, su aplicación práctica en todos sus extremos ya era otra cosa.

Así por poner un ejemplo muy cercano a los días que vivimos: somos un país laico y aconfesional, lo que no impide que se pongan trabas públicas a religiones que no sean la católica, pero ya se sabe es la tradición y la tradición, aunque venga desde el franquismo, manda sobre cualquier papelucho de 1978. Estos días, mientras se impiden la realización en espacios públicos de actos que no gustan a los detentadores locales del poder, se cierran al tráfico miles de calles por mor de la tradición.

Cierto es que, nuestro país, siempre fue un bastión del catolicismo en todo el orbe y que el pueblo más acrítico, aunque luego no vaya nunca a misa, se siente orgulloso, hasta las lágrimas, de sus iconos locales. Pero también es cierto que, la inmensa mayoría de las "hermandades", son producto de la transformación, durante el franquismo de dicho régimen político, desde el más duro fascismo hasta su versión local nacional-catolicista.

Que haya gente a la que le gusta el disfraz, el tambor y la parafernalia que acompaña a estos eventos no es raro, aunque luego, como antes decía, no tengan más actitudes religiosas.

La transformación del individuo en masa vociferante, inculta, xenófoba y maleducada, cuando acude a un estadio de fútbol, también es un hecho notable, pero habitual. Luego, en privado, excepto unos pocos, todos suelen ser gente razonable. Lo que me parece extraordinario es la falta de espíritu crítico. Como decía, la tradición lo es todo, todo lo explica.

Hay una ley de 2022 que, pretendiendo remedar la injusticia de perdonar miles de asesinatos de personas inocentes de nuestro país, es la Ley de Memoria Democrática. En dicha ley se prohíben los símbolos franquistas, poca cosa es, pero ya que es poco debería cumplirse a rajatabla.

Normalizamos que la Guardia Civil use un fascio en su simbología oficial, se dirá que representa a la ley, como en el Parlamento de los Estados Unidos, pero se modificó en el año 1942 ¿significativo, no? Que en el Ejército del Aire y del Espacio se use una cruz de San Andrés, aparecida durante la guerra de España para distinguir a los aviones sublevados frente a los leales de la República, también debe parecernos normal. Que también, con el nuevo reglamento franquista, el Ejército usara el águila de San Juan como símbolo propio y lo mantenga (cuando quitarlo a la bandera bicolor fue todo un trauma para el personal ultramontano), está normalizado.

Como digo, normalizar todas estas "tradiciones y simbolismos", mucho más marcados por el franquismo que por ninguna ancestral ceremonia, es muy significativo de la perduración en nuestra sociedad de la dictadura sufrida hace ya un tiempo que hubiera debido ser suficiente para depurar estas cuestiones.

Quería llegar aquí a una tradición que al ciudadano constitucionalista le debería escandalizar. ¿Por qué el Ejército español y sus fuerzas de seguridad desfilan uniformados en eventos religiosos católicos en un país teóricamente laico y aconfesional?

En un país definido como el nuestro en dicha Constitución, los militares y policías que quieran ir a manifestaciones religiosas deberían hacerlo a título individual y, por supuesto, sin su uniforme pues con él representan a una institución que, legalmente es, por definición, neutral frente ideologías o creencias.

Por ese mismo motivo a mí la bandera, impuesta por los golpistas, sigue sin representarme aunque con el trágala de la Transición nos la impusieran, así como una monarquía designada por el dictador. Pero, a pesar de eso, como ciudadano, debo aceptar reglas de convivencia que, eso sí, no me hacen olvidar los signos que nos muestran la persistencia de un "franquismo sociológico" que sigue apestando a naftalina para tapar el olor de la sangre sobre la que se asentó.

Estos hechos son especialmente significativos con el famoso Cristo de la "buena muerte" que es el que adoptó la Legión española. Por cierto, un cuerpo mitificado, creado como fuerza profesional para combatir en una vergonzosa guerra colonial y que se significaría después en la represión durante los sucesos de 1934 y en la guerra de España luchando contra su propio pueblo (pero esta es otra historia que sería larga de contar); igual que la del "benemérito" cuerpo y, sin embargo, los tenemos completamente idealizados. Tradición, una vez más, pero tradición de origen franquista, no lo olvidemos.

En fin, otro año más, todas las ciudades patas arriba, los uniformes relucientes acompañando a imágenes religiosas y los ciudadanos más críticos seguiremos invocando a la Constitución para que, al menos, esas "tradiciones" se adapten a una modernidad que nos haga ser un poco menos diferentes.

Mientras tanto, esperemos que el incienso no siga cegando a la mayoría social, que debería preocuparse más por sus derechos pendientes que por algunas supuestas tradiciones inamovibles.

No perdamos la esperanza.

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