La historia de la turistificación de Mallorca contada a través de un viejo dromedario

“Treinta mil dromedarios”, el nuevo libro de Patricia Almarcegui, utiliza la historia de tres animales llevados desde Ifni a Mallorca en pleno boom turístico franquista para reflexionar sobre explotación, exotismo, memoria y transformación del territorio.

04 junio, 2026. 07:00
Patricia Almarcegui en la presentación de “Treinta mil dromedarios”, en Cálamo | Foto: Rocío Durán

Mallorca puede ser muchas cosas. Desde que Joseph Planas i Muntanyà pisó las Illes Balears en 1954, ese pedacito de tierra rodeado de Mediterráneo es un hotel blanco con la misma capacidad que los vuelos charter de Gran Bretaña, son carros tirados por burros en medio de la playa y barras de bar que bien podrían haber salido en la película "The party" (1968) y que el régimen franquista tuvo a bien traducir por "El guateque". La isla también son rascacielos, acantilados y protopiscinas infinitas en un cabo. Barbarie y civilización en un kilómetro a la redonda.

Para mí, esas islas son el Ibiza 98 y el Caribe Mix, bailar "Free from desire" con el grupo de animación del hotel y las últimas vacaciones que pasaría con mi padre. La "Aftersun" (2022) a la española en la que tu padre se divorcia al final de la película. Antes de seguir leyendo, para, abre YouTube y busca: "El turista 19999999" de Cristina y Los Stop (1967). Ya tienes la banda sonora y el mood de esta reseña. Nostalgia y horror.

Para Patricia Almarcegui es Mohamed, un dromedario de cincuenta años "lento y sucio" que recorre la isla de Mallorca en 1963. O al menos lo es en su nuevo libro "Treinta mil dromedarios" (2026). Este artefacto que a ratos es ficción, otros, ensayo y otros, crónica parte de una imagen. Una postal tomada en pleno auge turístico de los años sesenta y que concentra en un instante el sueño vacacional de todo guiri de ayer, hoy y, por desgracia, mañana: playa, animales exóticos y bikinis.

Y de esa postal parte todo lo demás, el análisis histórico de ese corrosivo modelo de turismo antes masivo, ahora gentrificado, el exotismo del universo árabe y a la vez, la herencia medievalista de ese franquismo agarrado con uñas y dientes a los símbolos del imperio. Y, sobre todo, el cuento de Mohamed. Le digo cuento, porque es bonito, triste, redondo y con moraleja.

Portada de “Treinta mil dromedarios” | Foto: Rocío Durán

Patricia hace una cosa que me gusta mucho, cogerlo todo, echarlo sobre la mesa y jugar. Lo que tiene base documental lo cuenta con pelos y señales, con sus fuentes y sus protagonistas y cuando ya no hay donde agarrarse vuela, como vuela Mohamed en algún momento, imagina y propone una nueva narrativa hasta ahora no contada.

Mohamed, y los otros dos dromedarios que viajaron desde Ifni a Mallorca para deleitar a los turistas, fueron un éxito, A.K.A explotados hasta la muerte. Pero nadie nunca jamás tuvo la consideración de contar su historia. Este es el gran ejercicio que hace Patricia y, para mí, lo mejor del libro.

Leer este libro de bolsillo invita a muchas cosas. En mi caso, lo primero que hice fue cotillear la página web de la Fundación Casa Planas y contemplar cómo se construyó un imperio robándole a una isla los recursos que tenía y cuando ya no quedaba nada más, robarle a las otras otredades, pero seguir vendiendo. Misoginia, exotismo, explotación animal, y mucho mucho racismo Y aún así, aún sabiendo todo esto, desear que alguna de esas postalitas alegres y despreocupadas hubiera llegado hasta mí con esos colores saturados, rojos, azules y amarillos Bauhaus, el PVC, el hormigón blanco y esas líneas geométricas, y toda esa gente feliz y las payesas también.

En los noventa, los hoteles tenían unas maquinitas que te hacían una foto y luego te colocaban en una composición de playas, chumberas, acantilados y hoteles blancos. Encima de toda esa lasaña de tópicos con letras tropicales ponía: Islas Baleares. Y ahora después de leer a Patricia Almarcegui pienso en si habrá alguien dentro de 20 años que escriba sobre qué pasó para que unas islas pasaran de ser árabes a ser caribeñas sin moverse de su sitio.

El librito de Patricia Almarcegui es una reflexión, pero también un viaje, es coger una postal y sumergirse en ella. Las gafas de realidad virtual más baratas que vas a encontrar en el mercado.

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