Skándalo en las Ondas: 30 años de una historia que no estaba en internet

Lugar: Zaragoza | La Nave del 15
Fecha: 26/09/2026

El programa nació en 1996 de una conversación entre tres amigos en el Planta Baja y acabó convirtiéndose en una referencia de la música jamaicana en las ondas libres aragonesas. Gonzalo, Mignoni, Iker, Skunk, Paco y Nanote reconstruyen tres décadas de ska, cultura skinhead, antifascismo, militancia, amistad y Radio Topo. El sábado 26 de septiembre celebran el aniversario en La Nave del 15.

19 septiembre, 2026. 07:00
Gonzalo, Mignoni, Iker, Skunk, Paco y Nanote, durante la entrevista por los 30 años de Skándalo en las Ondas en el estudio de Radio Topo | Foto: Diego M. Roig / AraInfo

En este 2026 se cumplen 30 años del nacimiento de Skándalo en las Ondas, el programa de Radio Topo que se ha convertido en una referencia del ska y los ritmos sincopados, no solo en Zaragoza, sino, en gran parte de la comunidad skatalítica estatal. Nacido de una conversación en el antiguo Planta Baja, fue fundado por Iker, Gonzalo —conocido en la escena como As de Oros—, y Mignoni. Más tarde se incorporarían Skunk, Paco y Nanote, manteniéndolo hasta la actualidad. Reconstruimos con los seis una historia de música compartida, militancia y amistad que comenzó en la Zaragoza de los años noventa, y que llega hasta hoy.

El Planta Baja, un lugar de encuentro para la juventud crítica y creativa

El Planta Baja, un viejo y mítico bar de la calle Vasconia de Zaragoza, era uno de esos lugares a los que no hacía falta llegar con una cita. “Si te querían encontrar, te encontraban ahí”, recuerda Mignoni. A las siete de la tarde empezaba a caer la gente y la noche se organizaba sola, sin móviles ni grupos de WhatsApp. Uno bajaba con su gente, se cruzaba con otra y podía acabar recorriendo varios locales con una compañía distinta de la que había imaginado.

Para Iker era “el centro neurálgico de la movida alternativa de izquierda” de Zaragoza. Allí coincidían skins, punks, gente del hardcore, raperos y personas vinculadas a distintos movimientos sociales. No siempre se entendían, pero compartían el mismo espacio. Y eso, en una época sin internet, con cinco canales de televisión y muy poca música fuera de los circuitos comerciales, tenía gran valor. “Había mucha ebullición cultural, muchas ganas de empaparte de cosas”, dice Iker. Una cinta pasaba de mano en mano y el nombre de un grupo desconocido podía descubrir un mundo nuevo de sonidos.

Fue en ese ambiente donde empezó a tomar forma Skándalo en las Ondas. Gonzalo e Iker se habían conocido en el instituto y compartían la sensación de estar descubriendo algo para lo que apenas encontraban referencias. “Estábamos huérfanos de la música que nos gustaba”, recuerda Gonzalo. Escuchaban estilos muy distintos, pero empezaban a sentirse atraídos por “esos ritmos sincopados” que todavía conocían de manera fragmentaria. El hermano de Gonzalo, Termi, pertenecía a una generación anterior, escuchaba aquella música y conocía el mundo de la radio. Su ejemplo traía nuevas ideas: si en Zaragoza faltaba un espacio dedicado al ska, podían intentar crearlo ellos mismos… ¿Por qué no?

Mignoni llegó al Planta Baja cuando Gonzalo e Iker estaban hablando de montar un programa. “Ostras, pues vamos a tirar pa'lante”, dijo. Así de sencillo. No había un proyecto elaborado ni cálculos de audiencia (risas). Tan solo unos jóvenes inquietos con muchas ganas de expresarse y hacer cosas, una música que apenas tenía espacios y un hueco por llenar. Recuerdan que antes ya existía SHARP Aragón, algunas fiestas y audiciones, conciertos sueltos y fanzines como Piss and Loaf. Pero entre aquella primera generación, muy ligada a la insumisión, los centros sociales y el antifascismo, y la suya habían pasado siete u ocho años. “Ahí había un hueco que no ocupó nadie”, dice Gonzalo. Y se metieron ellos.

