Abrazar la esperanza

21 agosto, 2026. 09:45

¿Qué motivos hay para la esperanza en este mundo en ruinas? [1] Lo leo en un libro bajo la sombrilla. Eso mismo me he preguntado casi todos los días en los últimos meses. No sé cuántos ya. La pregunta se la hacía Rebecca Solnit escribiendo ‘Hope in the dark’ en 2004. Más de veinte años después seguro que se la sigue haciendo. Como yo. Como tantas otras por todo el planeta, en diferentes lenguas, lugares y posiciones. Algunas entre ruinas inimaginables.

Cada día nos levantamos con una lista de noticias que nos hacen perder toda esperanza. Los peligros que enfrenta la vida en la Tierra son tan masivos e impredecibles que son difíciles de comprender [2]. Lejos de intentar prestarles atención y generar una acción colectiva, nos quieren solas y preocupadas en otras cosas. La construcción del relato genera cultura y en los últimos años estamos viendo cómo la agenda política y mediática tiene un rumbo cada vez más orientado a la ultraderecha. Discursos xenófobos, negacionistas del cambio climático, fomento del expolio, la colonización, el genocidio...Violencias. Muchas. El relato “del otro” a quien proyectar nuestro miedo, nuestro odio.

Como ha estudiado Alicia Valdés [3]: “En el caso de las crisis económicas, los afectos que más se manipulan desde los sectores políticos de la extrema derecha tienen que ver precisamente con la ira, el resentimiento y el miedo. Los afectos negativos que permiten generar una relación de antagonismo y competición entre varios sectores poblacionales. Estas fuerzas políticas se esfuerzan por promover la idea de que el problema no reside en la explotación laboral o la precariedad inherentes a un sistema económico basado en la desigualdad, sino en los nuevos sujetos que parecen en forma de mano de obra. Por primera vez el hombre blanco con trabajo se siente expulsado de un sistema económico que había sido construido tomándolo a él como modelo (...) Los marcos discursivos de análisis son fruto de la acción de los adultos. Los chavales se adhieren a estos discursos”.

Intentar estar al día de la actualidad es desolador. Resulta agotador. Si descansas, sumas la culpa “por no hacer nada”. Si te enfrentas, es más que probable que todo un aparato represor se lance sobre ti. A ello sumamos a nuestro crítico interno. Ése que puede encontrar fallos en absolutamente todo. En este sentido nadie tiene mayores estándares que la gente de izquierdas. La irritabilidad de los perfeccionistas que consideran que todo lo que no sea la victoria total es un fracaso, una premisa que facilita rendirse en el inicio o menospreciar las victorias que sí son posibles [1]. De ahí que escondamos nuestro dolor por el mundo, porque no somos capaces de abarcar tanto. Nuestra emergencia planetaria puede resultar demasiado dolorosa ya solo de observar. No sabemos ni cómo reaccionar. Encogemos la esfera de nuestra atención a aquellas áreas que creemos que podemos controlar de manera directa. A veces, ni eso.

Son tantos los duelos que estamos viviendo y a tal velocidad que es difícil no sentirse a menudo apesadumbrada, o que repercuta en nuestra salud física o que empecemos a tratar mal a las personas de nuestro entorno. Es fácil caer en la decepción y en el cinismo.

Nadie está exento de duelos. El dolor tiene un propósito: es una señal de advertencia. [4] La capacidad de sufrir con nuestro mundo es esencial para nuestra supervivencia. Poner de manifiesto nuestros temores hace que pierdan su poder de obsesionarnos. El dolor por el mundo es un sentimiento común.

De esta angustia, de este dolor por el mundo, surge la compasión. Definida en el diccionario de Maria Moliner como el “sentimiento de pena provocado por el padecimiento de otros, e impulso de aliviarlo, remediarlo o evitarlo”. La compasión activa una acción reparadora. Como escribe Juan Evaristo Valls: “El ahora de nuestro dolor exige una reparación presente, un cuidado aquí y ahora, y no escucha ni las fantasías de un futuro triunfante ni las sabias lecciones de un pasado altisonante que siempre fue mejor, incluso cuando no fue (...) Cómo habitamos la fatiga, cómo habitamos la falta, cómo habitamos un mundo disfuncional. Si nuestro mundo está en ruinas, preguntarse cómo habitarlo es preguntarse cómo repararlo. Preguntarnos, como Judith Butler, cuáles son las condiciones de vida que hacen posible desear vivir”. [5]

Ofrecer posibilidades que nos inviten o nos exijan actuar por una buena vida es mantener la esperanza. No quiere decir que haya que negar estas realidades que nos abruman, tampoco tener la certeza de que #todovaasalirbien. Significa hacerles frente y abordarlas.

