Incendios, cambios climáticos y territorios (I)

Presentamos la primera parte de una estudio realizado por Carlos Tundidor sobre la incidencia y evolución de los incendios forestales en el Estado español desde 1960 a 2025. Según este trabajo la superficie quemada en este periodo de tiempo equivale al tamaño conjunto de Aragón, Catalunya y Rioja.

08 septiembre, 2025. 06:00
Bomberos forestales intervienen en un incendio. | Foto: MITECO

El día en que los representados, cuando nos preguntemos si nos merecemos los representantes actuales y la contestación sea, rotunda, que sí, ese día habrá muerto el futuro para nuestros hijos. Confiemos en el milagro laico de la patada.

1. Introducción

Como todos los años, nuestros eximios dirigentes volverán con el sambenito y aguardarán al “año que viene, si dios quiere”. Siempre, al año que viene, y al otro, y al otro…, para organizar, entonces, lo que saben −sabemos− de sobra hoy y de cara al medio ambiente de este país que, como otros, se nos va por las alcantarillas de la estupidez.

Como todos los años, los presidentes de las comunidades autonómicas esperarán al espíritu de turno, santo o impío, para que los libre de los grandes incendios, no por el aprovechamiento en su gestión sino por su habilidad en este juego de la ruleta rusa. Con suerte, oirá el clic en esa especie de lotería con su propia inutilidad.

Algunos presidentes y presidentas, mayoritariamente los peperos, mirarán desde sus doradas vacaciones en Miami, en Cádiz o en paradero desconocido, copiando a Mazón, arder, o no, las Médulas de sus comunidades. Volverán a ellas con desgana y apetito redoblado en el momento que decidan dejar de tomar el pelo a sus ciudadanos.

Les es difícil entender que, en su sueldo −ocho mil euros al mes de media−, debería entrar la posibilidad de quedarse sin vacaciones de lujo, sin comer en mesa de mantel, solo con el bocata en mano en momentos claves, por aquello de la mujer del César. Sabemos que, aunque tomen una pala en las manos, sus posibilidades de ayuda apagando fuegos son menores que sentarse a la izquierda, o derecha, de su dios particular; pero, han de hacerlo porque entra en su abultado salario.

También, a las personas de a pie nos es complicado, al parecer, entender que, a ese tipo de patricios (por llamarlos a lo fino), deberíamos darles una patada, suave y tajante, en la mitad de sus glúteos para indicarles el camino, por ejemplo, del ordeño de cardelinas. Dicho sea, para terror de estos simpáticos pajarillos.

Este año, como el pasado y el que vendrá, seguirán los incendios convirtiendo el país en una calva negra y humeante. Galicia, Castilla-León, Extremadura, Madrid, Andalucía… serán jugadores fijos discontinuos en el sorteo; Aragón, La Mancha, Murcia, País Valencià, Cantabria, Canarias, Balears, quizás “jueguen” −todavía hay tiempo− este año o lo dejen para el siguiente… o el otro. No hay problema, mientras existan incompetentes y la ineptitud, ineficacia o necedad reinen en los palacios presidenciales, lo seguro es que sesenta, cien mil, doscientas cincuenta mil hectáreas de bosque, de vida, de futuro, de sostenibilidad, serán cenizas cada año, todos los años.

Y, sin embargo, ¡cuidado que es sencillo poner los medios para reducir tragedias! Tan solo consiste en seguir las consejas de la gente con sentido común, de a pie y de a caballo. Habitantes de lo rural, técnicos, medioambientalistas, científicos, urbanitas, cualquiera que tenga el sentido común como guía. El día en que a la pregunta de si nos merecemos estos dirigentes, nos contestemos que sí, y lo hagamos rotundos, sin posibilidad de cambio, ese día tendremos muerto el futuro. Confiemos en el milagro laico de la patada.

2. Secuencia

Hagamos un poco de historia en este drama anual y confirmemos el sentido común necesario con los datos, incontestables, que sirven para que aquellos personajes que se creen patricios, y que no son otra cosa, la mayoría de las veces, que zánganos en la colmena global, tengan que contestar con necedades, muy en su línea.

Por resumir, demos datos de hectáreas quemadas en España, desde 1960, por décadas*.

Período 1961-1970: 531.000 hectáreas quemadas.

Período 1971-1980: 1.581.000 hectáreas quemadas. Son los primeros años del “Algo suyo se quema, señor conde”. El año 1978 tuvo el peor registro con 425.000 hectáreas quemadas.

Período 1981-1990: 2.356.000 hectáreas quemadas. El año 1985, cuando se creía que nada podría aventajar, en estas llamaradas, a 1978, cayó un nuevo récord: 485.000 hectáreas menos.

Período 1991-2000: 1.594.000 hectáreas quemadas. En esta década, el año 1994 fue el de peor registro: número dos en el top-ten con 438.000 hectáreas.

Período 2001-2010: 1.137.000 hectáreas quemadas. El año 2005 fue el más negativo en estas cuestiones con 189.000 hectáreas negras y fuera de uso.

Período 2011-2020: 962.000 hectáreas quemadas. Bajamos del millón por década, pero en el 2012, techo de la década, tuvimos que prescindir de 219.000 hectáreas.