La escena era tan pequeña que cualquier pequeña cuña servía. “¿Que suena ska? Vamos pa'allí”, dice Mignoni. Iban a ver bandas que apenas metían una trompeta o un ritmo jamaicano y, alguna vez, acababan delante de experimentos tan raros como el heavy ska. No había un catálogo infinito al alcance de la mano: cada disco dependía de ir a alguna tienda, recibir una carta o que te pasaran cualquier cinta grabada.

Iker descubrió la cultura skinhead a través de Mignoni, cuando lo vio por primera vez a principios de los 90. Hasta entonces, la televisión le había enseñado que un skinhead equivalía a un nazi. Aquel contacto deshizo el estereotipo y le permitió aproximarse a una tradición distinta. Después llegaron las casetes que circulaban entre la familia y los amigos, y con ellas un mundo nuevo. Había cintas con bandas como No Sports y The Riffs, otras con The Maytals, 4 Skins o Kortatu, grabaciones mezcladas de grupos de ska y oi! y conversaciones con gente que sabía un poco más. Iker recuerda todavía una que le pasó Gonzalo con voces jamaicanas: Prince Buster, Derrick Morgan, Desmond Dekker, Millie Small, Phyllis Dillon, Susan Cadogan, Jimmy Cliff y, sobre todo, Laurel Aitken. Otra reunía a grupos de la 2 Tone —The Specials, Madness, The Selecter, The Beat y The Bodysnatchers— y una tercera estaba compartida por los madrileños Malarians y los catalanes Dr. Calypso y Skatalá. El conocimiento avanzaba así, de persona en persona, con cada hallazgo unido a la historia de quien lo había compartido.

Fiesta ska en el Planta Baja en diciembre de 1996, pocas semanas después del nacimiento de Skándalo en las Ondas.

La Zaragoza de los 90

Con estos recuerdos sería fácil convertir el Planta Baja en una postal perfecta: bares llenos de vida, comunidades juveniles reconocibles y en concordia, una rica vida social que no dependía de una pantalla. Sin embargo, ellos mismos rompen enseguida esa imagen. “Antes había palos por todos lados”, dice Nanote. Las diferencias también traían recelos, amenazas y peleas. Skunk recuerda que los movimientos sociales no siempre eran lugares amables para quien llegaba sin conocer a nadie. La primera vez que entrabas en un centro social o en un bar de una escena concreta, las miradas te pasaban revista. ¿Y este…?

La presencia de la ultraderecha, y en concreto de grupúsculos neonazis, añadía un peligro mucho más serio. “Zaragoza era una plaza dura”, afirma Mignoni al hablar de los años noventa y comienzos de los dos mil. Había barrios por los que no se podía caminar en solitario con determinadas pintas y trayectos de vuelta a casa que obligaban a cambiar de acera o de ruta. Iker recuerda la tranquilidad que supuso comprar una moto con su primer sueldo: le permitía dejar a Gonzalo en la puerta de su casa y regresar a la suya sin atravesar a pie algunas zonas. Para Skunk, la violencia estaba incorporada a lo cotidiano. Había que estar preparado para correr, defenderse o recibir una agresión. El miedo no era excepcional, sino una posibilidad asumida.

Con los años, observa Paco, las llamadas “tribus urbanas” se han ido diluyendo y la ciudad se ha vuelto más homogénea. Por el camino se perdió aquel circuito que llevaba del Planta Baja al Ifi, del Barrio Latino al Berlín y luego al Beirut. También se perdió parte de la hostilidad. Mignoni piensa en algunos festivales actuales en centros sociales: entra gente muy distinta, nadie le pasa examen y el ambiente es otro.

Iker incorpora otra revisión incómoda. Además de violencia, “había mucho machismo”: ambientes dominados por hombres, testosterona y formas agresivas de relacionarse para las que nadie les había ofrecido demasiadas alternativas. Con el tiempo, reconoce, algunos han hecho un trabajo personal, y el movimiento feminista, afortunadamente, ha obligado a revisar comportamientos que antes se daban por normales. La escena actual tiene carencias, pero es más abierta. La pérdida de los antiguos lugares de encuentro resulta real; también lo es que no todo lo que ocurría en ellos merece ser añorado.

