Estados Unidos acude este martes, 3 de noviembre, a las urnas en unas elecciones que pueden cambiar el equilibrio de poder en Washington. Las midterms, los comicios de mitad de mandato, llegan cuando Donald Trump se aproxima al ecuador de su segunda presidencia y con el Partido Republicano controlando tanto la Casa Blanca como las dos cámaras del Congreso. Ese dominio institucional está hoy sometido al voto de millones de estadounidenses.
La cita electoral funciona también como un examen a la gestión de Trump. El aumento del coste de la vida, las redadas contra la población migrante, la política comercial y la creciente polarización política han marcado una campaña en la que los demócratas intentan capitalizar el descontento con el Gobierno republicano.
Los sondeos publicados durante las últimas semanas apuntan a un escenario favorable para los demócratas en la disputa por la Cámara de Representantes, aunque el Senado presenta un panorama más complejo. El alcance de los cambios dependerá de un número relativamente reducido de estados y distritos electorales.
Lo que ocurra durante la jornada no solo determinará quién controla el Congreso. También condicionará la capacidad de Trump para impulsar su programa político hasta enero de 2029 y tendrá consecuencias para las relaciones internacionales, la política económica y las decisiones de Washington sobre conflictos abiertos en distintas partes del mundo.
Qué se vota y qué necesitan los demócratas
Este martes se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, cuyos integrantes son elegidos cada dos años. Los republicanos llegan a las urnas con una estrecha mayoría: 218 representantes republicanos, un independiente que se alinea con ellos, 214 demócratas y dos vacantes.
La mayoría absoluta está situada en 218 escaños. Para los demócratas, el objetivo es conseguir una ganancia neta suficiente para arrebatársela al Partido Republicano. Una diferencia de apenas unos pocos distritos puede cambiar por completo el funcionamiento del Congreso.
En el Senado, donde los mandatos duran seis años, se disputan 35 de los 100 escaños: 33 correspondientes a la renovación ordinaria y dos elecciones especiales. Los republicanos cuentan actualmente con 53 senadores, frente a 45 demócratas y dos independientes que forman parte de su bloque parlamentario.
Para recuperar la mayoría, los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro escaños y alcanzar los 51. Un empate a 50 seguiría beneficiando a los republicanos, ya que el vicepresidente JD Vance dispone del voto de desempate.
También se eligen 36 gobernadores, además de numerosos cargos legislativos, judiciales y municipales. Estos resultados determinarán buena parte del mapa político estadounidense y la capacidad de los partidos para desarrollar sus políticas en los distintos estados.
Los estados donde se juega el control del Senado
Aunque las elecciones se celebran en todo el país, buena parte de la atención está concentrada en un puñado de estados. Ohio, Iowa, Kansas, Texas, Alaska, Maine y Carolina del Norte figuran entre los territorios donde los republicanos defienden escaños relevantes para conservar su mayoría en el Senado.
Los demócratas, por su parte, también deben proteger posiciones en estados como Michigan, Georgia y Nuevo Hampshire. No basta con conquistar nuevos escaños republicanos: cualquier pérdida propia aumentaría el número de victorias necesarias para hacerse con la cámara.
Algunos de estos territorios llevan décadas sin elegir a un senador demócrata. Otros presentan electorados más divididos, donde pequeñas variaciones en la participación pueden resultar determinantes.
En la Cámara de Representantes, la batalla se desarrolla distrito a distrito. Las diferencias entre ambos partidos son tan estrechas que unos pocos resultados pueden decidir si Trump mantiene el respaldo legislativo del que ha disfrutado hasta ahora.
El bolsillo frente al miedo en una campaña multimillonaria
La economía doméstica se ha convertido en uno de los principales campos de disputa electoral. Los demócratas han centrado buena parte de su discurso en la inflación, el precio de los alimentos, la vivienda, la gasolina y el acceso a la sanidad. Los republicanos han insistido especialmente en la inmigración, la seguridad y sus ataques a las políticas progresistas.
En una crónica publicada este martes en Naiz, el periodista Ibai Azparren analiza cómo ambos partidos han desarrollado estrategias muy diferentes en una campaña caracterizada por el enorme volumen de dinero destinado a propaganda electoral.
El trabajo explica el papel de los grandes donantes y de los super PAC, organizaciones que pueden recaudar y gastar cantidades prácticamente ilimitadas para influir en las elecciones, aunque tienen prohibida la coordinación directa de sus gastos independientes con las campañas de los candidatos.
La maquinaria electoral concentra una parte importante de esos recursos en convencer a las personas indecisas y movilizar a quienes podrían quedarse en casa. En un sistema fuertemente polarizado, donde buena parte del electorado mantiene fidelidades partidistas estables, un reducido número de votantes puede acabar decidiendo el resultado de distritos enteros.
El peso del dinero y de la publicidad política vuelve así a situarse en el centro del debate sobre el funcionamiento de la democracia estadounidense.
El voto latino y el desencanto con Trump
Otro de los factores que pueden influir en los resultados es el comportamiento del electorado latino, una población diversa que ha adquirido un peso creciente en las elecciones estadounidenses.
En 2024, Trump consiguió ampliar notablemente su apoyo entre estos votantes. Sin embargo, las políticas migratorias de su Administración, las actuaciones racistas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y el aumento de los precios han provocado tensiones con sectores que respaldaron al candidato republicano hace dos años.