Período 2021-2024: 380.000 hectáreas quemadas con la desagradable cifra de 227.500 solo en el año de 2022.

Por lo que respecta a 2025, a la fecha y según un último recuento estimado por Copernicus, la cifra de hectáreas quemadas sobrecoge: 375.000 hectáreas. Así que se puede aventurar que, este año, batirá récords y sobrepasaremos, holgadamente, 400.000 Ha. Una superficie de 4.000 kilómetros cuadrados, bastante mayor que la superficie total de la isla de Mallorca o la provincia de Araba.

Para poner esta dolorosa realidad en una sola cifra, en los últimos 65 años, más o menos el tiempo que un bosque, una foresta, necesita para ser mayor, para “madurar”, hemos quemado, sea para plantar, luego, estúpidos eucaliptos foráneos que solo dan dividendos a las papeleras, sea para convertir las calvas en terreno abonado para núcleos residenciales y dividendos para los buitres del ladrillo, sea por torpezas, negligencias, impericias, ineptitudes o brindis al sol, la cifra de 8.950.000 (incluyendo la previsión para 2025) hectáreas quemadas.

¿Cuánto es eso, traducido en algo que podemos entender? Imaginemos la comunidad entera de Castilla-León desaparecida por los incendios, quemada, negra, sin vida. O Aragón, Catalunya y Rioja desaparecidas. Casi una quinta parte del Estado español extinguido por el fuego. Peor, la superficie forestal existente a nivel estatal es de 22 millones de hectáreas, el resto, hasta los 50 millones, aproximadamente, es terreno para sembrados, pastos, edificaciones, pueblos y ciudades. Una buena parte de esas hectáreas quemadas lo son de superficie forestal, así que, en este ciclo, cerca de una cuarta parte de todo nuestro patrimonio forestal ha sido quemado. Y lo peor, una buena parte de esta superficie podría haber sido salvada solo con la aptitud, eficacia y falta de estupidez contagiada de nuestros dirigentes.

Si convertimos estos millones de hectáreas quemadas en una realidad de bosque, de masa forestal ecológica de vital importancia para el futuro como país, para el futuro climático, y excluimos al completo las hectáreas quemadas de pastos, de cultivos, de zonas que no se pueden calificar de masa forestal (bosques, foresta, monte bajo, matorral), unos 45.000 kilómetros cuadrados, 4,5 millones de hectáreas, corresponden al mayor bien ecológico de que disponemos −masa forestal− sobre un total que no excede de 200.000 a 220.000 kilómetros cuadrados. Es decir, un 22% de nuestra masa forestal densa ha desaparecido en este período por el fuego.

Solo por recordar, algunos grandes incendios en años relativamente recientes: Sierra de la Culebra, dos incendios en Zamora en 2022: 54.000 hectáreas de bosque; Cortes de Pallás, en País Valencià en 2012: 30.000 hectáreas de monte bajo y foresta; Navalacruz, en Ávila en 2021: 22.000 hectáreas de foresta y monte bajo; Moratalla, en Murcia en 1994: 27.000 hectáreas de foresta; Andilla, en el País Valencià en 2012: 20.000 hectáreas de alto valor ecológico; San Martín de Boniches, en Cuenca en 1994: 18.000 hectáreas de bosque mediterráneo; Bejís, en País Valencià en 2022: 17.000 hectáreas de foresta y monte bajo; Los Realejos, en Tenerife en 2007: 16.000 hectáreas de masa forestal; Tejada, en Gran Canaria en 2007, 15.000 hectáreas de masa forestal; Riba de Saelices, en Guadalajara en 2005: 11.000 hectáreas bosque del Parque Natural del Alto Tajo; Parque Natural del Moncayo, en Aragón en 2022, 8.000 hectáreas de bosque y alto valor ecológico; Molezuelas, en León y Zamora en agosto de 2025: más de 40.000 hectáreas; o los incendios en Ourense, en agosto de 2025: 55.000 hectáreas.

El número total de incendios de más de una hectárea (10.000 metro cuadrado) en el ciclo 1960-2024 ha sido de 687.415. Una media de 10.740 incendios por año. De estos, el total de “grandes incendios” (mayores de 500 hectáreas) ha sido, hasta 2024, de 2.152, una media 40 por año.

Hay que precisar que la mano humana, en todas sus facetas y maneras, es la causante de la inmensa mayoría de los incendios. Concretamente, un 40% corresponden a negligencias, un 32% a los intencionados, un porcentaje que no baja del 10% a lo que podemos considerar como accidentes, un 15% a causas desconocidas que no excluyen las humanas y, tan solo, un 3% a motivos naturales.

Estas son las estremecedoras cifras que nos deberían hacer reflexionar cuando se nos dice de incrementar hasta extremos bárbaros la cuenta para armamento y no para salvar nuestra parte alícuota del planeta. La que vivimos, la que deberemos dejar a nuestra descendencia. También, para cuando pensemos en dar esas patadas en los glúteos de los más impresentables.

* Elaboración propia a partir de datos del INE y otras fuentes.


Consulta aquí las tres entregas de este trabajo.

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