Los cambios casi nunca son sencillos, más bien al contrario, son complejos y lentos. Incluso lo que parece surgir de repente, tiene su origen en profundas raíces que han sido fijadas en el pasado o en semillas que llevan largo tiempo en estado latente.

Recuperar la narrativa y la noción del tiempo nos puede ayudar. Ampliar nuestro marco temporal más allá de lo que dura un reel. Más allá de nuestra propia historia vital. La desesperación a menudo es prematura, una forma más de impaciencia, ante unos cambios que parecen no llegar nunca.

Reconocer la incertidumbre nos permite reconocer nuestra capacidad para influir en los resultados. La “narrativa” se refiere a nuestra versión de la realidad, al lente por el que vemos y entendemos lo que está pasando en nuestro mundo [2]. A menudo nuestra narrativa es ampliamente inconsciente e indiscutible, y la asumimos como la única realidad. Hallar un buen relato en el que participar incrementa nuestro sentido de propósito y nuestra vitalidad. Sabemos que no hay salvación individual. De todos los peligros que enfrentamos, desde el cambio climático hasta las guerras, ninguno es tan grande como el entumecimiento de nuestra respuesta [4]. No podemos eliminar para siempre toda la devastación, pero podemos reducirla, prohibirla, reducir sus causas y socavar sus bases: esto son victorias. Un mundo mejor, sí. [1]

Reconstruir el relato no es suficiente por sí solo, pero a menudo ha sido fundamental para conseguir cambios reales. Una victoria es un hito en el camino, la prueba de que a veces ganamos y un estímulo para seguir, no para detenernos. Las victorias importan y recordarlas también importa. Ambicionar nuestros ideales proporciona alegría y la propia alegría es motor de cambio. La alegría como trinchera, como en el poema de Benedetti.

Honrar nuestro dolor por el mundo nos abre una nueva visión de lo que es posible y una nueva comprensión de nuestra capacidad de tener una influencia positiva y sembrar una diferencia, alimenta la confianza, porque nos ayuda a reconocer las veces que hemos podido contar con los demás. Nuestra predisposición a ayudar a otros está influida por el nivel de gratitud que experimentamos. [4] Reconocer aspiraciones comunes e identidades compartidas ayuda a construir confianza. Para Angela Davis [6], una de las claves para crear una conexión común que invite a que la gente se sume y la coordinación de movimientos requiere cuidar el tipo de lenguaje que se usa y los objetivos de concienciación que se pretenden, además de tener en cuenta que en cualquier lucha por la justicia social, si no consideras a las personas por las que estás luchando como iguales, fracasarás.

Como recuerda Yayo Herrero: “Todos y cada uno de los días de nuestra vida hacemos cosas, casi automáticamente, sin reparar que reposan sobre una red de confianzas y responsabilidades compartidas, tan asumidas que ya no las vemos. Pero en tiempos de estímulo del odio y la desconfianza, merece la pena visibilizarlas”.[7] La mayoría de las personas en la mayoría de las catástrofes en casi todas partes se han comportado con valentía y dignidad y no presas del pánico. [1] La historia se construye a base de sueños comunes y corrientes, de puntos de inflexión y líneas divisorias. Los efectos no son proporcionales a las causas, no solo porque a veces las grandes causas parecen tener poco efecto, sino porque las causas diminutas puntualmente tienen enormes consecuencias.

La teoría endosimbiótica propone que los pasos importantes en nuestra evolución se han producido a través de la unión y cooperación entre células más simples que vivían independientes. La supervivencia humana no sería posible sin la cooperación entre individuos.

Cuando nos planteamos más que logros individuales y pensamos en lo que pueden conseguir nuestras acciones, combinadas con las de otros, nos abrimos a un relato más emocionante.