Ibai Azparren aborda esta evolución en otro reportaje publicado en Naiz, donde recoge las contradicciones que atraviesan a un electorado de alrededor de 39 millones de personas, casi el 16% del censo.
El periodista recuerda que Trump obtuvo en 2024 el 46% del voto latino, su mejor resultado entre esta población, y analiza cómo las redadas migratorias y el deterioro del poder adquisitivo han abierto nuevas disputas políticas.
No se trata, en cualquier caso, de un bloque electoral homogéneo. Las diferencias de origen, territorio, generación, posición económica y prioridades políticas hacen que su comportamiento sea especialmente relevante en estados como Texas y Florida, así como en determinados distritos donde la diferencia entre republicanos y demócratas es reducida.
El efecto Mamdani y la disputa por el futuro demócrata
Las elecciones también pondrán a prueba la influencia del sector progresista del Partido Demócrata, que ha encontrado en Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York desde enero de 2026, uno de sus principales referentes. Su victoria electoral en noviembre de 2025, con un programa centrado en el derecho a la vivienda, los servicios públicos y el coste de la vida, abrió un debate sobre la capacidad del socialismo democrático para ampliar su apoyo electoral frente al trumpismo.
Mamdani ha trasladado esa apuesta a las elecciones legislativas, respaldando a tres candidaturas progresistas al Congreso: Brad Lander, Claire Valdez y Darializa Avila Chevalier. Las tres ganaron sus primarias demócratas en junio y concurren este martes en distritos de Nueva York. Su irrupción ha intensificado las diferencias entre el sector más progresista del partido y una dirección que apuesta por perfiles moderados para conquistar los distritos más disputados.
Más allá de los resultados de esta noche, la experiencia de Mamdani plantea una cuestión de fondo para los demócratas: si la alternativa a Trump debe limitarse a recuperar los contrapesos institucionales o incorporar un programa de transformación económica y social capaz de movilizar a sectores desencantados con la política tradicional.
La ultraderecha y la normalización del supremacismo blanco
Las elecciones también llegan en un contexto de creciente protagonismo de la extrema derecha estadounidense y de las organizaciones que defienden posiciones racistas y supremacistas.
La relación entre estos movimientos y el poder institucional constituye una de las cuestiones de fondo del segundo mandato de Trump. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, los posteriores indultos presidenciales y la incorporación de discursos extremistas al debate político han reabierto la discusión sobre los límites de la democracia estadounidense.
En una entrevista realizada por Ibai Azparren para Naiz, la historiadora Kathleen Belew, especialista en la violencia de la extrema derecha y autora de “Traed la guerra a casa”, analiza la evolución del movimiento supremacista blanco y su relación con la Administración republicana.
Belew sostiene que Trump ha facilitado la entrada de sectores de ese movimiento en la política convencional y advierte de que las organizaciones que históricamente combatían al Estado desde fuera encuentran ahora espacios de influencia dentro de sus estructuras.
Su análisis introduce una dimensión que va más allá del reparto de escaños: hasta qué punto el resultado de las elecciones puede modificar los contrapesos institucionales frente a las políticas impulsadas desde la Casa Blanca.
Qué cambiaría si Trump pierde el control del Congreso
La consecuencia más inmediata de una victoria demócrata en la Cámara de Representantes sería la pérdida del control republicano sobre una de las dos cámaras legislativas.
Esto permitiría a los demócratas bloquear o negociar buena parte de las iniciativas legislativas de Trump, condicionar la aprobación de los presupuestos federales y abrir investigaciones parlamentarias sobre la actuación de su Administración.
La Cámara de Representantes también tiene capacidad para iniciar un procedimiento de destitución presidencial, conocido como impeachment. Sin embargo, una eventual destitución requeriría posteriormente una mayoría de dos tercios en el Senado, un escenario muy diferente al de una simple mayoría parlamentaria.
Si los demócratas consiguieran además recuperar el Senado, aumentarían considerablemente sus posibilidades de frenar nombramientos presidenciales, incluidos los de jueces federales y magistrados del Tribunal Supremo, así como determinadas decisiones que requieren autorización de esa cámara.
En cambio, si los republicanos conservaran ambas mayorías, Trump mantendría un Congreso favorable para seguir desarrollando su programa durante los dos últimos años de mandato.
En cualquiera de los escenarios, el presidente conservaría importantes atribuciones ejecutivas, especialmente en política exterior. Un Congreso dividido podría limitar su margen presupuestario y legislativo, pero no supondría automáticamente el fin de sus políticas migratorias, comerciales o internacionales.
Una noche electoral que puede prolongarse varios días
Los primeros resultados comenzarán a conocerse durante la madrugada del miércoles 4 de noviembre, en horario peninsular. Sin embargo, el escrutinio de algunos estados puede prolongarse durante días, especialmente en aquellos donde el voto por correo tiene un peso importante o las diferencias entre candidaturas son muy ajustadas.
La atención estará puesta tanto en los resultados de los grandes estados como en los distritos menos conocidos que pueden acabar decidiendo el control de la Cámara de Representantes.
Las midterms no elegirán a un nuevo presidente, pero sí determinarán las condiciones políticas en las que Donald Trump afrontará la segunda mitad de su mandato. Entre la continuidad del dominio republicano y la recuperación de los contrapesos parlamentarios por parte de los demócratas, las urnas decidirán cuánto poder legislativo conserva la Casa Blanca a partir de enero de 2027.




