Desde la apertura de puertas al mediodía hasta la última canción de DJ Lagarta al anochecer, todo lo que sucedió en La Nave del 15 fue una celebración radical del cuidado y la convivencia. Un domingo en el que quedó claro que un espacio seguro, feminista y festivo no solo es necesario, sino totalmente posible.
La jornada arrancó con la actuación de Ester Vallejo, cuya delicadeza y talento abrieron el corazón de todas las presentes. Con sensibilidad y fuerza suave, Ester marcó el tono de un día donde el arte se compartió desde la emoción.
A continuación, llegó uno de los momentos más entrañables: el arroz cocinado por la gente de la Olla Comunitaria, servido con calor humano y sabor de barrio, acompañado de un bingo musical que provocó carcajadas, canciones inesperadas y mucho juego colectivo.
El escenario siguió con Marga del Monte, quien regaló ternura en cada canción, coronando su actuación con una escena que nos derritió: subió a cantar con su hija y más peques del público, recordando que la música también puede ser herencia y presente compartido. Justo antes, como telonera sorpresa no anunciada en el cartel, actuó Yvonne, sumando más voces diversas a la jornada.
Paula Dea, junto a Irene, trajo autenticidad y complicidad sobre el escenario, con una voz descrita por quienes estuvieron allí como “angelical”. A esas alturas del día, el ambiente era ya de pura confianza: risas, abrazos, niños jugando y un público entregado.
La actuación de Ixeya fue un viaje: trance, armonías, arte. “Transmiten paz”, decían desde la organización. Y no era para menos: su concierto fue una pausa envolvente que equilibró el ritmo del día.
Las siguientes fueron Jambass, quienes no solo aportaron fuerza y energía, sino que ofrecieron un repertorio en honor a otras mujeres, cerrando con el tema Hija de las Brujas. Todo el público coreando esa canción fue uno de los momentos más potentes y emocionantes de la jornada.
Y para cerrar, DJ Lagarta hizo lo que mejor sabe: nos hizo perrear hasta el suelo. Con mezclas de techno y trance, y una entrega total desde la cabina, transformó el final del festival en una pista de baile comunitaria donde se sudó y se rió sin parar, en palabra de la organización: “Bailamos hasta reventar”.
Los puestos de artesanía local dieron vida al espacio durante todo el día, recordando que también es posible apoyar la economía desde abajo, desde la belleza hecha a mano. Y detrás de todo, la red: mujeres y personas diversas organizando con cuidado hasta el último detalle. Porque Mesachas no fue solo lo que vimos, sino todo el trabajo invisible que hizo posible ese ambiente de confianza, respeto y alegría.
Mesachas Fest ha sido una demostración viva de que la autogestión, el feminismo y la fiesta no son conceptos separados. Son formas de estar en el mundo que, cuando se cruzan, hacen magia.