Tener esperanza es arriesgado, puesto que al fin y al cabo es una forma de confianza en lo desconocido y en lo posible, incluso en la discontinuidad. Tener esperanza es correr el riesgo de la decepción y la traición y tratar de lidiar con ello. En respuesta a los problemas de nuestro mundo, no tenemos más remedio que esforzarnos y afrontar adversidades y atender nuestras necesidades de renovación para no agotarnos.

Hace unos meses escuché a una filósofa que sabernos frágiles y vulnerables nos hace confiar en los otros, si bien no hay que temer el encuentro con nosotros mismos. Me pregunto muchas veces qué nos hace ser mediocres y malvados. Creo que todas las personas tenemos un puntito de maldad y mediocridad y desarrollarlo (o no), hacer o no gala de ello, depende del encuentro y el diálogo con otras personas. Decía la filósofa en la entrevista que el sujeto de la esperanza del cambio es un “nosotros”. ¿Qué “nosotros” queremos?¿qué nos conviene hacer? Necesitamos tener presente en este desafío.

Construir las esperanzas exige reconocer los miedos y saber dónde estamos. La responsabilidad es fuerza, potencia y capacidad de hacer y es una virtud fundamental para aspirar a construir vidas dignas. Ser responsable es convertirse en agente que se hace cargo y toma parte en lo que sucede a su alrededor, es saber que tienes la capacidad y el deber de decir o hacer algo, de sentirte inmiscuido en lo que ves alrededor.

Sentir responsabilidad es imprescindible para ser sujeto político.[7] Estar políticamente comprometido significa tener conciencia de tu propio poder -de que lo que haces importa- y una sensación de pertenencia. Vivimos una época en la que tenemos que fomentar un sentido de comunidad. Es en lo colectivo donde encontramos reservas de esperanza y optimismo. Habitar contradicciones y a descubrir lo que esas contradicciones tienen de productivo.[6] Superar la alienación y el aislamiento. Volviendo a Alicia Valdés, habitar este mundo es volver a lo comunitario. Hacer un giro de sentido común hacia el sentido de lo común. Ser dignas de los tiempos que nos ha tocado vivir. No caer en discursos nihilistas propios de la desactivación, sino tener una posición móvil que nos permita adaptarnos para ofrecer análisis y soluciones a aquello que se muestra como una amenaza.

Es inevitable pensar en Palestina como esa herida que nunca deja de sangrar, que desespera, porque no cicatriza. Sin embargo, retomo las palabras de Francesca Albanese, como referente: “Cada uno de nosotros puede convertirse en portavoz y portador de esperanza y que cada día, puede aprender a adoptarla como una postura, como un vicio bueno del que ya no podemos prescindir (...) Los derechos humanos no nos los regalaron: cada uno de ellos es fruto de las luchas y los logros de individuos como nosotros. El camino hacia los derechos humanos no es lineal, y la misión no está cumplida. Así lo demuestran los tiempos que vivimos. (...)
Todo esto, si bien debería infundir miedo, también debería infundir coraje”.[8]

Escribía Rebecca Solnit que “la esperanza es un regalo al que no tienes que renunciar, un poder del que no tienes que deshacerte (...) Hay muchas pruebas para defender la esperanza”. También para abrazarla. En ello estamos.

En esta búsqueda de la esperanza y de posibilidades, me han acompañado algunas lecturas, referenciadas en el artículo, que debo recomendar. Siempre hay alguien antes que tú que le ha puesto palabras a aquello que no te deja dormir.


1. Solnit, Rebecca. Esperanza en la oscuridad.Capitan Swing, 2017.
2. Macy, Joanna y Molly Young Brown. Nuestra vida como Gaia. La guía actualizada de El trabajo que reconecta. [Disponible en internet]
3. Valdés, Alicia. Auge. Editorial Debate, 2026.
4. Macy, Joanna y Chris Johnstone. Esperanza activa. Cómo afrontar el desastre mundial sin volvernos locos. Ediciones La Llave, 2018.
5. Valls Boix, Juan Evaristo. JOMO. El gusto de perderse. Anagrama editorial, 2026.
6. Davis, Angela. La libertad es una batalla constante.Capitan Swing, 2017.
7. Herrero, Yayo. Metamorfosis. Una revolución antropológica. Arcadia Editorial, 2025.
8. Albanese, Francesca. Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina. Galaxia Gutemberg, 2026.

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