Llega la huelga general. Han tenido que pasar 14 años desde la última huelga de carácter socioeconómico, si excluimos las exitosas huelgas feministas, como la de 2018. Todo ello cuando la presión a la que se ve sometida la clase trabajadora se antoja insoportable.
Aquella huelga de 2012 era contra una reforma laboral que abarató el despido y segó derechos laborales de un plumazo. Buena parte de la misma no se ha revertido y el mercado laboral del Estado Español sigue atravesado por problemas como la precariedad que parecen eternos.
Llega una huelga en la que se reflejan las verdaderas inquietudes de la gente de a pie. Problemas a flor de piel como son unas viviendas imposibles de comprar o alquilar y unas condiciones económicas metidas en la paradoja de unos datos macroeconómicos brillantes mientras la gente trabajadora vive con mayores estrecheces. Con unos bienes de primera necesidad cada día más caros y unos costes de la energía disparados aparecen realidades tan crueles como la pobreza energética o la infravivienda.
Este paro general parte de una buena idea como es sobrepasar lo meramente laboral-sindical y por eso a los autoproclamados sindicatos mayoritarios les pilla con el pie cambiado.
Porque además mira de frente a otro escenario: en el país europeo de mayor crecimiento económico cada vez hay más gente viviendo peor. Y eso con el que se promociona como el gobierno más progresista de la historia. En el horizonte una ultraderecha que amenaza con empeorar aún más las condiciones laborales y los servicios públicos.
Respecto a la movilización hay varias visiones de esta huelga. La más domesticada es la típica de perfil bajo. Alguna manifestación que parece más bien un paseo largo y poco más.
La nuestra pasa por el cuestionamiento que nos lleve primero a reflexionar cómo hemos llegado hasta aquí.
El marco del neoliberalismo, última fase del capitalismo y la más extrema en recorte de derechos, ha sido asumido en mayor o menor medida por todas las fuerzas institucionales. No deja de ser una versión sofisticada del tanto tienes tanto vales en un mundo en que todo parece moverse por patrones de coste-beneficio.
Pero tras las fuerzas institucionales viene la población. Y hay gente que ve en el capitalismo extremo una vía de solución a sus problemas. Que dejar atrás al vecino les renta y que el apoyo mutuo en su vida cotidiana les parece algo de “progres”.
Estamos, por contra, quienes queremos presentar una enmienda a la totalidad del actual sistema. Pararlo todo para que todo tome otra dirección. Pero esto va mucho más allá de las condiciones económicas.
Va de romper la dinámica de trabajo-consumo-deuda que obliga a seguir trabajando más, en las condiciones que sean, para poder seguir consumiendo y endeudándonos en un ciclo sin fin que conduce a una sociedad amargada que avanza deprisa pero no sabe dónde.
Quienes sí saben dónde nos llevan son los amos del cotarro: el capitalismo de siempre ahora con nuevas caras. Y esas nuevas caras, que representan a grandes corporaciones, piden más trabajo en peores condiciones y más consumo aunque nos cueste el planeta.
El neoliberalismo que depreda el territorio con centros de datos o macrogranjas es el mismo que propone privatizar servicios públicos, aumentar el tiempo de trabajo, jubilarnos más tarde y reducir salarios.
También es parte de un sistema que está tomando el poder mediante gobernantes despiadados de extrema derecha.
Pero está en nuestras manos parar para pararlo todo. Habrá elecciones pronto, allá cada quien, pero primero es el tiempo de la calle. Allí estaremos.




