El belicismo de algunos aparentes pacifistas

18 abril, 2024. 06:55

Llevo meses preguntándome, a veces en los muros de Facebook, las razones posibles para que, a estas fechas, con dos guerras −además de las docenas existentes, algunas cronificadas, en una treintena de espacios del planeta− a las puertas de Europa, de una sociedad representada por Bruselas que, cada año que pasa, más se parece a una sociedad mercantil que a una entidad supranacional con aspiraciones de lograr un mundo más justo, igual y libre, ninguna organización, partido representado, den un paso adelante para exigir, con toda rotundidad, algo que se resume en una frase dicha, desgraciadamente, muchas veces: “No a las guerras”.

La sociedad civil sí, la sociedad civil sale a la calle de manera aislada para decirlo, pero falta esa unión de todos los demócratas, de quienes nos avergonzamos de tamañas barbaridades, dando el paso a la vez, el grito a la vez, para forzar a unos gobiernos cínicos, con mayor o menor dosis de hipocresía, que dejen de mirar hacia otro lado y se comporten como lo que dicen ser: representantes de los ciudadanos.

Y esta falta se nota, mucho más, en aquellos partidos que nos representan, que se dicen progresistas, socialistas, de izquierda. En todos ellos, en unos más que otros, claro, el titubeo, el sí fácil de la palabrería, de los grandes o pequeños titulares, pero el no real plasmado en hechos inexistentes, es el pan de cada día.

Una izquierda, no más allá de un centro derecha −no digamos las hordas vandalizadas del PP y VOX−, que vira hacia una política belicista de la mano de personas como el señor Borrell o la ministra Robres que han apostado, beligerantemente, por una OTAN que está tumbando a Europa, que arruinará a medio plazo a Europa por completo, en beneficio, solo, de Estados Unidos en primer lugar y, como su testaferro, del Reino Unido, recordemos el brexit, en segundo lugar.

Parecido, el panorama a la izquierda de los llamados socialistas; a veces, da la impresión de que ha vuelto la sopa de letras. Simulan estar cómodos a la sombra de ministerios; apuestan más, eso hay que reconocerlo, por la palabrería, por los eslóganes, por los titulares, más o menos temblorosos, en los temas bélicos. Mucho más sobre Gaza −también es cierto que la vergüenza como especie humana es mayor viendo las atrocidades que la maquinaria nazi del estado de Israel, con un probable desequilibrado al frente como puede ser Netanyahu− que sobre las mentiras que, día tras día, semana tras semana, nos cuentan y han contado sobre la guerra de la OTAN contra la federación rusa.

Ninguna de esas organizaciones, partidos más o menos colorados, más o menos rosas, más o menos lilas, han dado el paso de conformar, claramente, un movimiento que lleve a los millones de españoles que nos avergonzamos de tamañas falsedades, de semejante genocidio, a pedir, clara y públicamente, “No a las guerras”. Exigir que cumplan con su trabajo, que construyan puentes de diálogo en vez de bombas o misiles para que, unos pocos, ligados a las castas políticas, ganen más dinero matando. De manera semejante a cuando el pueblo español salió a la calle en la guerra de los tres golfos.

Dos guerras, la de Ucrania y la de Gaza, exponentes de ese mercantilismo, de una sociedad hipócrita, capaz de tener todas las varas de medir que sean necesarias para mentir y falsear situaciones. Dos guerras en las que los únicos que pierden son los que siempre perdieron en todas las guerras: el pueblo liso y llano. Los y las ciudadanas hemos de pensar que, si nuestros representantes no dan ese paso −desconocemos los motivos, espurios o no−, han de ser los movimientos civiles los que los suplan en este momento y en estas reivindicaciones en las que nos jugamos mucho más que un relativo bienestar.

Nos jugamos la vida de muchos miles, millones de ciudadanos. En aquellos territorios en primer lugar, pero, a continuación, nos la jugamos los que vivimos en Europa. Aquí, como en un reality show, vemos lejano lo que, después, será cercano. No olvidemos aquellos versos de Niemöller/Brecht: “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar”. La verborrea belicista de los Estados Unidos, de la OTAN, de los países de la UE, de Von der Layen, es un crescendo que, si se deja crecer, solo puede terminar en una nueva guerra mundial, en un apocalipsis nuclear que, como siempre, los dirigentes verán cómodamente apoyados en las barandillas de sus bunkers de lujo y los y las ciudadanas de siempre, serán los chivos expiatorios para más gloria de los bolsillos de quienes solo son mercaderes avarientos.
16 de abril de 2024

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