
Si el señor Jorge Azcón, a la sazón presidente aragonés, se llamase Caperucita (pese a su capucha de azulete), le habría respondido así, con esta castiza expresión, después de leer su comentario más que exultante en el diario mañanero.
"Dije hace unos meses que Aragón podía ser la Virginia europea, pero hoy creo que estamos en disposición de superarla"
Me voy a explicar.
Hace unos días escribí un artículo a propósito de la abundante entrada de inversiones en Aragón sobre centros de datos. Con esta, llevaremos una docenita de proyectos de estos macrocentros que, además de terreno industrial en cantidad, necesitan, ineludiblemente, otras dos riquezas más.
Quizá la abundancia de estas inversiones, descomunales con relación a la corta creación de empleo, debería servir de señal a un avezado e inteligente profesional de la política como es el presidente actual de esta nueva Virginia occidental en Europa, señal de que no es oro todo lo que reluce*. Así se titula el artículo publicado hace unos días a propósito de otra inversión del mismo corte.
Estos macrocentros necesitan energía (este, concretamente, 300 MW) y agua en una cantidad que, para nada, tiene que ver con la del chocolate del loro. En concreto, la inversión planteada por el fondo buitre Blackstone no será inferior, barrunto, de 1 Hm3 al año, mil millones de litros/año. Cifra que, añadida a la de los otros once establecimientos de similares características, no deja de ser un importante tributo para una tierra seca en la que el agua tendrá, cada vez, mayor importancia. Y cuando nombramos al agua, queremos incluir el recorte obligado de su gasto.
En el mismo periódico se reconviene por la CHE, Confederación Hidrográfica del Ebro, el gasto del agua en regadíos recomendándose un recorte que podría estimarse sobre un 12/15% del actual consumo.
Porque estos centros necesitan mucha para refrigerar los circuitos y no es lo mismo pasar de los 43º centígrados posibles en los veranos de Calatorao o de cualquier punto del valle del Ebro, que es por donde están repartidos la docena de instalaciones, que hacerlo en el altiplano turolense o en las sierras altas de montaña en donde la temperatura media desciende, como poco, una docena de grados con respecto a la inmortal Zaragonia. Porque el chiste consiste en disminuir la temperatura de los inmensos armarios hasta los 20/22º centígrados y, claro, no es lo mismo 43º ambientales que 30º, por ejemplo.
Para este tipo de industria, las recomendaciones científicas actuales pasan por instalarlos en los lugares fríos o, incluso, en el mar. Precisamente, para evitar un mayor dispendio de agua. Usted, con sus dotes de político avezado, no tendrá empacho en reconocer que los lugares antes mencionados, Huesca y Teruel también son Aragón, se adaptan mejor, para estas funciones, que el seco y soleado campo zaragozano.
Otra prueba de que este tipo de inversiones, sin rechazarlas de plano, no son una bicoca para el que las recibe es la abultada relación de inversión por cada puesto de trabajo fijo creado. En este caso, 7.500 millones de euros para una cifra de 200 empleos (que, en el mejor caso y seguramente, no pasarán de 150 en la realidad) da un volumen de casi 40 millones por empleo. Índice elevadísimo si se compara con cualquier empresa productiva, sea de farmacia, industrial, transformadora, química o, casi, de cualquier índole.
El hecho de que esta última “adquisición” sea por uno de los mayores, quizá el mayor, fondo buitre del mundo, con casi un billón de dólares en activos distribuidos, entre otros, en la propiedad de 20.000 pisos en España para alquileres abusivos, Blackstone es el mayor “casero” en nuestro país y, en ocasiones, de manera poco edificante, sería otra señal de que no todo el monte es orégano.
Pero, claro, la prueba del algodón, la que no resiste una amplia sonrisa, ¡qué digo sonrisa, carcajadas a todo volumen!, es su comparativa.
Seguramente, en el crescendo de su pasión por la exageración, no se habrá dado cuenta, despiste inusual en un político de su lustre, que el estado de Virginia, ese que se encuentra debajo del de Washington DC y por encima de Carolina del Norte, tiene 110.000 Km2 de superficie, casi nueve millones de habitantes y con una densidad (82) que no se parece a la aragonesa (31). Salvo, eso sí, que la comparemos con la de cerdos a cuatro patas, en eso les ganamos. Otra cuestión y no baladí, es la superficie acuática dispuesta. Aragón tiene 250 Km2 superficiales de aguas en ríos, lagos y pantanos mientras Virginia abruma con 8.236 Km2 de agua superficial. Nada más y nada menos que 33 veces más que las nuestras.
Pero no solamente las compara, es que la vamos a superar tecnológicamente.
Hay que reconocer que estos tipos de chalaneos inversionistas no son nuevos, son continuistas de su antecesor en el cargo con quien le unen tantos y tantos lazos ideológicos, camaradería con amigos comunes y la seguridad de ser prototipos de políticos sagaces, inteligentes, desprendidos y sacrificados.
Hace varios años lo comenté. Basar la economía de Aragón, en lo esencial, sobre tres patas −ahora cuatro gracias el espectáculo teatral virginiano y al abultado barullo de centros de datos para refrigerar−: la energía −a troche y moche−, molinos y estepas solares vendida a los de fuera y dejando al margen al inversor rural; la logística de multinacionales que, cuando se cansen, se largarán y aquí no habrá crecido nada, y la constituida por doce millones de cerdos, aprovechando que Piri pasaba cerca y la peste porcina de China, no es panorama alentador. Máxime, pensando en el futuro a medio plazo. Incluso a corto, puesto que el panorama cochinero se ha adelantado con el previsible freno de las exportaciones a China.
A veces, no filtrar los deseos de ciertas compañías multinacionales que tratan a las tierras que acogen sus inversiones como colonias de nuevo cuño −mala gente que va apestando la tierra, como dice Machado−, es perjudicial, a la larga, para el territorio que intentan colonizar. No es cuestión de ser drástico con estos temas, pero casi. Pensar con más alcance de miras, seleccionar más, abrir el abanico hacia inversiones que fabriquen “cosas”, que transformen productos, que creen y echen raíces y construyan riqueza, es, debería ser, la función de quienes son los representantes políticos.
Lo que ocurre es que eso obliga a mirar el lado de la efectividad a largo plazo, sin oropeles insulsos que fuerzan a comentarios tan ridículos como falsos, sin la permanente vista puesta en el sillón central del número 13 de la calle Génova.





