El lado correcto de la Historia

26 marzo, 2025. 06:45

Siempre, a lo largo de mi vida, me he preguntado cuál sería, cuál era el lado correcto de la Historia. Cuál para posicionarme, en conciencia, en él.

Para cualquier ciudadano/a de a pie no resulta sencillo. La información esencial está cada vez más falseada de manera interesada. Los amos del mundo en la sombra, descubren formas, modos, juguetes, zanahorias con los que entretener, despistar, lograr que los aspectos cruciales sociales queden desdibujados. Consiguen que las corrientes de opinión, manejadas, más y más, por las encuestas prefabricadas o por unas garrochas morales, similares, en la práctica, a las que encaminan al ganado, sean favorables al desinterés y la apatía. Si la situación se encorajina y es más tensa, en vez de garrochas siempre pueden utilizar rejones.

Para el ciudadano/a que no se integre en las élites de barro, detectar en dónde está el lado correcto, en cada momento, no es fácil. Mucho más cuando la Historia se mueve acelerada como ocurre en las últimas décadas.

A lo largo de estas y para una persona íntegra, europea o española, el hecho de estar en el lado acertado ha pasado de ser algo sencillo, bajo su conciencia, a complicarse más, mucho desde la crisis global del 2007.

En la dictadura franquista, saber qué lado era el conforme a la conciencia no resultaba complicado. Por mucho que sectores, medios, políticas sociales o fusiles, en buena armonía con las porras, glosaran al fascismo de Franco y sus apoyos —que eran muchos—, las personas de buena voluntad, las que deseaban los valores democráticos, las luchadoras por la libertad, lo tenían fácil y se impusieron. Varios cientos de miles de asesinados después y tras cuatro décadas de terror, esos cuarenta años de paz de cementerio y de miedo se fueron al traste. Aunque, con la perspectiva histórica, fuera, finalmente, transición defectuosa: demasiados polvos generando muchos barros otros cuarenta años después.

En los episodios traumáticos, las guerras, posicionar los motivos en los platillos —siempre dos— de esa balanza sensorial, ofrece la oportunidad de apostar por el plato correcto. La guerra del Vietnam en los sesenta y setenta del siglo pasado, la liberación en Cuba de la dictadura de Batista, la Siria laica, el Egipto de Nasser o el Afganistán sin talibanes, eran paisajes diáfanos, aún con sus luces y sombras, para discernir, sin duda alguna, en qué lugar debía estar una persona que deseaba igualdad, justicia y más libertad en el planeta.

En la última década del siglo pasado los acontecimientos se fueron precipitando. Una OTAN, la única organización plurinacional agresiva del mundo y buque insignia del enfebrecido emperador del planeta, sobrevivía cuando debiera haber muerto. Los titulares llenaron de glosas sus mecanismos, la confundieron con un superhéroe de comic, tan postiza su necesidad como falsos los superhombres de papel. Al tiempo, se marginaba, más y más, al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Se libraron guerras bajo bandera de una supuesta democracia en un Occidente soberbio: el desmembramiento yugoeslavo culminado con el ataque de la OTAN a Serbia, la aniquilación de Irak con la excusa de armas de destrucción masiva, cuando el objetivo era su petróleo, o las “primaveras” —de todo menos eso— árabes. La confusión estaba servida: sería bastante más complicado detectar al bueno de la historia o, como mínimo, al menos malo. Pese a ello y todavía, los gritos de las gentes se unían, lo hacían por millones, para decir “no a las guerras” claro y fuerte, en la dirección exacta.

Seguía la OTAN ejerciendo de matón de película. Sus consignas, y las de los informativos a su sombra, apuntaban ser el valedor de una democracia del primer mundo, de ese que vivía bien a costa de un tercero que seguía explotado en el Sahel por Francia, imperialista de nuevo cuño, en el Oriente Medio por la franquicia americana de Israel que ya apuntaba maneras, en medio planeta por los herederos de los corsarios ingleses o en América Latina, sempiterno patio trasero norteamericano.