Queremos emitir desde Radio Topo

El camino hacia la radio comenzó en otro escenario de tensión, como era habitual en aquella Zaragoza. Durante una okupación en la calle San Agustín, Radio Topo informaba de lo que sucedía y pedía colaboración. La policía había tomado la calle, varias personas resistían en un tejado y la emisora libre mantenía una programación casi continua. Iker y Gonzalo escucharon el llamamiento y decidieron acercarse. Tenían diecisiete y dieciocho años, llevaban el pelo rapado y vestían bomber. “Nuestro primer contacto con Radio Topo fue que se pensaban que éramos dos nazis”, recuerda Iker.

Gonzalo cuenta la escena entre risas. El barrio estaba tomado por la policía, la radio seguía el desalojo casi minuto a minuto y, en mitad de todo aquello, aparecieron dos chavales rapados: “Buenas. Queremos montar un programa”. No era el mejor momento. Se fueron, volvieron unas semanas después y entonces sí pudieron explicarse. Pero entrar en Radio Topo tampoco era automático. Entonces había muchos programas, incluso lista de espera, y algunos espacios hechos por gente muy joven parece que no habían acabado muy bien.

La cautela tenía sentido porque una frecuencia radiofónica era entonces un recurso escaso. “Emitir era una forma de que los colectivos pudiesen tener comunicación”, explica Mignoni. Antes de las páginas web, las redes sociales y los podcasts, la radio libre permitía anunciar manifestaciones, compartir información y difundir músicas ausentes de los medios comerciales. Ser aceptado suponía entrar en una estructura colectiva que había costado años de trabajo y mucho esfuerzo. Finalmente, Skándalo en las Ondas comenzó a emitir cuando alguno de sus integrantes todavía no había alcanzado la mayoría de edad.

El domingo adquirió desde entonces una rutina propia. Gonzalo esperaba con ilusión el momento de bajar a la emisora después de una semana de instituto o universidad. Cada integrante llevaba lo que había conseguido: un disco, una cinta, una noticia. “A ver qué se trae Edu, qué traigo yo; pásamelo, grábamelo”, recuerda. No sabían si al otro lado había dos oyentes o siete, pero esa incertidumbre no restaba valor al encuentro. Para Mignoni, ir a hacer el programa era también una forma de libertad.

Cartas, casetes y discos que se reproducían durante meses

Construir un programa musical sin acceso inmediato a la música exigía un método que hoy parece casi arqueológico: cartas, apartados de correos, fanzines, viajes y préstamos. Mignoni se carteaba con personas de muchas ciudades del Estado. Las respuestas podían incluir una casete, un vinilo o una noticia que había tardado semanas en llegar. Un fanzine, como El Acratador, informaba de un desalojo ocurrido varios días antes y aquello seguía considerándose actualidad. La ausencia de inmediatez era la normalidad.

La escasez condicionaba el contenido. Había semanas en las que apenas encontraban algo nuevo que contar, y un solo disco podía sostener varias emisiones. Gonzalo recuerda épocas en las que ponían “la cara A y la cara B” y prolongaban el mismo material durante meses. Mignoni menciona una cinta de una banda catalana llamada Geperuts: fueron seleccionando sus canciones una tras otra durante semanas porque era una de las pocas grabaciones de las que disponían. Aquella limitación material, lejos de apagar el entusiasmo, obligaba a escuchar aquellos discos con atención.

“Antes un disco era un acontecimiento”, dice Paco. Cuando llegaba uno nuevo, se escuchaba en grupo, se prestaba, se grababa y se copiaba la portada, arte al que Gonzalo y Skunk le dedicaban mimo. También hacían recopilatorios caseros y grababan canciones directamente de la radio, con el riesgo de que el locutor hablase encima y te fastidiara la canción. Revisaban tiendas con paciencia, como la vieja Discusatix de la calle José Pellicer, y viajaban a otras ciudades casi solo para comprar música. Hasta para hacer camisetas había que moverse. Justo al lado, en el local de Solidaridad Obrera Libertaria (SOL), “llevabas la portada de un disco y pedías que te la imprimieran”, dice Iker.

