Recordar es nuestro mandato

21 julio, 2026. 10:20

Zaragoza se levantó con incertidumbre el 18 de julio de 1936, mientras las noticias de que una guarnición en Melilla se había levantado en armas contra la República llegaban a la península.

Dos días antes había sido asesinado en Las Palmas el general zaragozano Amado Balmes, gobernador militar de la isla. Según la investigación del historiador Ángel Viñas fue "el primer asesinato de Franco". La muerte del general le sirvió a Franco para desplazarse a su entierro, coger el Dragon Rapide y trasladarse a Marruecos.

A cientos de kilómetros de allí, en la capital aragonesa, el gobernador civil de Zaragoza por Izquierda Republicana, Ángel Vera Coronel, decidió ser cauto y no repartió armas a las organizaciones obreras y a los militantes de la izquierda. Ángel Vera y algunos dirigentes confiaban en que el general Miguel Cabanellas, jefe de la V División, con pasado republicano y masón, se mantuviera leal a la República y al gobierno. Se equivocaban.

Cuando reaccionaron, ya era tarde. Las fuerzas del orden habían tomado las calles y los puntos estratégicos de la ciudad. Ángel Vera fue detenido y ejecutado un año después cuando le aplicaron la ley de fugas junto a una veintena de presos. La huelga general convocada por los sindicatos, como respuesta al golpe, resultó inútil. E igual de inútil fue el aterrizaje en el aeródromo del Palomar del general Núñez de Prado, enviado para mantener a Cabanellas leal a la República. La tripulación del avión fue detenida y Núñez de Prado fusilado a finales de 1936 en Pamplona.

Con las calles bajo control militar y numerosos derechistas y católicos armados, organizados en grupos como Falange o Acción Ciudadana, patrullando la ciudad, comenzó en Zaragoza una represión brutal que llevaría a la tumba a miles de personas. Solo entre el verano y el otoño de 1936 fueron asesinadas 2.600 personas en la capital aragonesa, el periodo que Julián Casanova bautizó como el "terror caliente", cuando los cadáveres aparecían en carreteras, calles, los descampados de Valdespartera, la Facultad de Medicina o las orillas del Canal Imperial. A partir de 1937, con la tapia del cementerio de Torrero convertida en el lugar oficial de los fusilamientos hasta 1946, la cifra ascendió a 3600 personas. Todavía hoy desconocemos el nombre de 600 de ellas.

Esas 3.600 personas esconden muchas historias detrás. Gumersindo de Estella dejó algunas detalladas en su diario y reflejadas en la obra Fusilados en Zaragoza, 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos. Con algunos ejemplos que "partían de dolor a las piedras". Como cuando robaron a los bebés de Selina Casas y Margarita Navascués antes de fusilarlas o ejecutaron a María Asís Figueras estando embarazada junto a algunos vecinos suyos de Alcañiz.

Otras historias las conocí por mi cuenta, fruto del azar de encontrarme con buenas personas. Como la historia de Eusebio Flordelis Royo, fusilado en Zaragoza el 11 de diciembre de 1936, por pertenecer a un sindicato. Eusebio escondió los documentos que vinculaban a otros miembros de su familia con el sindicato en la mecedora de su casa antes de que los falangistas entraran a registrarla. Su nieta Elena sigue llevando flores al memorial del cementerio de Torrero.

Como la suya, otras familias han mantenido viva la memoria durante generaciones. Es el caso de Eulalio Allueva Mercadal, vecino del barrio de San Pablo, ejecutado el 16 de octubre de 1936. Su mujer, Francisca Goez, estaba embarazada cuando lo fusilaron.

Noventa años después parece que sacar a la luz estos sucesos incomoda a quienes quieren mantener en el olvido los hechos traumáticos de nuestra historia. Hace más de dos años que el Gobierno de Aragón derogó la Ley de Memoria Democrática sin consenso. Por suerte, todavía queda gente que recuerda con cariño y sin complejos con la intención de que todo esto nunca más vuelva a pasar.

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