A todos, los que marchan por las calles y detienen las máquinas y talleres. A todos, deseosos de llegar a nuestra fiesta, con las espaldas cargadas de trabajo. Vladimir Maiakovski, Mi primero de mayo, 1918.
El hilo rojo que nos une
Escribir estas líneas me genera una mezcolanza enorme de emociones. Por un lado, siempre es bonito poder dedicar unas líneas a uno de los días que mayor carga emotiva tiene para mí, pero por otro lado el desasosiego que me recorre durante los últimos tiempos a veces me eclipsa y hace que me cueste imaginar un artículo como este en el que no se vislumbre cierta tristeza. El Primero de Mayo para mí siempre ha sido una fecha especial, aquel que, en recuerdo a los huelguistas de Haymarket, reivindica el carácter internacional y revolucionario que tiene la clase trabajadora y, no por repetido, es algo menos importante.

Esta fecha, instaurada por el Congreso Fundacional de la II Internacional en París en 1889 como Día Internacional del Trabajador, ha sido desde entonces una fecha marcada en el calendario de las fábricas. Ha sobrevivido a dictaduras, guerras e intentos de cooptación como un anhelo de liberación y de justicia. Sin ir más lejos, en plena dictadura franquista, el 30 de abril consiguió pervivir a los porrazos y las torturas como una jornada de lucha, declarando abiertamente la guerra al régimen.
La celebración del Primero de Mayo nos ha dejado anécdotas duras pero con moralejas emotivas ya que es en esos momentos duros donde se templa la conciencia de toda una clase. En la primavera de 1968 se vinieron sucediendo una serie de asambleas clandestinas por parte de las recién creadas Comisiones Obreras en la ciudad de Zaragoza. Una de estas asambleas especialmente masiva se realizó el 7 de abril en las graveras de los montes de Torrero y acogió a cerca de un millar de personas que debatía sobre cómo podían llevar a cabo una jornada del Primero de Mayo que resonara y que demostrara al régimen fascista que tenía a los trabajadores en la trinchera contraria y que no iban a dudar en plantar batalla con aquello que tuvieran.
Esta concentración fue interceptada por la Brigada Político Social, que se encontró totalmente desbordada a la hora de reprimirla y que trajo incluso un minibus para llenarlo de detenidos. Ante la incapacidad de detener a la totalidad de los asistentes, los grises fueron directos a detener a los principales cabecillas de las Comisiones Obreras como era entre otros Manuel Gil, que se tuvo que tragar el papel en el que llevaba impresos sus apuntes, y Fidel Ibáñez, el cual fue torturado tan duramente que le reventaron ambos tímpanos y se quedó con secuelas de por vida. En total fueron 13 los que acabaron pasando de las dependencias policiales a la cárcel de Torrero y, automáticamente, se pusieron en marcha todos los mecanismos de solidaridad.
El objetivo del régimen era que estos cabecillas no estuvieran en la calle para celebrar el Primero de Mayo así que fue la calle la que decidió entrar a la cárcel. Se realizaron infinitas colectas, se elaboraron comidas y se prepararon cestas con millares de personas aportando desde las fábricas y los barrios. Incluso se introdujo una paella elaborada en la recientemente cerrada Casa Emilio, regentada por Emilio Lacambra, militante clandestino del PCE.
A mí me gusta pensar que esa tierna solidaridad no se ha perdido, que detrás de un tiempo lleno de individualismo y fragmentación, de un discurso cargado de posibilismo y de mal menor, sigue habiendo un resquicio para la esperanza de que es el pueblo quien ha de salvar al pueblo. Esa consigna, tan repetida y tan arrojada desde la tragedia de la DANA, tiene una carga política en total consonancia con una fecha como la del 1 de mayo y es que si el pueblo quiere realmente alcanzar la liberación solo puede confiar en sus propias fuerzas, empuñar sus propias herramientas.
Siempre ha sido, en los trances más duros, donde se ha visto que es la clase obrera luchando hombro con hombro la única que ha garantizado su propio futuro.
Cuidarse del pabellón ajeno
La lucha por los mercados y por el saqueo de países ajenos, el afán de reprimir el movimiento revolucionario del proletariado y de la democracia en el orden interno, y el afán de engañar, dividir y aniquilar a los proletarios de todos los países, lanzando a los esclavos asalariados de una nación contra los esclavos asalariados de otra, en beneficio de la burguesía: ese es el único contenido real y significación de la guerra. VI. Lenin, Las tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914
Este fragmento redactado por Lenin en los albores de la Primera Guerra Mundial sigue teniendo una rabiosa actualidad en un contexto como el actual en el que las distintas potencias están haciendo resonar los tambores de un nuevo conflicto bélico.
En un tiempo en el que parece que las verdades no abundan y la relatividad se apodera hay algunas certezas que, en tanto que no ha cambiado el problema causante, sigue siendo necesario recordar y una de ellas es que nada tiene que ganar la clase obrera en un conflicto entre potencias. No ha habido gurú de la geopolítica, entendiendo con ese nombre al análisis de las pugnas entre potencias imperialistas como si fuera un tablero del Risk y no llevara cada movimiento al abismo a millones de personas inocentes, que no haya hecho sus cábalas particulares sobre el contexto internacional en el que está sumida nuestra clase y bajo qué pabellón debería posicionarse, ya sea el de su estado propio o el del estado de enfrente. En esas diatribas, igual que hace 110 años, han caído gran parte de las organizaciones de la clase obrera a nivel internacional.
Hace dos meses veíamos como el partido socialdemócrata alemán Die Linke votaba a favor de los créditos de guerra y esta semana Pedro Sánchez ha anunciado un plan de inversión millonario de más de 10.000 millones de euros para que el gasto militar alcance el 2% del PIB.
Por otro lado, tanto en occidente como en oriente la guerra comercial no deja de ser un anticipo de un posible conflicto a gran escala. La pugna por el control de los mercados entre las dos principales potencias capitalistas del mundo actual, Estados Unidos y China, con una Unión Europea titubeante ante las posibles consecuencias en su propio suelo con la Guerra de Ucrania a sus puertas, marcan el contexto de un Primero de Mayo muy difícil para quienes creemos firmemente en el carácter internacional que tiene la clase obrera y, por ende, también este día.