La propia escucha de Radio Topo exigía perseverancia. Paco buscaba por el dial programas especializados en doo wop, blues y otros estilos que no aparecían en las emisoras generalistas. En algunos barrios, para captar Radio Topo, recuerda Skunk, había que mover el aparato y sostener el cable en una posición concreta. Paco lo compara, entre risas, con intentar sintonizar Radio Pirenaica durante el franquismo. Detrás de aquella señal débil había años de esfuerzo para mejorar la emisión.

Sin embargo, internet le dio la vuelta a todo. Hoy Skándalo en las Ondas puede traer novedades cada semana, anunciar un concierto que acaba de convocarse o escuchar una banda japonesa recién nacida. Gonzalo alucina con lo que manejan Mignoni y Nanote, que son quienes siguen al frente. “Es una gozada poder descubrir, con casi cincuenta años, nuevos grupos”, dice. Skunk ve también la otra cara: ahora está todo ahí, pero cada descubrimiento dura menos. Antes una cinta podía acompañarnos durante meses; hoy la siguiente novedad espera a un clic.

Una de las casetes recopilatorias con las que circulaban y se descubrían nuevos grupos antes de internet.

Una familia hecha de relevos

Sin embargo, la razón para que Skándalo sobreviviera al paso del tiempo, no fue el desarrollo tecnológico, sino el factor humano. La continuidad se sostuvo mediante una cadena de relevos. Iker recuerda que el núcleo inicial lo formaron Gonzalo, Mignoni y él. Después de tres o cuatro años se interesó por otras músicas y experiencias y dejó de acudir con regularidad. Para entonces, otras personas llevaban tiempo acercándose al estudio. Nanote y Skunk entraron en una etapa posterior; más adelante se sumarían nuevos colaboradores.

Nunca hubo un corte seco entre una formación y la siguiente. Mignoni habla de “una familia dentro de Skándalo”; Iker recuerda varios grupos que se fueron encadenando. Cuando uno se cansaba o la vida le llevaba por otro lado, ya había alguien compartiendo programas y con ganas de seguir. Paco llegó desde Rueda Libre, el espacio del colectivo Pedalea. Allí había descubierto que lo suyo era poner música y hablar de lo que pinchaba, sobre todo cuando no aparecía nadie más y podía estar él a sus anchas, circunstancia que aprovechaba para alargar el programa una hora extra.

La pertenencia a la escena no se hacía solamente desde los micros de Skándalo, sino también desde múltiples espacios que la mantenían viva. Paco recuerda una época en la que Gonzalo no hacía el programa, pero organizaba numerosos conciertos con Black and White. Otros tocaban en bandas, pinchaban discos, editaban grabaciones o ayudaban en las entradas. “El programa es una rama”, explica. La escena incluía músicos, DJs, colectivos, público y gente afín. Quien salía temporalmente de la emisión seguía participando en todo lo demás.

Dicen que el secreto de los treinta años no tiene mucho misterio. “Si hemos aguantado tanto es porque nos divertimos”, asegura Mignoni. Nanote lo remata: “Lo importante es que los que estemos nos lo pasemos bien”. Nunca midieron el programa por la audiencia. “Si lo hacemos es porque nos gusta. Si nos escucha uno, pues uno. Si nos escuchan mil, pues mil”, insiste Mignoni. Esa falta de presión ha permitido que cada etapa encuentre su ritmo sin que Skándalo se convierta en una carga.

Antirracistas, antifascistas

Que se diviertan o que sirva como espacio de desconexión no significa que el programa sea neutral (o ambiguo). Nanote separa las cosas: el programa es musical y siempre ha funcionado de una manera bastante informal. Sin embargo, dicen que el hecho de estar en Radio Topo te lleva a ir a asambleas, aceptar decisiones colectivas y sacar adelante tareas comunes. Se aprende política haciéndola, aunque no se transmita ideología.

“Radio Topo es una radio política”, afirma Paco. No porque todas sus emisiones sigan una línea partidista, sino porque su modo de funcionar expresa principios: es asamblearia, antirracista y antisexista. Nanote insiste en que, para él, Skándalo es ante todo “nuestra vía de escape semanal”. Ponen música porque esa música forma parte de sus vidas. Mignoni acepta el matiz, pero recuerda que el programa siempre ha levantado de forma explícita las banderas antifascista y antirracista.

