Durante algunos años pareció que el ideal de delgadez extrema había retrocedido. El auge del discurso body positive, la aparición de modelos corporales diversos y una mayor conversación pública sobre salud mental daban la sensación de que ciertos mandatos estéticos estaban siendo cuestionados. Grandes marcas comenzaron a incorporar cuerpos considerados "no normativos" en sus campañas, influencers hablaban de aceptación corporal y parecía abrirse un pequeño espacio para imaginar una relación menos violenta con el cuerpo.
Sin embargo, esa aparente transformación convivía con una contradicción profunda. Aunque el discurso de la diversidad corporal se volvió visible, el modelo hegemónico de belleza nunca desapareció realmente. El cuerpo extremadamente delgado continuó ocupando el centro de la cultura visual, especialmente en las industrias del lujo, la moda, el cine y las celebridades.
Durante un tiempo, el capitalismo absorbió parcialmente las críticas feministas y transformó el body positive en un producto consumible. La aceptación corporal se convirtió en estética, marketing y contenido viral. Muchas veces el mensaje dejó de ser una crítica estructural a la violencia corporal para convertirse simplemente en una nueva forma de consumo identitario.
Por eso la actual "vuelta" de la delgadez extrema no debería entenderse como un cambio radical, sino como la caída de una máscara momentánea. El modelo anorexizante nunca dejó de organizar silenciosamente los imaginarios de éxito, deseo y prestigio. Lo que ocurre ahora es que vuelve a mostrarse de forma más explícita y agresiva.
El cuerpo intervenido como mandato
Las transformaciones recientes en las celebridades son sintomáticas. En pocos años, numerosos cuerpos famosos comenzaron a afinarse de manera drástica mientras crecían simultáneamente los rumores y el consumo de Ozempic y otros agonistas. La extrema delgadez volvió a instalarse como signo aspiracional en redes sociales y medios de comunicación. El cuerpo reducido reaparece otra vez como símbolo de control, sofisticación y éxito.
Pero este fenómeno no puede separarse de una transformación más amplia del capitalismo contemporáneo: la normalización de la intervención permanente sobre el cuerpo.
El auge del bótox, los rellenos faciales y las cirugías estéticas de bajo coste forman parte de la misma lógica cultural. Procedimientos que hace apenas dos décadas estaban asociados a élites económicas hoy son promocionados masivamente mediante descuentos, financiación, influencers y campañas digitales.
La proliferación de clínicas low cost y tratamientos estéticos accesibles genera además una sensación permanente de insuficiencia. El problema ya no es solamente alcanzar un ideal corporal imposible, sino sentir que cualquier parte del cuerpo puede y debe corregirse. Arrugas, grasa, labios, nariz, mandíbula, abdomen, pecho o piel aparecen constantemente como "defectos reparables".
Susan Bordo explicaba que la cultura contemporánea produce sujetos obsesionados con la disciplina corporal porque el cuerpo funciona como superficie visible de control social. Hoy esa disciplina ya no se expresa únicamente mediante dietas extremas, sino también mediante una presión constante hacia la modificación estética. El cuerpo deja de ser algo vivido para convertirse en un proyecto interminable de mejora.
En este contexto, el ideal de belleza se vuelve paradójico.
Por un lado, se nos exige naturalidad, autenticidad y autocuidado. Por otro, la imagen dominante está profundamente intervenida por cirugía, filtros, rellenos, medicamentos y tratamientos estéticos. Las redes sociales intensifican todavía más esta contradicción.
Las niñeces y adolescencias están creciendo dentro de ecosistemas digitales donde el cuerpo ya no es simplemente vivido: es exhibido, comparado, cuantificado y optimizado. Plataformas como TikTok o Instagram funcionan mediante algoritmos que premian aquello que genera más interacción, y los contenidos relacionados con transformación corporal, dietas y vigilancia alimentaria suelen producir enormes niveles de atención. El resultado es una circulación constante de imágenes extremadamente delgadas y rostros hiperintervenidos que terminan funcionando como modelos aspiracionales.
El problema no se limita al contenido explícitamente relacionado con trastornos alimentarios. De hecho, gran parte de la violencia actual se presenta bajo discursos aparentemente saludables. La cultura del wellness ha reciclado antiguas lógicas anorexizantes y las ha envuelto en el lenguaje de la optimización personal. Ya no se habla solamente de adelgazar, sino de "mejorarse", "cuidarse", "ser la mejor versión de una misma" o alcanzar la "longevidad". Byung‑Chul Han describía este fenómeno como una forma de autoexplotación donde el sujeto aprende a gestionarse y controlarse voluntariamente .
