De la costilla de Adán al arancel de Trump

14 abril, 2025. 06:40

Master en economía en cuatro "jetazos" para ciudadanos corrientes y competentes.

1. Antecedentes

Supongamos que partimos del año 5785. ¿Por qué de ese año? Porque para los ortodoxos judíos esa cifra, tomada hacia atrás, es el inicio absoluto del calendario terreno, al menos desde la creación del hombre. Supongamos, es mucho suponer, que nos creemos los cuentos del antiguo testamento, lo de que un dios con muy mala baba, después de “fabricarlo” le quita una costilla “trocándola” por una mujer. Para el mundo de la fantasía bíblica, ese sería el primer trueque en la historia.

Sonrisas aparte, el trueque sería el antecedente histórico del dinero. Pese a los peros que puedan poner ese señor Yahvé de tan mal genio y los que, con gorrito o sin él, juran que la evolución es una falsedad del maligno, el canje es conocido desde la edad de piedra. Es decir, que tiene más pedigrí que la moneda o el billete.

Tendríamos que aterrizar en los imperios faraónicos, asirios, hititas, quizá seis mil años atrás, para tener la certeza de ese gran paso para la humanidad −sin decir que fuera malo, pésimo o bueno− originado con la llegada del dinero o, por lo menos, del soporte que determinados metales ofrecían como garantía.

Unos cuantos metales, elegidos por su escasez y su color, comenzaron a ser patente de corso para evaluar el precio de las cosas y de las gentes. El cobre, el estaño, la plata o el oro fueron normatizándose para dar cabida a la idea, ¿involucionista?, de poner un precio a todo en base a un metal patrón.

Primero serían trozos de estos metales los que cumplirían la función. Después, más perfeccionado el sistema, acudió a la moneda. Un trozo de metal, siempre el mismo, cuyo peso era, también, el mismo o muy aproximado, para que las comparaciones entre un bien y ese metal estuvieran reglamentadas.

A alguien, o a muchos a la vez, les gustó más el amarillo del oro. Nació el nuevo becerro, el nuevo dios al que seguían, como dioses menores, la plata y el cobre. Por este orden. Con la impresión de una imagen, de un símbolo, en las partes planas y el círculo como forma, se había inventado la moneda.

Cuando la navegación y el comercio estuvo en auge, el hecho de llevar físicamente monedas, fueran dracmas o sestercios, fue una complicación añadida y los espabilados mercaderes fenicios, griegos o judíos, discurrieron algo que sería el antecedente del crédito, del talonario y del banco.

Cuando alguien fletaba un cargamento en Tiro, por ejemplo, y lo llevaba a vender a Marsalia, jugaría con la posibilidad de que el comprador pagara con un documento a cobrar de vuelta en Tiro, por ejemplo. Se había inventado una especie de talonario refrendado por algo físico que se parecía a un banco.

Hubo de pasar mucho tiempo, siglos, para que, lo que podemos considerar como papel moneda circulante, existiera. En el siglo IX en China. En la Europa occidental no llegó ese adelanto hasta finales del siglo XVII por Suecia. Y en España hasta finales del siglo XVIII.

Tardó, pero, en poco más de dos siglos, este medio de canje ha evolucionado tanto que la profusión de conceptos lo hace, a veces, ininteligible para el mortal. Bonos, intereses, créditos, medios o largos plazos, tasas, impuestos, oro, divisas, aranceles, hipotecas, letras de cambio, pólizas, criptomonedas… Sin embargo, en realidad, todo se reduce a lo sustancial de cinco mil años atrás. La avaricia del género humano condensada, compendiada, en la forma del dinero que creamos conveniente; muchas veces, dispuesta para hacer el “toco-mocho” a cualquiera que se ponga por delante.

2. Bretton Woods

En el siglo XX y hasta Bretton Woods, el papel moneda que un gobierno sacaba a la circulación estaba respaldado con el oro que ese país tenía a buen recaudo. Era la mejor prueba de que, si en el papelito ponía cien, podía pedirse su equivalencia en oro. (Ese privilegio no estaba pensado para el ciudadano de a pie, pero sí para el gran prestamista, el financiero, otro estado o un banco).

En realidad, ningún país tenía tanto oro en sus cajas de caudales como papel moneda en circulación. El papel superaba varias veces el valor en esa moneda respecto al oro almacenado. Pero algo era, y una parte del papelito podíamos decir que valía su peso en oro.

En la década de los setenta se decidió (lo decidieron pocos, liderados por otros poquitos −yanquis, en este caso−, dejar de lado el patrón oro y que fuera el dólar, relacionado con el petrodólar, quien fuera patrón. Es decir, un papel, más o menos coloreado, con un prestigio de tío rico, tendría la función que había hecho el oro, el soporte con el que las otras monedas pudieran medirse. Y dicho y hecho.

