Desacralización de la mercancía

25 noviembre, 2013. 08:50

yo mango revista turbaHoy ha llegado a nuestras manos una noticia que no podemos leer sin entusiasmo. Se vocea que una turba de medio centenar de migrantes rumanos ha irrumpido en el interior de uno de esos jardines perpetuos de la sobreabundancia material que solemos llamar “supermercados” para, bajo la mirada impasible y, quién sabe si cómplice, de las empleadas del establecimiento, hacer libre uso de los productos. Ni siquiera han robado, ya que no se han sustraído ni trasladado los productos de lugar, los cuales no han llegado ni siquiera a salir del establecimiento. Los medios comentan que la turba ha consumado tal fechoría para comer, pero podemos imaginar que, dado lo sofisticado que es el abanico de necesidades de las personas tras la explosión del consumo de masas, quizá también lo hayan hecho para vestirse, maquillarse, cortarse las uñas o ponerse un condón.

No es difícil imaginar que inmediatamente saltarán los cepos de captura que intentarán apropiarse del sentido de este potente gesto expropiador de la turba rumana, poniendo en marcha toda una maquinaria de reproducción ideológica en aras de producir la verdad del acontecimiento. Sí, insistimos: esa verdad del acontecimiento que hará inteligible el suceso a las personas no será desenmascarada, ni desvelada: será producida. En la lucha de fuerzas disputándose el significante con el que cubrir el cuerpo del hecho desnudo, bello como todos los cuerpos desnudos, sería ingenuo pensar que habrá originales interpretaciones. Más bien cabe pensar todo lo contrario: se intentará sustraer al suceso de su carácter de acontecimiento, de ruptura, para así ahogarlo en el continuo monótono de las noticias de sucesos y neutralizar así su potencia transgresora. En este operativo policial lo que menos se verá serán policías, pero abundarán periodistas, tertulianos, secretarios generales, taxistas y amas de casa.

Se pondrán en juego, prevemos, tres interpretaciones del suceso, todas ellas cómplices del poder. La primera, cómo no, consistirá en la vieja identificación del extranjero con el bárbaro, típica de la racionalidad imperialista. Así, se dirá que se trata de un acto vandálico en el que el rumano-incivilizado-bestial sólo buscaba resarcirse o divertirse transgrediendo la legalidad, la moralidad, el orden. Desde el pathos del miedo, que acostumbra a ser una emoción de la ignorancia, se temerá la invasión rumana, se dirá que es un problema educacional, normal tratándose de personas de un país del segundo mundo y aún recuperándose de su resaca comunista.

La segunda interpretación, por otro lado, podría basarse en la identificación del extranjero con el enemigo, herencia de la racionalidad militar. Probablemente también se dirá que se trata de uno más de los miles de saqueos que los extranjeros perpetran sobre nuestros bienes nacionales (si es que el concepto de “nación” tiene todavía algún sentido en la era globalizada del capital multinacional), con su correspondiente evasión de impuestos. Y, desde el pathos del resentimiento, se rondará la idea de la imperante necesidad de reforzar, si no las fronteras mismas, las políticas de inmigración, a fin de atrincherar nuestro territorio.

La tercera interpretación, y quizá la más perversa, consistirá en la identificación del extranjero con el pobre, con el mendigo, con el miserable, típica de una racionalidad cristiana. Según esta interpretación, se hablará de que los pies y las manos de la turba rumana fueron movilizados en realidad por otro órgano más primario, más primitivo: el estómago vacío que mueve montañas. Ya hemos denunciado en “Deuda, violencia, política”[1] esta imagen de la turba en la que se la dibuja movilizada únicamente por apetitos y necesidades básicas (hambre, paro, pobreza,...,) como si las revoluciones, los movimientos populares y demás delitos no pudieran o, peor aún, no debieran jamás ser el fruto maduro de una voluntad de poder, de un empoderamiento o de una toma de posiciones concretas en el tablero de la conflictividad social. “Como si las masas pudieran soñar con comer bien pero no con ejercer el poder”[2]. En este caso, desde el pathos de la compasión y la misericordia, se comentará la necesidad de que el Estado despliegue las asistencias pertinentes y acoja bajo las alas de su águila a los necesitados, a fin de concederles al menos una limosna para su subsistencia.

Ninguna de estas interpretaciones reconocerá una posible conciencia de clase en los malhechores. Ninguna de ellas cuestionará el orden mercantil actual. Ninguna supondrá una crítica radical. Todas despojarán al acontecimiento de su carácter transgresor, de su fuerza política, tornando la mirada inaccesible a lo que el suceso tiene de peligroso, de agitador, de contagioso y disolviéndolo en la retahíla de significaciones ideológicas del poder de clase. Ninguna denunciará el hecho de que, en nuestras sociedades del capitalismo neoliberal, la mercancía se encuentra vigilada, custodiada y secuestrada para proteger el ordenamiento social actual y con él los intereses de las corporaciones. Es decir, para que sigamos mirando la mercancía y lo primero que percibamos sea un bien de consumo privatizado y asociado a un precio, nunca un bien de uso al alcance de la mano de cualquiera. Los dispositivos de seguridad y vigilancia tienen ese poder transubstanciador: convierten la comida en un bien de intercambio. Custodiando el orden mercantil se asienta la dictadura del trabajo.

Queremos, pues, tomar partido en la lucha de fuerzas en disputa agónica por apropiarse del sentido de este feliz acontecimiento. Es nuestra tarea no sólo bloquear los sentidos reaccionarios antes mencionados, sino también producir sentidos de la expropiación que antagonicen y desarticulen la codificación que de ésta ha hecho el orden burgués, tipificándola como “robo”. Proponemos pues una cuarta interpretación. Solo por provocar, por joder o por dar de qué hablar: el gesto expropiador de la turba rumana supone una transgresión nada desdeñable, concretamente una desacralización de la mercancía. Entrando al supermercado con estilo, cogiendo la banana sin nervios y comiéndosela sin culpa, se está ejerciendo una desviación de la significación social de la banana desde su ser como objeto-mercancía-privatizada en el contexto del orden capitalista, a su ser como don natural-comunal. La turba rumana ha evidenciado que, efectivamente, la banana se trata sencillamente de algo que se usa, sin necesidad de que entre el sujeto y el objeto se interponga esa mediación artificiosa y espectacular que llamamos “precio”. Con ello, además, se desactiva el apresamiento productivo del dipositivo-supermercado demostrando la posibilidad de asumir en su interior conductas improductivas. Y más aún en un momento histórico en el que “trabajar ya no es hacer lo que nos digan que hagamos, sino ser lo que nos digan que seamos”[3]. La productividad ya no se encuentra centralizada en la fábrica, en la oficina o tras el mostrador de la tienda, sino que abarca el conjunto de nuestras vidas. La explotación es envolvente, unitaria, total: nunca dejamos de trabajar. De ahí que expropiar al supermercado en nuestro tiempo de ocio pueda convertirse en una manera de desarticular la relación entre la fuerza de trabajo y el capital, en una contemporánea forma de hacer huelga. Ya ni te digo si se realiza de manera masiva, orquestada y sostenida.

Publicado en Revista Turba | Para AraInfo

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[1] Pablo Gómez Nogales, “El retorno de las masas”, Turba.Revista de filosofía política, #1 Deuda,violencia, política.

[2] Foucault, Microfísica del poder, “Más allá del bien y del mal”.

[3] Comité de Ocupación de la Sorbona en el Exilio, Llamamientos.

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