¿A por ellas?

Ni las pandemias, ni los enfermos ingresados en cuidados intensivos, ni la condición de universalidad del problema, ni su meteórica expansión, ni siquiera las más de mil muertes que ya se han producido a día de hoy. Nada les detiene. Ellos siguen erre que erre con su campaña de acoso y descrédito al Gobierno. El nivel de indecencia que están exhibiendo supera con creces cualquier previsión. Los bien-pagados periodistas de la carcunda eclesiástica y civil - cuyos nombres están en la mente de todos y que voy a omitir para no infectar mi ordenador – unen sus fuerzas y se …

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Manifestación del 8M en Zaragoza. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Ni las pandemias, ni los enfermos ingresados en cuidados intensivos, ni la condición de universalidad del problema, ni su meteórica expansión, ni siquiera las más de mil muertes que ya se han producido a día de hoy. Nada les detiene. Ellos siguen erre que erre con su campaña de acoso y descrédito al Gobierno.

El nivel de indecencia que están exhibiendo supera con creces cualquier previsión.

Los bien-pagados periodistas de la carcunda eclesiástica y civil - cuyos nombres están en la mente de todos y que voy a omitir para no infectar mi ordenador – unen sus fuerzas y se conjuran como fuerza de choque para reinstalar las esencias más retrógradas e intolerantes.

Sus acciones de desgaste insisten en culpabilizar al “Gobierno de los okupas”. Argumentan falta de diligencia, poca capacitación, sectarismo y una larga lista de delitos varios. Pero en eso no queda todo, necesitan otro reo para sus sacrificios y sus orgías informativas. Y ahí aparece el resentimiento que albergan contra las mujeres.

Los medios patrocinados por la Conferencia Episcopal intentan entorpecer el avance de derechos que persigue el colectivo feminista. Nada extraño, a estas alturas de la historia es sobradamente conocida la exacerbada misoginia de la Iglesia Católica para que ninguno de sus detestables actos nos pille por sorpresa.

Tampoco nos llama la atención la beligerancia de las formaciones políticas de extrema derecha y extrema derecha extrema contra las organizaciones feministas por exigir los derechos de la mujer y defender la igualdad social, cultural y política sin distinción de género.

Es conocida la rastrera sumisión que esas formaciones profesan a los príncipes de la Iglesia. Probablemente reminiscencias de la colaboración que históricamente ha mantenido ambas facciones de la derecha: la eclesiástica y la política.

Deberíamos preguntarnos, ¿a qué se debe tanta inquina?

La animadversión de la Iglesia está plenamente encuadrada en su ADN. De una asociación patriarcal, machista, misógina, reaccionaria y retrógrada no cabe otra postura. Nada extraño.

Las reacciones que llegan desde la intransigencia política también tienen su explicación en sus genes. Participan de un sistema democrático porque no les queda otro remedio. Ni creen en la democracia, ni les gusta, ni la respetan. Únicamente les resulta de utilidad cuando las urnas les conceden el poder.

Cuando se unen los hados del destino y el recuento de los votos señala a la izquierda desarrapada como ganadora de las elecciones, se desatan todos los idus de la guerra para desalojar a los que llaman usurpadores.

Esto no es una metáfora ni un recurso literario, es la triste realidad que se ha cumplido sistemáticamente en nuestra pobre vida democrática. Comienzan generando dudas sobre el resultado, continúan inventando teorías de la conspiración para acabar deslegitimando los resultados.

Sin olvidar que al final del pasillo siempre aparece una figura uniformada que todavía rezuma el olor a rancio que exhalan las dependencias cuartelarías. Muchos generales del Ejército español han tenido la fea costumbre de intervenir en política para acabar torturando al pueblo que debían proteger

La catástrofe del coronavirus está sirviendo para quitar muchas caretas. Entre ellas la de los sinvergüenzas que expoliaron la sanidad pública para regalar negocio a sus amigos mientras claman al cielo ante la falta de recursos materiales y humanos que actualmente padece. Ahora quieren que el Estado que ellos desmantelaron sea rápido y eficiente.

Pablo Casado ha encontrado en Díaz Ayuso el ariete idóneo para demoler las medidas del Gobierno de la Nación, ¡Lo qué es la vida! De ser la encargada del twitter de “Pecas” y recoger sus caquitas, a ser la personalidad relevante del partido. La señora de los atascos está ofendida porque Madrid es considerado el epicentro del contagio en España, ¿la chica tampoco sabe leer las estadísticas?

A su lado camina el Jefazo de la “derechota valiente”. El chico sólo ha leído de la Constitución el artículo que habla de la unidad de España, debe de ser por aquello de Una, Grande y Libre que le pone mogollón. Podía haber aprovechado el tiempo y estudiar la norma constitucional cuando tocándose las gónadas cobraba un pastizal en una canonjía regalada por su benefactora Esperanza Aguirre. Paradójicamente la marquesa está siendo atendida por la misma sanidad que ella machacó, ¿recordamos su imagen avasallando a una enfermera?

Ambas derechas arremeten con virulencia contra el movimiento feminista, saben que las mujeres representan el dique de contención contra sus cavernícolas planteamientos. Por lerdos que parezcan, son conscientes que el movimiento feminista ha decidido no dar un paso atrás.

Ellas seguirán con su lucha por la defensa de un lugar igualitario en la sociedad a pesar de ser culpabilizadas de la propagación exponencial de la pandemia, del colapso del sistema sanitario aunque fuera desmantelado por Esperanza Aguirre y Rajoy e incluso es posible que les achaquen los chanchullos del “Emérito” y la inutilidad del “Preparado”.

Las referencias al 8M sólo son la verbalización de la misoginia que padecen. Los poderes fácticos saben que el mundo va a cambiar y el cambio va a llegar de la mano de las mujeres, de las mujeres feministas convencidas de que no son inferiores y de que tienen que pelear por sus derechos porque nadie les va a regalar nada.

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