Esta lógica tiene consecuencias especialmente graves sobre las generaciones más jóvenes. Muchas niñas y adolescentes entran en contacto con prácticas de restricción alimentaria a través de vídeos aparentemente inocentes sobre rutinas, ejercicio o alimentación saludable. La exposición repetida a cuerpos extremadamente delgados y a discursos constantes sobre control corporal construye la idea de que el cuerpo aceptable es el cuerpo reducido.
Las redes sociales intensifican además un fenómeno de contagio emocional y estético. Investigaciones recientes sobre comunidades digitales vinculadas a la imagen corporal muestran cómo la repetición constante de determinados ideales físicos termina normalizando conductas de vigilancia obsesiva y culpa alimentaria ("Feelings about Bodies"; "The Distressing Ads That Persist"). La lógica algorítmica no distingue entre inspiración y daño. Una adolescente que comienza viendo contenido sobre alimentación saludable puede terminar atrapada en una espiral de contenido cada vez más extremo.
También existe un componente profundamente generacional en esta violencia. Muchas personas adultas crecieron bajo el terror estético de los años noventa y principios de los 2000, cuando la extrema delgadez era presentada como requisito casi obligatorio de feminidad y éxito social. La cultura contemporánea no abandonó realmente esos imaginarios; simplemente los recicló bajo formas aparentemente más amables. Hoy vemos regresar exactamente las mismas dinámicas, pero potenciadas por algoritmos, vigilancia permanente y tecnologías corporales mucho más invasivas.
Capitalismo, disciplina y mercado del cuerpo
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) no pueden comprenderse únicamente desde el plano psicológico. Existe una dimensión profundamente material y política detrás de estas violencias. El capitalismo contemporáneo no solo explota fuerza de trabajo, también produce subjetividades. Necesita individuos competitivos, disciplinados y permanentemente insatisfechos consigo mismos.
Aquí resulta fundamental el concepto de reproducción social desarrollado por autoras marxistas feministas como Silvia Federici y Nancy Fraser. Federici mostró cómo el capitalismo necesita controlar los cuerpos para garantizar la reproducción de la vida y del trabajo. Fraser, por su parte, explica que el neoliberalismo destruye progresivamente las condiciones colectivas de cuidado mientras responsabiliza a los individuos de gestionar solos su bienestar y supervivencia.
En ese contexto, el cuerpo se convierte en un proyecto productivo permanente. La alimentación deja de ser un espacio de placer, cultura o encuentro comunitario y pasa a organizarse mediante cálculo, culpa y control. El capitalismo transforma cada inseguridad corporal en mercado.
La expansión de Ozempic representa uno de los ejemplos más claros de esta transformación. El sufrimiento colectivo relacionado con la imagen corporal se convierte en una mercancía farmacológica. En lugar de cuestionar por qué tantas personas odian sus cuerpos o por qué las niñas aprenden desde pequeñas a desaparecer, el sistema ofrece una solución individual y química.
Mark Fisher señalaba que el capitalismo contemporáneo privatiza el sufrimiento mientras oculta sus causas estructurales (Mark Fisher). Esto ocurre también con los TCA. La ansiedad corporal aparece como un problema individual cuando en realidad está profundamente conectada con la precariedad, la competencia permanente, el aislamiento social y la violencia estética.
La delgadez funciona además como marcador de clase. Mantener determinados cuerpos requiere tiempo, dinero y acceso a recursos específicos. Pero el capitalismo ha desarrollado una segunda operación: abaratar ciertas tecnologías corporales para expandir todavía más el mercado de la inseguridad.
La existencia de clínicas estéticas low cost, tratamientos financiados en cuotas y medicamentos convertidos en fenómenos aspiracionales produce la sensación de que cualquier persona debería poder acercarse al ideal corporal dominante. Y si no lo logra, el fracaso vuelve a interpretarse como responsabilidad individual.
La cultura wellness transforma privilegio material en virtud moral. Los cuerpos delgados aparecen como disciplinados y exitosos, mientras que los cuerpos pobres continúan siendo patologizados y culpabilizados. La precariedad alimentaria, el agotamiento laboral y la desigualdad desaparecen del análisis.
Los TCA representan síntomas políticos de una sociedad que convierte el cuerpo en espacio de disciplina, rentabilidad y acumulación.
Frente a esto, la respuesta no puede limitarse a discursos individuales de autoestima. Necesitamos recuperar una mirada comunitaria sobre la alimentación, el placer, el descanso y el cuerpo. Hablar de TCA implica hablar también de capitalismo, tecnología, género, clase y medicalización.
Construyamos espacios donde el cuerpo no sea un proyecto infinito de rendimiento.





