Los días 12 y 13 de diciembre se celebrará en Córdoba el XXII Congreso del Partido Comunista de España. Lo que en momentos de estabilidad política puede suponer un ritual más de la cultura secular comunista, en momentos de incertidumbre y descontento no lo es. Al XXII Congreso del PCE se presentan nuevamente dos corrientes en pugna. En el XXI Congreso el resultado fue de 54%-46% y este resultado no dio lugar a un entendimiento entre las partes. El 54% con una exigua mayoría ocupa la totalidad del órgano político, la Comisión Política, y del órgano de gestión cotidiana, el Secretariado.
Esta situación ha dado lugar a una situación interna de desconexión entre dirección y las bases y las organizaciones territoriales —basadas en las CCAA menos el EPK que une a Navarra y Euskadi— en una organización esencialmente federal, al menos desde la Transición. Han sido habituales los choques internos entre las organizaciones territoriales, la mayoría controladas por el 46%, y esos órganos “centrales” copados por la exigua mayoría. Muestra de ello es el artículo publicado por muchos Secretarios Políticos, los máximos responsables de las organizaciones territoriales, en el diario Público.
La situación puede definirse como de bloqueo. Con una dirección controlada por poco más de la mitad de la organización, sustentada en la organización andaluza y en los cargos institucionales, centrada en la defensa del gobierno como única barrera a la ultraderecha frente a otras estructuras del Partido que están en un estado de ánimo de profundo enfado por la ausencia de debate claro y franco sobre la presencia en el Consejo de Ministros, a lo que hay que añadir una profunda sensación de maltrato interno.
Sin embargo esta situación no es ajena a los conflictos de la historia de los Partidos Comunistas. Nunca, o casi nunca, los grandes debates estratégicos y de época se han resuelto guiados por la metodología interna. Porque esta está más bien dirigida a la mayor eficacia y eficiencia en la acción política y no tanto a la solución de conflictos o debates.
Estos años desde el XXI Congreso, y en parte también desde la entrada en el Gobierno allá por diciembre de 2019, han supuesto una erosión del Partido Comunista de España. La ruptura de la mitad de la juventudes del Partido, la UJCE, y su inserción en el MS, y la creación por parte del Secretariado —dándole la espalda a los jóvenes que permanecieron— de una nueva UJCE existiendo hoy dos Juventudes reconocidas por diferentes estructuras del partido son una muestra de ello. Otro es la cada vez menos concurrida Fiesta del PCE, elemento importantísimo en las últimas décadas que mide la potencialidad y estado de salud de la organización. La ausencia de una sede central, y no haber recuperado la presencialidad del máximo órgano del Partido desde la pandemia. O la disminución de la militancia debido en primer lugar por el fallecimiento de la generación histórica del antifranquismo y en segundo por no tener la capacidad de atraer a nuevos militantes.
Todas estas cuestiones son obviadas en los análisis internos presentados al Comité Central en los Informes Políticos. El triunfalismo es el tono dominante. Justificado en la mayor presencia institucional -no en escaños si no en visibilidad pública ya que el Secretario General es el portavoz de Izquierda Unida dentro del grupo Confederal conocido como “Sumar”-. Y en los logros del Gobierno de coalición al que se le adjudica el papel de vanguardia en la lucha contra la ultraderecha. La lucha de clases, la inflación, o la cuestionable política internacional práctica -más allá de las declaraciones- del Gobierno son cuestiones esquivadas para defender el Régimen del 78. Primero la defensa de la democracia liberal parlamentaria, después y siempre supeditada a la primera la mejora de la vida de la gente y como una nota al pie de página o en el final del mitin una leve referencia al Socialismo para buscar, y no siempre encontrar, algo de feedback por parte de la exhausta militancia comunista. En estos hechos se puede comprobar el fuerte peso del eurocomunismo -instaurado por el histórico y expulsado Secretario General Santiago Carrillo- que aún hoy sobrevive en parte del PCE.
No es pues halagüeña la situación del histórico partido. Luchas internas, inexistencia de unas juventudes que ejerzan el papel de escuela de cuadros y otros elementos compartidos por el resto de la izquierda política: desorientación estratégica, incapacidad de influencia en unos espacios de socialización cada vez más individualistas y mercantilizados, retroceso ideológico que se podría resumir en una pérdida generalizada de conciencia de pertenencia a la clase trabajadora, unas muy bajas expectativas de voto y por último una situación internacional en la que pese a que parece que se debilita el imperialismo no se encuentran referentes claros, y los que existen están en claro peligro como Cuba.
A la anterior generación de militantes comunistas se les cayó el muro encima, pero a nosotros se nos ha derrumbado todo el siglo XX sobre las cabezas. Y ojalá se tratará solo de reconstruir el vínculo emocional, que es también simbólico y político al que hemos llamado hilo rojo, con los habitantes del siglo XXI. O hacer comprender a quien hoy espera orgullosamente el final de sus días habiendo destinado los mejores años de su vida a la lucha que sus certezas sobre el estado, la democracia y el estado del bienestar —y la vivienda— están desapareciendo.