A partir de entonces, el dólar se comportó como ese importante tipo con suficiencia para que todo el mundo de alrededor le dé crédito sin decir esta boca es mía.

Desde entonces, el dueño del chiringuito, el banco nacional y su jefe, el presidente de turno de los USA, le dan a la manivela cuando quieren disponer de cash.

Desde entonces, cualquier país compra o vende con el dólar por bandera. Cuantos más dólares tenga el banco nacional de cualquier otro país, más cosas y con más seguridad puede comprar.

¿Con qué respaldo? Sencillamente, con ese prestigio de tipo rico que, ni siquiera, saca la cartera para demostrar que tiene dinero.

Más formalmente, con el respaldo del bono del tesoro americano. Es decir, una vuelta de manivela a la maquinita de hacer billetes se compensará con un papelón grande, la deuda del Estado a tantos años con un interés determinado.

Parecido a lo que pasa en España, claro. Queremos más euros, pues más vueltas a la manivela, más emisión de bonos, más deuda a las espaldas y más intereses al término de las emisiones de deuda. Así, hasta el infinito, siempre que puedas pagar los intereses o que el prestigio a nivel planetario siga siendo bueno y, así, todo el mundo siga comprando Deuda. Pero, ¡ay si el prestigio baja o no es posible pagar los intereses! Aquí, tenemos 1,6 billones de euros descansando en bancos, depósitos, papelones, etcétera; es decir, el 102% del PIB nacional. Por esta Deuda que nunca se podrá satisfacer, se pagan 40.000 millones de euros al año. En estos momentos, España se comporta como un particular que tuviera cien euros de patrimonio, pero debiera 102 en total. Si todos los acreedores se los pidieran a la vez, sería la ruina en forma de quiebra. Si no lo piden y se conforman con los intereses (y se pueden pagar sin problema), todo cuadra y todo sigue igual.

Vayamos al caso norteamericano y adelantemos que estamos muy cerca de llegar al arancel de Trump del título. Estados Unidos le ha dado a la maquinita muchas veces, demasiadas. Con la aureola de tío rico en la cabeza, sin necesidad de demostrar riqueza, ha firmado demasiados pagarés. Tiene 36 billones de dólares de deuda, el 123% de su PIB. Y los intereses medios de esa deuda suponen, casi, un billón de dólares al año.

Ya estamos en el meollo.

3. El arancel de Trump

Supongamos que los USA necesitan más dinero para pagar más misiles que se dispararán en Ucrania. Que no lo tiene en su hucha: otra vuelta a la maquinita y más papel, en forma de Deuda del Tesoro, a la calle. Pero todo tiene un límite. Si los acreedores sospechan que será difícil cobrar los intereses o que el crédito de tío rico va fallando, la seguridad de ser moneda patrón y saber así que, en el peor de los casos, con dar más vueltas a la manivela tendrá solución, se complica. El petróleo, por ejemplo, se podría llegar a pedir que se compre, no en dólares, sino en yuanes o en rublos, o en cualquier otra moneda. Entonces, el patrón dólar se habría ido al garete y el imperio comenzaría a hacer aguas hasta naufragar.

Ahora, vayamos a la realidad.

Estados Unidos, poco a poco, ha ido aprovechándose de la “globalización”. ¿Qué es esto? Aprovechar otras economías con menos desarrollo, con trabajadores cobrando poco, con sus leyes laborales disminuidas para que las empresas norteamericanas manufacturen en esos otros países para conseguir mayor beneficio. Es lo que le pasa, ahora, con China, Vietnam, Japón, Corea, Filipinas y casi todos los países del Sudeste asiático.

Al pasar esto, Estados Unidos necesita dólares para pagar las importaciones de sus manufacturados que, una parte, se quedarán en casa. Por otra parte, si no fabrica y solo vende la pieza completa (un teléfono móvil vendido en los USA lo compone el chip fabricado en Taiwán, la óptica fabricada en Japón, la batería fabricada en China, el visor que se fabrica en Vietnam), cada vez necesitará más dólares para comprar. (Más vueltas a la maquinita, más Deuda, más intereses y más dólares con qué pagarlos…).

Llevado a la realidad de los 36 billones de Deuda, necesita, si no quiere ahogarse a corto plazo, fabricar en Estados Unidos y bajar las importaciones para pagar menos dólares.

Si, a la vez, consigue que la Deuda que tiene esparcida (el gobierno chino tiene mucha) no se saque a la venta, sino que se mantenga, si consigue, al tiempo, que el dólar baje sus tipos de interés para que el pago de los intereses de la deuda sea menor, si −todavía mejor− consigue devaluar al dólar para mejorar sus exportaciones, la economía le da un respiro en un dólar amenazado, más y más, como patrón.