La propia selección musical ya contenía una posición. Iker explica que reivindicaban las raíces antirracistas de la cultura skinhead y rechazaban el supuesto apoliticismo tras el que se escondían posturas reaccionarias. En Zaragoza podían convivir comunistas, anarquistas y personas sin una militancia definida, pero existía una línea compartida frente al fascismo y el racismo. “Todo el mundo tiraba del mismo lado”, resume Mignoni.

Como observa Paco, una posición se reconoce en las canciones elegidas, las convocatorias anunciadas y los comentarios que acompañan la música. También se expresaba en la convivencia con los programas que emitían antes y después, vinculados al anarcopunk —Golpe al estado—, al hardcore —El Zulo— o a otros espacios políticos y culturales. Había bromas y piques, pero se acudía a los conciertos de los demás y se compartía una misma radio.

Carteles de las primeras audiciones ska organizadas por Skándalo en las Ondas en el Bar La Radio, en Zaragoza.

Y treinta años después…

La escena actual es más amplia y diversificada. Cuando Skándalo comenzó, recuerda Iker, Zaragoza apenas tenía bandas de ska. Red Action llegó a ensayar una primera aproximación al género y de aquella prehistoria surgirían después proyectos más sólidos. Con el tiempo aparecieron grupos como Skabeche Riber Band, Rebel Spell, The Magnetophones o Los Dorados. Paco subraya que no solo hay más bandas, sino también mejores formaciones y un público capaz de llenar conciertos que antes habrían reunido a unas pocas decenas de personas.

El crecimiento no fue lineal. Paco recuerda años en los que organizaron actuaciones de algunos de los mejores grupos del Estado y terminaron poniendo dinero de su bolsillo porque apenas acudían treinta o cuarenta personas. En el decimoquinto aniversario, añade Mignoni, la respuesta fue especialmente pobre. Aquellos tropiezos contrastan con el presente: la música se ha extendido más allá del pequeño círculo que dominaba la escena y atrae a personas que nunca se identificarían como skins ni como especialistas en ska.

Esa apertura también se percibe en quién ocupa los escenarios y en el público. Iker recuerda que los primeros conciertos eran espacios casi exclusivamente masculinos: “Muchos tíos con botas y tirantes”, completa Mignoni. Hoy acuden personas con estéticas e identidades más diversas, y bandas como The Testarudes simbolizan una escena en la que las mujeres han ganado una presencia antes excepcional. “Ahora va todo el mundo”, celebra Paco. La estética ya no funciona como una contraseña tan rígida y resulta menos probable que alguien sea observado con desconfianza por su manera de vestir.

Hoy la calle ya no es la de los noventa, pero nadie da el problema por acabado. “Antes corrías el riesgo de que te dieran una paliza al salir por la puerta de casa. Ahora corres el riesgo de que te hagan una ley”, advierte Paco. La ultraderecha tiene hoy más altavoces y ya no siempre lleva una estética fácil de reconocer. A Nanote le preocupa, además, ese discurso que vende las posiciones reaccionarias como si fueran la nueva rebeldía juvenil. Quienes aprendieron a detectar el fascismo por la calle saben que sigue ahí, aunque haya cambiado de ropa.

La escena se mueve ahora por más salas y espacios. Mignoni recuerda que antes estaba concentrada sobre todo en centros sociales y lugares okupados; hoy el ska aparece en circuitos muy diferentes. Paco considera sorprendente que Zaragoza tenga varios grupos del género, algo difícil de imaginar quince o veinte años atrás. Hay más música disponible, más conciertos y más posibilidades de llegar a un público que desconoce las etiquetas.

Lo que no existe es un nuevo Planta Baja. “Ahora nos juntamos en los conciertos”, dice Skunk. Falta un lugar estable al que acudir sin una convocatoria, con la seguridad de que alguien conocido aparecerá. Esa ausencia no depende solo de la transformación de la ciudad. Ellos también han cambiado: rondan los cincuenta años, tienen trabajos, algunos hijos, y todos responsabilidades varias. Ya no pueden recorrer la noche como cuando tenían dieciocho.

