El precio de la red

25 octubre, 2026. 10:07

"El precio de la red" lleva poco tiempo en cartelera y pasará desapercibida igual que pasa desapercibida su temática. Y es que en tiempos de redes sociales, alertar sobre los entresijos que mueven sus intereses no está dentro de los algoritmos que estas empresas implementan para maximizar sus beneficios.

Esta película de Aaron Sorkin pudiera ser la secuela de “La Red Social”, la película de David Fincher, en la que Sorkin fue guionista, que narra la creación de Facebook por un, entonces, alumno de Harvard llamado Mark Zuckerberg; un genio de la programación o, quizás, no tanto. A finales de 2003, en su habitación del colegio mayor empezó a diseñar un programa para divertirse y ligar, lo que llegaría a ser Facebook, junto con Eduardo Saverin. Unos puertas más lejos varios estudiantes ya estaban ensayando esa misma idea que un día compartieron con Zuckerberg. Pero este llegó antes.

Poco después, ya millonarios, Zuckerberg acabó desembarazándose de su socio Saverin. Y aquí es donde enlaza con “El precio de la red”. Zuckerberg (caracterizado por un Jeremy Strong con tintes autistas) se hizo millonario no por crear una red social masiva sino, especialmente, por crear una serie de algoritmos adictivos olvidando todo tipo de ética humana, social o medioambiental.

Pero este secreto se guardaba celosamente en las entrañas de Facebook, una empresa dirigida verticalmente con el objetivo del máximo beneficio. Por eso empieza a ponerse en duda la genialidad informática de Zuckerberg, ya que su codicia es mucho mayor y ambas cosas casan bastante mal.

La película encuentra inspiración en “Todos los hombres del presidente” sobre el caso Watergate destapado por The Washington Post, el delito que provocó la dimisión del presidente Nixon.

En “El precio de la red”, un periodista de investigación destecnificado y ávido de periodismo, Jeff Horwitz (encarnado por un Jeremy Allen White discreto, con guiños al Robert Redford del caso Watergate), encuentra el camino del premio Pulitzer gracias al apoyo de un gran periódico The Wall Street Journal. Sí, sacar la ropa sucia de una empresa también da dinero y en EEUU todo funciona por dinero. En Europa este comportamiento es mucho más extraño, los grandes medios son afines a las grandes empresas.

Los “documentos de Facebook” filtrados en 2021 demostraron que Zuckerberg había creado adicción y problemas económicos y de salud en la juventud para ganar más dinero. Esto fue la base que acabó en condena a la empresa Meta (tras el escándalo, Zuckerberg cambió el nombre de la empresa a Meta) por inducción a la adicción en la adolescencia norteamericana.

La trama de la película se desarrolla en dos ámbitos, suficientes para dar dinamismo a la obra. Por un lado los ensayos teatrales de Zuckerberg para dar un buen discurso en el Senado en defensa de su empresa y las órdenes que sigue dando para maximizar sus beneficios con la excusa de la “libertad” individual para postear lo que uno quiera en las redes. Esto parecería lógico si no fuera porque Zuckerberg había descubierto que la ira y la violencia producen muchas más interacciones en las redes y había ordenado promocionar estas publicaciones con sus algoritmos.

Por otro lado, la relación entre el periodista Horwitz y Frances Haugen (interpretada por Mickey Madison, una friki tecnológica con personalidad dicotómica entre infantil y tremendamente sensual), científica de datos en Facebook que conoce las consecuencias de los algoritmos adictivos y que no encuentra comprensión en una empresa obsesionada con los resultados económicos. Se entrelazan, también, algunas escenas de los entornos laborales de la redacción del The Wall Street Journal y del departamento de integridad cívica de Facebook (sic).

Como era de esperar, Zuckerberg ordenó desmantelar este departamento tras las elecciones de 2020 y Frances Haugen, que lo tildó como “una traición a la democracia” que contribuyó al asalto al Capitolio en enero de 2021 (intento de golpe de Estado tras perder Trump las elecciones), decidió abandonar una empresa falta de ética, no sin antes llevarse copias de los documentos que acabaron engrosando el escándalo de Facebook.

