
El sabio: cofre del gran tesoro, poseedor de la sabiduría, portador de conocimientos, representación de la prudencia en la tierra, desván que contiene todos los recuerdos, experimentado en lo divino, solitario espíritu, perro viejo.
El viejo: alma renqueante, cúmulo de experiencias, curtido en deseos, próximo al gran secreto, misterioso caminante, respetable juez, sonámbulo racionalista, rosetón de una columna corintia, vino añejo, portador de la sabiduría.
Existe en el imaginario de la cultura occidental -también en otras culturas aunque probablemente de modos alternos- una asociación ideal entre las figuras del sabio y del viejo. Los ancianos, por lo general, son vistos bajo el prisma de la sabiduría o, al menos, se les otorga una mirada de respeto encubierto que deviene culto. El respeto a los mayores, inculcado con estaca punzante a los niños, no es sino sólo uno más de los mecanismos reproductores y reproductivos que legitiman la síntesis saber-poder. Al viejo se le respeta por culto, porque tiene algo que enseñar; no nos da miedo su fuerza sino su supuesto saber. Y, efectivamente, los viejos nos gobiernan en ese régimen de miedo que conlleva el no-saber. En otras palabras, los regímenes de verdad producidos por los considerados sabios anulan y deslegitiman cualquier ejercicio de poder realizado por aquellos considerados no-sabios a través de dispositivos productores de ignorancia.
En lo que sigue, no interesa tanto realizar una genealogía de la figura del sabio –quizá en otro lugar- como apuntar una serie de elementos significativos que nos permitan entender el devenir real de nuestro tiempo a la luz de la transformación de la figura del sabio en bestia gerifalte que ocupa y bloquea cualquier institución o estructura social que podamos imaginar en el actual Estado español. Las universidades, al igual que los bancos o las bibliotecas, las diputaciones, los partidos, los altos cargos de colegios e institutos, las jefaturas de departamentos de los hospitales, los sindicatos, los medios de comunicación, por no hablar de senadores, etc. son ejemplos arquetípicos de que, efectivamente, los diversos aparatos del Estado están absolutamente controlados generacionalmente.
Un reciente artículo de Josep Sala i Cullel publicado en su blog personal bajo el título de “La Generació T ens ha aruïnat”, ha disparado todas las alarmas en cierto sector de los medios de comunicación menos proclives al neoliberalismo. Ciertamente, las reflexiones de este profesor de geografía no pueden considerarse siquiera sociología, pues carece de los instrumentos metodológicos que caracterizan a esta disciplina. Empero, resulta interesante el planteamiento de su reflexión, ya que acusa directamente a los nacidos entre 1945 y 1965 -lo que él denomina “Generación T”, en virtud de que es la generación más beneficiada por ese artificio gubernamental de los franquistas que los libros de historia llaman “Transición” al tiempo que suponen un verdadero Tapón para las generaciones posteriores- de ocupar y saturar los puestos más cómodos así como las esferas de influencia y de ejercicio de poder. En cualquier caso, sea cual sea la denominación, resulta obvio que hay un estancamiento generacional que impide el florecimiento de las generaciones posteriores a las ya asentadas en diversas cuotas de poder más o menos influyentes, de modo que la gerontocracia se ha institucionalizado con el único fin de perpetuar el enriquecimiento de unos pocos; todo ello bajo el disfraz de la estabilidad.
Habrá que investigar cómo la figura del anciano sabio muta, en los países católicos del sur de Europa, en la figura del gerifalte. Esta nueva figura, poderosa, masculinizada, férrea y sabia, se preconiza a sí misma y descuella todo lo demás, salvo, obviamente, sus círculos amistosos y familiares. Esto es debido, creemos, al origen teocrático de la gerontocracia, que analizaremos en posteriores incursiones bajo este epígrafe.
Sergio Pons Garcés | Revista Turba





