Metidas en el circo electoral, más circo que nunca, aunque la obra representada por las fuerzas electorales de izquierda apunta más bien a drama, igual hay que darle una vuelta a lo que hay más allá de las urnas. Incluso más allá del fenómeno del movimiento de vivienda, una de las explosiones sociales reivindicativas que surgen periódicamente.
Totalmente cargada de razón y de razones, con participación real, la lucha de la vivienda ha venido a desnudar a la política electoral, que parecía ir por un lado mientras la calle le señala el sendero a recorrer.
No entraremos a valorar los intereses partidistas del propio movimiento de vivienda, que los tiene, sino al meollo en sí de lo que supone el término progresista frente al término transformador (o revolucionario si se prefiere, aunque abrir ese melón queda para otro día) tomando como referente este movimiento y llegando más allá.
Hemos tenido un gobierno progresista, en un sentido digamos amplio del término. Es este un término que vale casi para todo y en el que puede encajar hasta la derecha light que son algunos sectores del PSOE o partidos democristianos.
Otra cosa es lo que está pidiendo la calle en momentos como el que se está dando ahora con la cuestión habitacional: transformación, cambio radical. El progresismo se queda muy corto ante este embate.
Hemos metido otro término en el meollo como es la cuestión habitacional.
Porque tener una vivienda no quiere decir tener cualquier cosa con paredes y techo, que es lo que padecen millones de personas en el Estado ahora mismo. Por eso el formarse un poco políticamente no viene mal.
Sí, lo de leer no está muy de moda y pensar menos, pero parte de los males del panorama actual es la falta de comprensión de lo que significa decir una cosa u otra. Es el recurso al pensamiento estilo redes sociales. Se quieren sintetizar asuntos complejos en frases simplonas. En este sentido la derecha ha aprendido y se sostiene en eslóganes o imágenes más que en propuestas, que esa se las guarda para ponerlas en práctica cuando toca.
Dentro del tema habitacional entraría desde el sinhogarismo y el techo precario a la vida hipotecada tan común entre las asalariadas. O que solo un 15% de las jóvenes puedan independizarse por su precariedad económica asociada al asunto de la vivienda.
Si lanzamos una mirada amplia sobre este asunto lo que se impone es una transformación absoluta, un proceso que no cabe en la etiqueta progresista. Y todavía no estamos hablando de revolución.
Una relectura de parte de la teoría anarquista, desde los clásicos en lo individual como Stirner o lo colectivo como Kropotkin a propuestas más reformistas como la Democracia Inclusiva de Takis Fotopoulos, nos habla de una mirada fundamental del anarquismo: que nadie se quede fuera.
Somos la idea que plantea la transformación total de la realidad social, más allá del constructo de corte político electoralista.
Lo libertario, de hecho, lo antiautoritario es una lucha que siempre ha estado presente. Y en las últimas fases del capitalismo, lo que se ha venido en llamar neoliberalismo, que conecta el liberalismo económico con el pensamiento reaccionario de la extrema derecha, se hace más necesario que nunca.
Hay que transformar, no perdernos en ideas de progreso y ese caminar hacia la transformación necesita primero de unos espacios donde generar esas ideas.
Este fin de semana, por ejemplo, el CSO Kike Mur celebra sus 16 años de existencia okupando.
Es el último eslabón de una larga cadena de centros sociales en nuestra ciudad. De gente que ha recibido palos y ha aguantado, en un rincón de Torrero, contra todas las vicisitudes.
Espacios como este sobrepasan lo electoral, transforman la realidad y la bajan al nivel de las personas. Ese es el camino a seguir y en él nos encontraremos.




