Un día sí, otro también, los jueces aparecen en las noticias. Lo peor, que lo que revolotea junto al nombre hiede muchas veces, no lo hace a hierbabuena, tomillo o romero. Como volvería a decir Shakespeare, aún sin estar en Dinamarca, algo huele a podrido.
No es solo en nuestro país, también lo hace en el llamado mundo occidental. La noticia por parte del Supremo estadounidense de la inmunidad a Trump es un ejemplo cristalino de lo anterior. Pero, claro, que mi vecino vaya al dentista no evita mi dolor de muelas.
Les hemos dado demasiado poder a unas personas que, si cualquiera de los de a pie se descuida, aspiran a ser inviolables, intocables y sagradas. Sin contrapoder, salvo el corporativo. Comunidad colegial cuyo intelecto no está por encima de cualquier otra, sea ingeniero, albañil, enfermera, fontanero o inmigrante del Senegal. Ya sabemos aquello de las medias, habrá jueces por encima de ellas, pero otros tendrán el cerebro de un mosquito o escaseará el sentido común.
Si toca alguno de los que sus células grises funcionan y sean mínimamente objetivos, ¡hosanna en las alturas! Si, por el contrario, la lotería pasa por alguno de los que, como dicen en la prensa, sea de la “toga nostra” o un poco lerdo, babieca del género, el dado está echado. En un correcto latinajo, “alea iacta est”.
Que el único contrapoder, en la práctica, sea el corporativo quiere decir que hay muchas posibilidades del “hoy por ti, mañana por mí”. Y eso significa todo, menos bonito.
Sobre todo, pensando en que, al sistema, a eso que se le llama una de las tres patas de la democracia, le gustan −generalizando y ya se sabe que no es exacto− demasiado las salsas de la extrema derecha, las que guisan voxueros y otros primos suyos, mayormente. Y ya se sabe que son demasiado ácidas, cáusticas, acres, amargas, agrias. Ni tan siquiera se les puede llamar agridulces, pecan de desagradables. De ahí lo del olor a podrido.
Ningún juez, al parecer, quiere que les controlen como debería de ser. Las otras dos patas de la democracia tienen examen; el legislativo, directamente por los votos, el ejecutivo por las Cortes. Pero, ¡ay! el judicial. Salvo los acuerdos del y tú más entre los dos partidos similares, solo los controlan los propios jueces y eso se llama corporativismo. Si casi todos basculan hacia la derechísima, esa inspección será de todo menos control.
Y digo casi todos porque, hace pocas fechas tuve la ocasión de departir con uno de los escasísimos jueces notorios que, en la canción del “Asturias, patria querida”, la inclinación, caso de bailarla, sería hacia la siniestra, dicho sea con la mejor de las voluntades. Pues bien, dicho juez se mostró remiso hacia mi solución de control efectivo al sistema judicial mediante una comisión de personas “ad hoc” elegidas por sufragio universal para tal fin. Le pesaba, y mucho, el citado corporativismo, pese a ser progresista.
Y es que no se me ocurre otra solución mejor ni más efectiva para un control necesario no, lo siguiente, vistas todas las noticias que abundan y cuyo olor no es, precisamente, perfume.
Además del mecanismo de verificación, se debe aligerar la carrera de juez. Vistas que las sentencias, casi todas, están más cercanas al sentido común (pocas) o al modelo de báscula que los inclina (muchas), no vale la pena meter diez o doce años con ayos tutelando. Lo que significa, en resumen, que en la carrera solo pueden entrar, mayoritariamente, gentes adineradas. Con una oposición ligerita valdría; luego, es cuestión de tener sentido común y soltura al manejar los tomos de leyes. Lo que pasa es que eso del sentido común no se compra ni con dinero ni con diez años de oposición. Eso es innato.





