Bailarle el agua

17 enero, 2024. 06:05
Fernando VII por Goya.

Deliciosa expresión para significar que alguien está tratando de adular, halagar, lisonjear, ser sumiso o complaciente con el fin de ganar el favor de una persona, generalmente principal.

Es la versión elegante de lamer cierta parte de la anatomía de alguien. Siempre pensando aquel que lame, aquel que le baila el agua, en que el bailado es persona del que, en su momento, podrá sacar ventajas.

Cuando paseo por mi algoritmo particular de Facebook y me detengo en determinados comentarios de personas consideradas “principales”, demasiadas veces las frases de respuesta les bailan el agua tan exageradamente que no puedo por menos que pensar que no hemos salido de la adulación cortesana y de bailes de salón tan habituales en nuestros siglos anteriores. Y esas personas, hinchadas en su ego, siguen, demasiadas veces, despotricando en su posición de pavo real sin que nadie les haga una sencilla indicación, no les aplaudan, “no les bailen el agua” para sugerirles, de esta forma y elegantemente, la bajada del pedestal.

Viene a cuento cuando se leen las diatribas intensas de algunos “popes” elevándose sobre el bien y el mal, insistir en el papismo como norma, elogiar su parloteo revolucionario, el mayor y el mejor de todos, pero, luego, en su vida diaria, en el ejemplo práctico de sus hechos, aquello que da marchamo a la palabrería, convivir alegres con los poderes que le darán fama y dinero, evitar cualquier presencia física en manifestación alguna por la defensa de aquello que proclama mientras esta no le suponga merma en su bienestar, presente y/o futuro.

Conozco −supongo que todos conocemos− personas de las tildadas de importantes, que truenan contra la casta política en general, sin particularizar, que anatematizan las múltiples listas partidistas de izquierda, generalizando en sus invectivas para encontrarlos ¡¡¡sorpresa!!! de repente, en la lista de un nuevo partido, aparentemente progresista, formado “ad hoc”. Personajes que ponen “verdes” a tirios y troyanos, pero sin aparecer nunca en manifestaciones ciudadanas en defensas sociales, contra la guerra. Apostrofando a las castas, pero compartiendo mantel y buenas palabras con gentes de poder, alcaldes o presidentes. O aquellas que pasan por la vida diaria, por las miserias y por las injusticias, por las matanzas y por las iniquidades, por las desigualdades y prevaricaciones y lo hacen sin mancharse un ápice. Dejándolas al margen para glosar, solo, el verde de los campos, el vuelo de la alondra o la maravilla de un pincel.

Y, lo peor, bailándoles el agua muchas, demasiadas personas, cuando pontifican desde su pedestal o ilustran desde su posición privilegiada.

Sinceramente, lo execrable no está, solo, en las actuaciones de personas que disponen sus egos para la confortabilidad de sus vidas, para subir en el escalafón o para rondar al dinero, personas que abundan mucho más de la cuenta por nuestros pagos. Lo pésimo está en la pléyade de cortesanos que halagan, adulan, buscan el favor de su limosna cuando sea la ocasión y, así como la exaltación de la caridad mantiene la desigualdad y el privilegio, “bailarles el agua” lo que hace es conservar los pedestales de tales personas que siguen, fatuos, arrastrando sus costosas túnicas sobre los hombros.

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