El guión de Sorkin modifica los hechos para dar más relevancia a la relación del periodista con la científica de datos, la verdadera heroína del caso, anticipando su relación en el tiempo para erigirla en protagonista. Para ello obvia hechos como que Haugen buscó el apoyo del bufete de abogados sin ánimo de lucro Wistleblowert Aid (esto existe en EEUU) y de senadores de los partidos demócrata y republicano. La venganza de Facebook podría arruinar su vida.

La denuncia de Haugen se basaba en los estudios internos del impacto de Facebook sobre la salud mental de los adolescentes, en la permisividad de Facebook con la trata de personas y con los cárteles de drogas, en la desinformación sobre las vacunas, en el discurso de odio y promoción de la violencia étnica, en la cesión de información y datos a clientes preferentes, en el espionaje y en la difusión de desinformación.

La película, rodada con la cultura norteamericana se basa más en ese heroísmo individual hasta niveles épicos del lejano oeste, con un toque de infantilismo. Un poco alejado de la seriedad europea. Pero desvela, también, que el sistema norteamericano, con todas sus contradicciones, es capaz de sancionar a una gran empresa, algo mucho más difícil en Europa. La norteamericana es quizás la sociedad más individualista que jamás ha existido. Siempre espera la llegada de un superhéroe salvador mientras está en casa viendo la televisión con unas palomitas.

El momento álgido de la película se produce cuando la “testigo protegida” declara ante el Senado norteamericano para evitar el acoso de la empresa y le pide que legisle para evitar un daño mayor en la sociedad, como hizo con el tabaco, el Teflón y otros problemas de salud pública. Esto acabó con la posibilidad de que Zuckerberg pudiera mentir al Senado sobre su empresa, sobre cómo la polarización política y social está siendo alimentada por las redes llegando, incluso, al asalto al Capitolio. Algunos trabajadores de Facebook no ven ético lo que ocurre, pero sólo una antepone la ética al negocio.

A pesar del escándalo y de la sanción, una ridícula fracción de sus beneficios (como siempre ocurre), Meta ha seguido con la misma política. El rosario de juicios contra Meta no ha parado. Esta misma semana se ha conocido la histórica sanción a Meta de 25.000 millones de dolares por la venta o cesión de información con intereses económicos de 84 millones de usuarios de Facebook para la campaña electoral de Trump, saltándose la ley de protección de datos.

En noviembre de 2025, la CNMC multó a X con 5 millones de euros por emitir publicidad del chiringuito financiero Quantum AI basada en noticias falsas creadas con IA, protagonizadas por personajes públicos. Una estafa doble. ElDiario.es ha denunciado que Telegram también emite la misma publicidad de este chiringuito y de otras criptoestafas. Por supuesto, Facebook, y también Instagram permiten estas estafas que acaban afectando a muchos usuarios crédulos, mientras las enriquece a ellas. Falta total de ética.

En Brasil, el Tribunal Electoral exige a Meta que no potencie las redes sociales del candidato de extrema derecha ni le haga rebajas de precio en los anuncios mientras apaga las del candidato de izquierda.

Danilo Amodei de Anthropic o Bill Gates, de Microsoft han pedido también que se regule el mundo de las tecnológicas porque la Inteligencia Artificial tiene la capacidad de potenciar la adicción y los problemas sociales que ha creado Facebook y demás redes sociales. Con el agravante de que espía personas, empresas y países, potencia el crimen mundial y hasta el control de ejércitos, destruye empleo, concentra la riqueza y el poder y pone en jaque las democracias. Sin embargo, las tecnológicas envían sus emisarios a los gobiernos del mundo para que esto no ocurra, no vaya a ser que ganen un 10 % menos. La codicia nunca hizo progresar a la humanidad y, en este caso, tampoco será diferente.

Todo esto no está desligado de las afecciones de salud, económicas, laborales, sociales y medioambientales que provocan los megacentros de datos y que Aragón (y otros territorios del Estado español) sufrirá con gran intensidad.

Hay que ir a ver la película e ir despertando lentamente de nuestra adicción, de nuestras adicciones; o el precio de la red será muy alto.

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