Es en estos momentos de crisis en el que las soluciones nacionales y cortoplacistas abundan y no es casualidad. Pero lo único claro es que si se ha de librar una guerra van a ser los obreros los que van a pagar las consecuencias directas de este conflicto. Hoy, como hace 110 años, la clase trabajadora ante la guerra únicamente debería tener una posición de rechazo rotundo y absoluto. Es necesario hoy articular una oposición firme primeramente al papel de nuestros propios estados y sus alianzas militares en este callejón sin salida al que nos llevan, señalando claramente a los responsables de esta escalada.
Mirada larga, a donde queremos ir
El reajuste violento de los mercados, la exigencia de cuotas de compra por parte de las potencias más poderosas y las amenazas bélicas, como ha demostrado el gobierno de Trump, demuestra que el capitalismo como modo de producción está completamente agotado y moribundo. Este Primero de Mayo se celebra en un contexto de carestía económica, con el 26% de la población española en riesgo de pobreza y una inflación desorbitada, especialmente en elementos básicos como es la vivienda. El sistema que se sustenta con el sudor de nuestra frente no da para más y nos exige apretarnos el cinturón para poder seguir chupando nuestra sangre pero sigo teniendo esperanza.
Sigo teniendo esperanza porque en los ojos de mis alumnos veo chispas de curiosidad, de inconformismo y de rebeldía. Porque para ellos, igual que para mí, estamos acostumbrados a vivir entre crisis económicas, desde que nacimos solo hemos visto futuros vedados por parte de gente que está muy lejos, para los cuales solo somos futuros números a los que arrancar rentabilidad y productividad. Esa chispa que se puede ver en la vista cansada de una madre que llega a casa después de pluriemplearse para dar de comer a unos hijos que apenas puede ver. Esa chispa de quien cruza un océano en busca de una perspectiva de futuro para una familia a la que puede que no verá en años, si es que la vuelve a ver.

Sigo teniendo esperanzas porque a los que no hemos tenido ni esperado nunca nada más allá del amor de nuestros iguales nos sigue moviendo ese mismo sentimiento inmaterial, incomprable e incomparable. Ese amor reivindicativo, que muchas veces adquiere formas distintas como es la solidaridad o el orgullo, por nosotros y por los de alrededor, cuando demostramos que las cosas no tienen por qué seguir las normas que nos dictan desde arriba. Ese poderoso sentimiento, es el que me sigue dando ánimos y esperanza cada vez que se acerca el primer día de mayo.
Sigo teniendo esperanza porque seguimos tejiendo un hilo rojo que nos conecta con una tradición de lucha y reivindicación. Sigo teniendo esperanza porque la clase obrera hoy sigue teniendo todo un mundo que ganar.





