Ignorancia y codicia

12 junio, 2024. 07:57

En materia medioambiental, con todo lo que implica el reto climático sobre la mesa, hay de todo. Tenemos desde el fascio-negacionismo en busca de un tiempo pasado que nunca fue, hasta un colapsismo con trazas de apocalipsis que deseamos, que nunca sea.

Por el camino todo un arco iris de posturas que conviven como Dios les da a entender, con el mercado todopoderoso y los interés especulativos de empresas próximas y fondos de inversión lejanos a la espera de que la nube de dinero público que flota sobre nuestras cabezas descargue en sus balances. Viendo la televisión no cabe duda de que lo verde triunfa, aunque paradójicamente, la popularización de "lo verde" puede representar una peligrosa involución en el camino para asumir y gestionar (nunca combatir) el reto climático.

Entre los fascio-negacionistas no solo hay jóvenes papanatas en el Congreso de los Diputados, no pocos políticos de distintos colores hacen profesión de fe de crecimiento perpetuo. Tal como pasa con la previsión de crecimiento del regadío, que en base a una discutible eficiencia exige la explotación desordenada y masiva de nuestros ríos, asistimos a la supremacía de los intereses empresariales y financieros que parecen sentirse más cómodos en la extrema derecha que en la social-democracia. Será cosa del péndulo de la historia.

La simplicidad de estos tristes argumentarios en relación al agua es solo una muestra de la pobreza científica e intelectual del negacionismo de las derechas que muestra a las claras su querencia por un autoritarismo anacrónico que, por causas difíciles de entender, atrae a un creciente sector de trabajadores gustosos, al parecer, de identificarse con sus explotadores.

Ante esta realidad de la política en relación al medioambiente, personalidades como Teresa Ribera, recién aterrizada en el parlamento europeo, pueden parecer un remanso de cordura y sensatez, aunque la realidad sea menos benévola. La hasta ahora, ministra de transición ecológica y reto demográfico ha gestionado su ministerio doble con dos miradas distintas. Recibida en su momento, con esperanza desde el ecologismo, ha podido hablar de decrecimiento, "pero su práctica no escapa de un pacto verde suave” condicionado a los intereses del sector industrial y energético.

Sin necesidad de recordar su presencia en el Proyecto Castor donde no supo integrar lo que ya se conocía desde la comunidad científica, con el resultado de todos conocido, su gestión en materia de agua y energía tiene más sombras que luces. La implementación de las energías renovables será una muestra palpable que quedará en el paisaje aragonés como ejemplo de dejación tanto ministerial como autonómica.

Cierto es que al lado de los postulados de las extremas derechas siempre es preferible una visión algo más humanizada y que hable de medioambiente y de transición, pero no conviene olvidar que la realidad del planeta tierra de hoy no es la de 1972 cuando el Club de Roma publicó su primer informe sobre los límites del crecimiento  y que al final los hechos han demostrado que el concepto de limitación ecológica planetaria no tiene nada de ficción. Tal como andan las cosas habría que reconsiderar la propia globalización y preguntarse sobre la obsesión por buscar una transición energética tan asociada a la electrificación sin considerar otros factores, incluida la reducción del consumo. Antes que convencer a la población para que se compre un coche eléctrico se deberían discutir los modelos de movilidad pública, de personas y mercancías y todo eso avanzando hacia la garantía de un derecho a la energía que erradique la pobreza energética. En ese estado de opinión, tanto el agua como la energía deberían salir de las dinámicas del mercado que como nueva religión indiscutida se ha mostrado plenamente capacitada para generar crecimiento económico en una sociedad con una gran parte de su población progresivamente empobrecida en beneficio de una élite cada vez más restringida.

Desgraciadamente los tiempos no parecen ir en esa dirección y asistimos a una desorientación generalizada junto a una mezcolanza de intereses de todo género en las que resulta muy difícil discernir las realidades que hay bajo las narrativas que se mueven en lo relacionado con la transición eco/energética. Así podemos encontrar partidos políticos emergentes aparentemente relacionados con el movimiento crítico a las energías renovables íntimamente relacionados con empresas dedicadas a su promoción y al mismo tiempo a algún que otro grupo ecologista reacio a aceptar la crítica al complicado "paquete renovable" que se abre paso cada día a la caza del dinero público. A las instalaciones solares y eólicas con todas sus autopistas eléctricas privadas habrá que añadir los corredores de hidrógeno, la promoción del biometano, las plantas de acumuladores de energías o los embalses reversibles. Todo un nicho de negocio para oriundos y foranos que a buen seguro harán cuanto esté en sus manos para ganar mucho y muy pronto.

Por eso, desde un pálpito librepensador, no es de extrañar y si de agradecer que surjan voces autorizadas que sumando el informe del Club de Roma de 1972 a lo que cuenta el Centro de Ciencias de la Sostenibilidad de la Universidad de Copenhague en su estudio sobre los límites planetarios y el Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático desde 2009, manifiesten una evidente zozobra ante el devenir de la relación del ser humano con el planeta donde la codicia de los que más tienen no parece encontrar suficiente solar para su expansión ante el vergonzante beneplácito de los desheredados. Unos desposeídos que alimentan su frustración en el pesebre del espectáculo permanente en que parece haberse convertido la vida.


Artículo publicado originalmente en la web Marea Azul de Aragón.

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