Es un momento complicado, y no por estas cuestiones del orden anímico. Es un momento complicado porque no está escrito que la herramienta revolucionaria más antigua de la clase obrera de nuestro país, con respeto de la CNT, sea permanente, duradera ni atemporal. El PCE corre un serio riesgo de desaparición que no será vía disolución o destrucción. Ya está empezado por algunos el camino hacia la inoperancia política. Quieren ponerle la brida a la urna del museo, para que el PCE nunca salga de allí. Que no sea más que un objeto de prestigio, una chapa en el pecho de algunos, un resto arqueológico que justifique el Régimen del 78. Materia muerta, inorgánica. Cada vez que alguien constriñe al PCE en su papel estabilizador de la democracia liberal burguesa esa brida se cierra un poco, y lo hace todavía más si esa apelación la hace el propio Secretario General.
“El PCE hace décadas que no cumple ese papel”, dirán. Y siendo honestos no les faltan argumentos. Pero como cualquier otro artefacto creado por los humanos somos presos de nuestro tiempo. Ni el PCE, ni nadie ha diseñado ni practicado una alternativa revolucionaria en Europa desde el fin del bloque socialista. Nos empeñamos en sobrevivir. Como vosotros. Y nuestras pequeñas victorias, como las vuestras, solo son un momento de aire, de liberación ante una presión constante. El estiramiento de quien en una posición forzada protege de la extinción una pequeña llama con su cuerpo. Nadie ha prendido la pradera, nadie.
O un organismo vivo se adapta al entorno -a su contexto histórico-, es decir muta, o desaparece. Lo ha hecho el Partido en muchas ocasiones. Defendiendo la república y organizando el frente popular tras la política de clase contra clase, pasando del ejército popular a la guerrilla, de la guerrilla a la infiltración en las estructuras franquistas y por último lo hizo hipotecando su presencia pública e institucional para contribuir a construir Izquierda Unida.
Pero hoy no estamos ni en la Europa conmocionada por la Revolución Rusa con consejos de fábrica armándose, no hace falta ni argumentar el porqué. Ni en la Europa de los años 30 —el escenario favorito del progresismo liberal— prestos a organizar frentes populares, porque hoy las fuerzas organizadas del movimiento obrero próximas a tomar el poder no son la razón principal por las cuales hay una oleada reaccionaria. Ni tampoco en los años 80/90 donde la construcción de una herramienta en forma de movimiento político social fue la forma de avanzar —o sobrevivir— porque hoy la democracia española ya está construida; ya ha demostrado la praxis que a través del municipalismo no se transforma radicalmente la vida de la gente. No hay una democracia imperfecta, la “democracia” es esto. No basta con copiar fórmulas anteriores, pues esto solo enmascara la falta de una estrategía, de un plan. Para ser honesto, un comunista honesto, hay que reconocer que hoy nadie sabe qué hacer, y que nuestro papel ahora es poner las bases para poder reconstruir el proyecto comunista.
Es en esta coyuntura en la cual se desarrolla el XXII Congreso del PCE. En la que la tarea para con el resto de fuerzas socialistas y antiimperialistas es demostrar que hay alternativa —una tercera vía entre la ultraderecha y el progresismo liberal que hoy gobierna en España—. Algunos y algunas, quizá ni los más listos, ni abundantes, pero sí los más tenaces —lo cual es una virtud en un mundo dominado por la dictadura de la inmediatez— han decidido luchar en este concreto campo de batalla.
Seguimos creyendo que un mundo diferente es posible. Que no sea barrido por las guerras, la escasez para la mayoría y el odio. Que la vida es algo más que la búsqueda de placer inmediato en el mercado del yo. Que se puede ser coherente y feliz huyendo del nihilismo, del cinismo y del hegemónico pensamiento egocéntrico. No queremos ser ricos, queremos que no haya pobres. Que es posible, porque existen hoy las condiciones para hacerlo, asegurar una vivienda, un trabajo digno, una pensión y un salario digno, educación y sanidad de calidad y universales para todos los habitantes de nuestro país y también del mundo.
Y para ello es necesario el cerebro colectivo que decía el sabio italiano —al que parece que los posmodernos, ya han renunciado—, la organización colectiva que supera al individuo de Neruda, la organización concreta con paredes de cristal de Cunhal o el sacrificio encarnado en nombres y apellidos al que apela Olmo Dalcò. La materialidad de una estructura con caras, contactos, sedes, símbolos y algo de dinero y de prestigio. No una idea abstracta que nos explicaba el exministro Garzón para el centenario de la organización. Ni una reflexión subjetiva realizada en el espacio privatizado de las redes sociales. Las estructuras, los edificios son costosos de construir, relativamente fáciles de destruir y extremadamente sencillo salir de ellos. Algunos y algunas hemos acordado, hemos decidido conscientemente que el mejor camino es la reconstrucción del PCE. Quizá guiados por una responsabilidad histórica, una fuerza —¿será que el hilo rojo es más bien una sirga de acero en tensión?— cuya capacidad transformadora no es desdeñable. Y con la seguridad que la restauración del histórico partido es el camino más adecuado, aunque con total seguridad no el más fácil.
En el XXI Congreso la candidatura encabezada por Alberto Cubero estuvo cerca de arrebatar la mayoría a la actual dirección. Todo un logro ya que todo el aparato organizativo-burocrático del PCE estaba en contra. Si hubieran logrado la mayoría, está no inauguraría un camino de rosas para el Partido. El triunfo de la candidatura alternativa sólo hubiera supuesto la condición sin la cual es imposible la reconstrucción. A pocos meses del XXII Congreso la tesitura es la misma. Se ha hecho pública la candidatura del asturiano Roberto Ruiz, apoyado por las mismas fuerzas que Cubero. Es la continuidad del proyecto alternativo en el PCE.
La candidatura lleva por nombre Hay Partido.





