¿Y ahora mi hija dónde va?

12 septiembre, 2025. 07:30

Soy la mamá de Gaby, una adolescente de 16 años que ha encontrado en el PIEE de su instituto un refugio imprescindible. Allí, en ese espacio que para muchas personas puede parecer solo una actividad extraescolar más, mi hija encuentra confianza, acompañamiento, seguridad y una forma distinta de vivir la adolescencia: lejos de las presiones del consumo y del “ven, paga y vete” que parece ser el modelo de ciudad al que nos quieren arrastrar.

Ese refugio tiene nombre propio: Paz, la trabajadora del PIEE que, con un esfuerzo enorme y yendo mucho más allá de lo que dicen sus funciones, acompaña a mi hija y a tantos otros chicos y chicas en una etapa de la vida donde tener referentes, escucha y apoyo lo cambia todo. No exagero si digo que mi hija se siente en el PIEE más comprendida, más libre y más segura que en la mayoría de espacios que esta ciudad ofrece a la juventud. Y precisamente por eso me duele ver cómo se maltrata a Paz y a tantas otras profesionales: salarios congelados desde hace más de una década, contratos inestables, veranos en el paro y ahora recortes que ponen en riesgo su trabajo. ¿Cómo vamos a cuidar de la juventud si no cuidamos primero a quienes están ahí, sosteniéndola día tras día?

Por eso me da muchísima rabia e impotencia el desmantelamiento de las Zonas Jóvenes en Zaragoza. Primero fueron los cierres: Oliver, Miralbueno, Casablanca, Valdefierro, Parque Goya, Arrabal, La Jota, Santa Isabel… Y ahora, los recortes: menos personal, menos presupuesto, menos actividades. La propia Paz nos lo contaba en una carta enviada a las familias: reducción del 25% en institutos, del 33% en centros integrados, salarios congelados desde 2008, obligadas a ir al paro en verano. Así se maltrata a quienes cuidan de nuestras hijas e hijos.

Se nos llena la boca hablando de salud mental juvenil, organizamos campañas y mesas redondas, pero después cerramos precisamente los lugares donde más se cuida esa salud mental. Porque no se trata solo de actividades o talleres, sino de espacios socioeducativos donde la juventud puede aprender a convivir, compartir, escucharse y crecer en comunidad. Zonas donde se promueven valores de igualdad, empatía y espíritu crítico. ¿De verdad creemos que todo esto se sustituye con un centro comercial o con un macrocentro de ocio al que muchos ni siquiera podrán llegar?

Mi preocupación no es solo por mi hija, es por toda una generación que está viendo cómo se les recortan servicios públicos básicos que no son un lujo, sino una necesidad. La adolescencia es un momento frágil, y estos recursos son la red que muchas veces sostiene lo invisible: el bienestar, la autoestima, la confianza.

También me preocupa el cuidado de quienes cuidan. No podemos hablar de acompañamiento a la juventud si dejamos a sus trabajadoras en condiciones precarias, con contratos inestables, sueldos que llevan 17 años sin subir, y la incertidumbre de si el mes que viene podrán seguir trabajando. Si no cuidamos a quienes sostienen estos espacios, acabaremos rompiendo el vínculo más valioso: ese que hace que nuestras hijas e hijos confíen, se sientan escuchados y encuentren un lugar donde ser ellas mismas.

Por todo esto alzo la voz, como madre y como ciudadana. Porque defender las Zonas Jóvenes es defender la salud mental de la juventud, la dignidad laboral de quienes les acompañan y la importancia de unos servicios públicos que nos pertenecen a todas y todos.

Yo quiero que mi hija, Gaby, siga encontrando refugio en Paz. Y quiero que muchos otros jóvenes encuentren en sus barrios esos mismos espacios de confianza. No podemos permitir que nos arrebaten lo que tanto ha costado construir.

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