La música, en cambio, se ha filtrado en la vida adulta. Skunk cuenta que la pone en las fiestas del colegio de su hijo, aunque otros padres, madres o niños pidan canciones más convencionales. Mignoni recuerda que paseaba a su hija pequeña mientras escuchaban reggae jamaicano. Todos oyen otros estilos, pero los ritmos que descubrieron en la adolescencia siguen ocupando hoy, en la etapa adulta, un lugar propio.

La necesidad de construir una memoria para las nuevas generaciones

¿Qué les dirían hoy a aquellos chavales de 1996? Skunk no duda: “No pases por Las Jarras; vete por la otra calle” (en esa zona sufrió una agresión nazi en aquellos movidos años). Iker se lo toma más en serio. Les pediría que fueran “con un poquito más de tranquilidad”, que no tuvieran tanta prisa por experimentarlo todo de golpe y que fueran conscientes de que la vida da muchas vueltas. Mignoni tira de una película y lo deja en cuatro palabras: “Haz lo que debas”. Tampoco borrarían los errores. Son parte del camino que les ha traído hasta aquí.

“La construcción histórica la tienen que hacer los colectivos”, dice Mignoni. No se puede confiar todo a los archivos oficiales, a un buscador o a una inteligencia artificial. Nanote se refiere a la conversación que llevamos un rato manteniendo y lo dice claro: “Todo esto no está en internet. O sea, hay cosas sueltas, pero tú buscas todo lo que hemos hablado, todo lo que hay en el fanzine que vamos a publicar, y esto no existe”.

Guardar esa memoria no consiste en decir a los que vengan cómo tienen que hacer las cosas. Para Iker debería servirles “para descubrir su propio camino”. Ellos encontraron el suyo con aciertos, errores y bastante prisa. Los siguientes harán lo mismo. Lo que sí deja esta historia es un aprendizaje: si el espacio cultural que buscas no existe, puedes juntarte con las/los tuyos/as e intentar crearlo. Haz lo que debas. Pero hazlo.

Una fiesta para seguir haciendo Skándalo

 

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El trigésimo aniversario se ha organizado de la misma manera que tantas cosas durante estos treinta años: entre mucha gente. La celebración será el sábado, 26 de septiembre, en La Nave del 15, en Zaragoza. A las 17:00 horas arrancará una carajillada con vinilos y, a partir de las 18:00 horas, subirán al escenario Los Dorados, Rudie Bam Bam y The Magnetophones. Después llegará la fiesta con Jailhouse Reggae a los platos y, avanzan, alguna que otra sorpresa. El aforo está limitado a 150 personas, no hay entrada anticipada, y el acceso será mediante un bono de apoyo de 15 euros.

Para celebrar estas tres décadas también han lanzado unas camisetas. Además, pronto estrenarán un logotipo especial diseñado por Txarly Brown y publicarán el fanzine con el que intentan ordenar todo lo vivido. “Hacemos lo que haya que hacer y pa'lante”, resume Gonzalo. Uno diseña, otro organiza, otro echa una mano. La comunidad de la que hablan durante toda la entrevista es precisamente esa: gente concreta que aparece cuando hay algo que hacer.

Nada fue tan idílico como a veces parece al recordarlo, y precisamente por eso merece la pena contarlo. Skándalo nació porque faltaba algo y siguió adelante porque mucha gente lo sostuvo sin convertirlo en una obligación. Treinta años después ya no existe el Planta Baja y una canción nueva no tarda semanas en llegar por correo. Ellos tampoco son los chavales de entonces. Han cambiado sus vidas, la ciudad y hasta la forma de escuchar música. De lo que se comenzó a construir entonces queda una comunidad hecha alrededor de conciertos, militancia, fanzines, bandas, centros sociales, bares y radios libres. Una historia pequeña que apenas aparece en internet y que podría desaparecer si quienes la vivieron no la contaran. Ahí está el legado de Skándalo en las Ondas y de la cultura skinhead zaragozana: demostrar que si te lo propones y tienes ganas puedes crear tus espacios culturales, aunque haya pocos medios. Hacer lo que haya que hacer y pa'lante.

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