Europa, vasallo de EEUU, amo y señor, déspotas ambos con los más débiles, controlaban el mundo: “Primaveras” convertidas en infiernos y “Maidanes” con golpes de estado incluidos. ¿Su único delito?: estar desalineados con la política de “palo y zanahoria” promulgada por el mundo occidental, ese de los escogidos. La globalización de su neoliberalismo no descubría nada nuevo bajo el sol, pero era más enrevesado. La gran crisis del 2007 dejó al planeta desnudo y los viejos amos decidieron vestirlo con “fakes”. Descubrieron algo tan viejo como el género humano, algo que Goebbels institucionalizó: mentiras emitidas cien, mil veces, repetidas uniformemente, se convertían en la mejor herramienta del privilegiado para anclar sus privilegios. La mentira se convertía en verdad desinformativa.

Y funcionó. Ha funcionado; lo peor, está funcionando. Hasta el punto de que gentes que, habitualmente, permanecían en el lado correcto de la historia, ahora tienen dificultades para el discernimiento. Los partidos progresistas, la mayoría al menos, los entorpecen con sus dudas y vacilaciones para apoyar, nítidamente, al platillo acertado de la Historia. Eso, junto al nacimiento de una casta preocupada, solo, de hacer dinero, de privilegiarse, de perpetuarse en los sillones de Bruselas a cualquier precio, ha sido fundamental para el crecimiento de un fascismo de nuevo cuño. Fascismo latente, hibernado, que arrastró, arrastra, a desencantados obreros desclasados, a una generación confundida que presta su rebeldía joven a esas “fakes” de redes que manejan voceros demagogos de la extrema derecha, a ciudadanos inoculados con la bacteria del miedo e, incluso, a inmigrantes perplejos que dudan entre la ansiedad y la ignorancia.

Hasta el punto de que gentes que se dicen socialistas apoyan prácticas belicistas de los mismos que mataron a millones de personas en las guerras del Vietnam o Irak, de los mismos que destrozaron a los Balcanes o destruyeron movimientos ilusionantes en Libia, Túnez, Egipto o Siria. De quienes refuerzan a dictadores como Mohamed o Salman Bin Abdulaziz, marginan a los saharauis convirtiéndolos en apátridas o envían toneladas de bombas y misiles para destripar y limpiar, étnicamente, a los palestinos de Gaza mediante su gendarme israelí.

Tan desarrollada está la desinformación que gentes progresistas tienen pudor, vergüenza para decir, gritar, que el platillo menos malo en la historia de los últimos años no es el de la OTAN, la administración norteamericana y Zelensky. Hasta el punto de mirar hacia otro lado cuando nos intentan llevar a la vorágine belicista una mezcla explosiva formada por la OTAN, USA y la casta de Bruselas, liderada por la banda de los cuatro.

No es tan sencillo como en los ochenta, noventa o principios de siglo, cierto. Pero, si se razona, contrasta, se usa el sentido común, si se tira del hilo de aquello que mueve todas las guerras, el dinero, los negocios y el poder, es fácil apoyarse en el lado correcto de la historia, de una Historia con mayúscula.

Entre una OTAN desquiciada, unos líderes occidentales imperialistas de nuevo cuño, un Zelensky drogadicto y con su brazo a medio alzar, una administración norteamericana —Biden o Trump, da lo mismo— a la vanguardia de la V Flota que bombardea el mundo sin pedir excusas ni permiso y una sempiterna doble vara de medir. Entre eso y el conflicto del Donbás, militarmente basado en pueblos manifestándose en referéndums —algo que silencian de manera criminal—,  que sufrieron catorce mil muertos civiles en una represión brutal, que vieron como los acuerdos de Minsk y de Estambul fueron violados por un mundo en regresión que se llama occidental, alrededor de la OTAN y de una cueva de ladrones llamada Bruselas, creo que el platillo menos malo, el lado correcto de la historia, hoy, con esos mimbres, es el de la Federación Rusa.

Hay que decirlo sin que eso signifique ser marioneta de nadie o propagandista de Putin. Nuevo insulto con tan bobo argumento como el de asegurar que el ejército ruso quiere acabar en Lisboa. Quienes lo dicen, Úrsula, Kallas, Starmer, Macron…, están inoculando, a conciencia, el virus del miedo para hacer y deshacer a su antojo. Es compatible señalar las carencias de esa misma Federación y reprender, a capa y espada, otra nueva agresión —tres, si se cuentan las de Gaza y de Yemen— de un país que lleva más de 250 guerras en su haber a lo largo de su corta existencia. Con la OTAN como punta de lanza de su tiranía y una Europa que ha perdido el Norte y ha sido, y es, vasalla de los Estados Unidos, en la peor acepción de esa palabra.

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