Y todo esto se intenta conseguir con los aranceles de Trump. Si cobra más por entrar un producto de fuera, pasarán dos cosas. El personal comprará menos al ser más caro y obligará, si es que la empresa que vende quiere seguir con ello, a pensar, seriamente, en poner la fábrica en Estados Unidos.

Las subidas, contraórdenes, fanfarronadas, matonismo de estas semanas a eso van. Trump no es tonto; solo es, además de fanfarrón, pendenciero y matón de taberna, un poco −más que un poquito− facha, nazi si lo queremos decir en román paladino. Pero tonto no es.

Que sus medidas van en dirección opuesta a lo que ha defendido siempre, el liberalismo más entusiasta como buen millonario, y hoy ensalza el proteccionismo ¡y qué!

Que sus medidas oscilan como si fueran una montaña rusa. Hoy a estos, mañana no, pasado más, al otro menos… ¡Y qué! Sus grandes amigos, alguno, quizá, como su testaferro, habrá comprado a bajo precio y se habrán forrado. Recordemos una de sus chances: "Ahora es buen momento para comprar".

4. El culo de Trump

Al final, lo demostrado es que a quien se le tiene miedo es a China. Lo último, eso que suena a puro chiste, el arancel del 145% mientras que, al resto de países asiáticos, se los congeló. Con ello, esperaba formar una barrera alrededor de China que le impidiera vender lo que perdería al no exportar a Estados Unidos. Para este aprendiz del NSDAP (el partido nazi alemán) es una manera de hacer retrasar el desarrollo chino, uno que amenaza pasar a Estados Unidos, por derecha e izquierda, en un plazo no mayor de diez años.

Y, al tiempo, conseguir más cash, algo que necesita como agua de mayo para pagar intereses de la Deuda; industrias que fabriquen dentro de sus fronteras a despecho de la economía de mercado que habla de comercio sin trabas; seguir siendo el gallito del corral quitándose gastos de personal, bases en Europa, gastos de mantenimiento de la OTAN − ¡qué paguen ellos! −; quitarse el dolor de cabeza de Ucrania: la OTAN contra la Federación Rusa (aunque eso se le está enquistando). Y acometer la posesión triunfal del canal de Panamá, Groenlandia, de medio país ucraniano con sus tierras raras, de Gaza para convertirlo en resort…

Solo lo puede hacer si sigue de gallo en el corral occidental. Necesita dinero líquido, que nadie le eche en cara ese “ir a menos” vaticinado, seguir teniendo el crédito gratis del dólar como patrón.

Que, para ello, tiene que darles una patada en el culo a los aliados europeos… ¡Y qué! Sabe que los tiene demasiado cogidos por cierta parte y que los tipos y tipas puestos en Bruselas son criados, vasallos tras los sobres que, al final, se plegarán.

Serán los países europeos, Europa, quienes paguen, más, el pato… Sí, ¡y qué! Mucho que le importan. Ni a él como representante del elefante ni a los del burrito. Se parecen tanto que al burro le sale trompa y el elefante se vuelve terco.

Claro que, como la lechera del cuento, todo puede irse al traste. China puede plantarle cara. Parece que por ahí va la cosa. Puede conseguir otros mercados, vender Deuda norteamericana y poner en un brete económico a Estados Unidos, maniobrar con los mercados de materias primas y erosionar el imperio del dólar para cambiarlo por el yuan, por ejemplo. China puede forzar a Taiwán para quitarle un mercado vasallo a los EEUU, puede crear una especie de Mercado Común de los BRICS y pinchar en donde duele a Occidente…

Y sí, parece que la venta de parte de los grandes depósitos de Deuda que tiene China ha atemorizado a los mercados y disparado el interés de la Deuda hasta casi el 5%, si es que la gente quería seguir comprando. Y, claro, si el Tesoro ha de pagar ese interés para poder sujetar y que nadie venda con pánico, necesita más dólares, más vueltas a la manivela, más Deuda, más intereses de la Deuda y así hasta…

China, en esta ocasión, ha doblado las rodillas a los EEUU mientras que las posaderas del señor Trump se van a quedar como estaban, a falta de esos ósculos prometidos.

De todas las maneras, si no sale bien la jugada, Estados Unidos, el país agresivo por antonomasia, siempre tendrá las guerras como objetivo. Aun saliéndole bien la jugada y estando en el declive del imperio, su salida, desgraciadamente, es la guerra. Y la próxima guerra mundial no se jugará con cañoncitos.

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