Tiempo de narcisistas

11 marzo, 2024. 12:45

Por alguna peculiaridad de la naturaleza humana, periódicamente, el narcisismo alcanza las alturas del poder y desde allí se precipita en suave chirimiri, calabobos sería una acertada denominación, una fina llovizna casi imperceptible, que acaba por empapar desde la nube virtual, a todo el aparato social. Desde un ignorante vicepresidente taurino-castellano, hasta la alcaldesa del ultimo municipio pirenaico son contagiados por este patógeno mental y a su vez se convierten en agentes de contagio colectivo consiguiendo la adhesión sin fisuras de toda su red clientelar.

Del narcisismo patológico de las alturas que habitan los que gustarían de gobernar por la gracia de dios, deriva la frivolidad de unos lemas fáciles de acomodar en cerebros poco dados a la reflexión, un ejercicio de banalización creciente que acaba por naturalizar el pensamiento retrógrado como póliza de seguro ante los vaivenes de la vida. En este trajín de egos hiperventilados, las ideas se evaporan y pierden el aroma de su significado. Libertad, sostenibilidad o democracia caen en una especie de saciedad semántica, en una dolencia neurológica colectiva que ocurre por repetición de las palabras que acaban por perder su significado propio y prestar su voz a la idea opuesta.

La historia reciente, por no recurrir a los clásicos, da ejemplos solemnes de este comportamiento que consigue captar la voluntad de las gentes a través de un discurso visceral, primario y plenamente estúpido que proyecta la necesidad de un cambio imprescindible llamado a resolver todos los males del mundo. Gente que sabe mucho más que este librepensador relaciona este proceso con “la globalización del yo”, que tiene que ver con esa cultura invasiva de selfies constantes o de difusión banal y gratuita de privacidades que termina por generar un conformismo entre las capas sociales menos favorecidas que se alejan de un mínimo sentido crítico para presumir de equidistancia y apoyar por la vía de los hechos y de los votos al narcisista más cercano. Y así en una cadena perversa: de la trivialidad a la banalidad para terminar en el narcisismo.

jesus samperiz
En soledad, Pilar Iturralde (2024)

Situar esta patología en la geografía nos llevaría más líneas de las que el lector está dispuesto a leer. La inmensa dosis de indignación por los asesinatos cotidianos de Gaza, Yemen, Sudan, Afganistán o Ucrania realizados por la primera división mundial del narcisismo patológico, no debería librarnos de lidiar con los narcisismos más próximos. Ahora que se cumplen 20 años de los atentados de Atocha, no estaría de más ponerle nombre a los mentirosos que lejos de someterse a una terapia psiquiátrica se han reproducido en todas las instituciones como verdaderos profesionales de la falsedad ante la complicidad de mucha gente que prefieren abundar en su mentira personal, tenazmente construida desde el espectáculo mediático, antes que buscar la verdad. Puede que sea fruto de los ciclos de la historia de los que se hablaba entre el siglo XVII y XVIII y ahora toca que una buena parte de la clase trabajadora opte por girar la sociedad hacia las tesis del narcisismo.

Los mentirosos se han esparcido por todo el tejido social. Están en las sedes de las empresas de energías renovables, en la Puerta del Sol de Madrid y hasta en las comarcas y ayuntamientos aragoneses en donde, a escala local, también son capaces de vestir sus desvaríos y falsedades de un verde suficientemente atractivo para tanta gente que, por alguna patología social, ha abrazado el daltonismo espiritual.

Cómo el librepensamiento nunca ha caído en el desánimo, solo podemos recomendar a quien haya llegado hasta esta línea, como ya hemos hecho en otras ocasiones, una lectura pausada de la actualidad y de la historia donde encontrar acomodo al eterno anhelo del ser humano.


Artículo publicado originalmente en el blog La ribagorzana.

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