Tengo un amigo imbécil. Quizás ustedes, menos afortunados, cuenten con dos amigos imbéciles. Puede que tres. Puede que incluso más. O puede que esté completamente equivocado y el infortunado sea yo, y ustedes no cuenten con ningún imbécil entre sus amistades. En ese caso, enhorabuena. Lo cierto es que el número de imbéciles circundantes es en gran medida aleatorio y, pese a los esfuerzos por desembarazarse de ellos, muchas veces su proporción está sujeta a criterios geográficos o meramente circunstanciales de los que es difícil librarse.
El imbécil de mi amigo desprecia las cuestiones mundanas. La degradación de la sanidad y la escuela pública le resultan ajenas. También la desigual presión fiscal que privilegia a los de siempre o las murallas erigidas para disuadir a los que no tienen nada. El imbécil desprecia el dolor ajeno. Y qué decir del calentamiento global y el deterioro del medio ambiente: cuestiones mundanas, falsos argumentos para doblegar la voluntad de los gentiles. Del mismo modo, las elecciones son parte de esa cotidianidad de bajo vuelo: otro engaño orquestado para entretener a los ignorantes. Así, si participa, lo hace apoyando a supuestos partidos antisistema (o eso cree él). Y si se abstiene, justifica su ausencia en la inutilidad del acto, negándose a ser partícipe de lo que considera una gran pantomima.
El imbécil de mi amigo es un iniciado en los misterios del mundo. Por eso, la superficialidad de lo real -o lo “aparentemente real”, que diría él-, le resulta insuficiente. Un mero lastre que opaca el conocimiento de la verdad. Nuestro paladín de la verdad ha permutado “la lanza en astillero” por la guerrilla del tweet, el meme reptiliano, el enlace al youtuber descerebrado de turno o la convocatoria más disparatada, preferiblemente en Colón. En esos angostos lugares se encuentra una verdad vedada para el resto de los mortales. Ignorantes, nos entretenemos jugando con las sombras que proyecta la realidad, desconociendo la arquitectura oculta que rige el mundo y nuestros humildes destinos. Pero nuestro imbécil, gracias a su inquieto espíritu y agudeza, sí que conoce esa tramoya de intereses, enrevesadas conspiraciones, organismos ocultos y verdades negadas. Por eso no puede ocultar su desprecio ante nuestra vida ignorante. Nos observa desde el altozano como hace el perro pastor recelando del rebaño sumiso. Nos ve masticar la yerba del prado sin que seamos capaces de levantar la vista más allá del horizonte. Por eso, y si el día ha sido propicio, junto a su desprecio nos regala cierta conmiseración, como el maestro que mira con ternura la lenta e imperfecta evolución de los primeros trazos escritos de sus estudiantes. El imbécil de mi amigo piensa que los imbéciles somos todos los demás.
Los finos hilos que unen todavía nuestra amistad se reducen a memorias de adolescencia. Viejas historias que se repiten cíclicamente y que confirman el paso de los años. Nostalgia, en definitiva, que al quedar sujeta al pasado no deja incorporar nuevas experiencias ni nuevos afectos. Al menos la nostalgia nos protegía del imbécil que por entonces no había llegado a nuestras vidas.
Lo cierto es que mi amigo no siempre fue así. O eso creo. El imbécil empezó a manifestarse de manera aguda durante el confinamiento. Entró en su vida una mañana de marzo y desde entonces ya no le ha abandonado y cada cierto tiempo ocupa una habitación más de su casa. Desde la protección del hogar y mientras Ayuso condenaba a miles de ancianos a morir en las residencias, el imbécil de mi amigo empezó a solidarizarse con los que entendían la mascarilla como un “bozal” que mutilaba su libertad. Quizá animado por la claustrofobia, el imbécil se rebeló -eso decía él- contra el confinamiento con un argumento contundente: todo era falso. Un gran trampantojo para obligarnos a permanecer temerosos en nuestras casas mientras oscuros poderes de difusa localización manejaban el mundo a su antojo. Con la llegada de las vacunas su supuesto escepticismo rebosó cualquier previsión y, no sé si temeroso por nuestro futuro u orgulloso de mostrarnos la verdad revelada que había alcanzado, el imbécil de mi amigo saturó nuestras humildes vidas con infortunados carteles, memes y breves documentales pretendidamente científicos para alertarnos sobre el gran engaño de las vacunas. Otra compleja estratagema urdida desde remotos centros de control destinada a abocar a la humanidad a una dependencia mayor hacia el poder.
¡Qué vida más dolorosa la de aquéllos que, conocedores de las confabulaciones que gobiernan el mundo, son incapaces de convencer a la mayoría de sus semejantes!
Con el imbécil de mi amigo cualquier réplica a sus argumentos, cualquier señal de incredulidad ante sus proposiciones, se enfrenta al gesto altivo que nos juzga desde su superioridad como conocedor de los arcanos negados a la mansa mayoría de los no-imbéciles. Un iniciado no puede claudicar ante la ignorancia del neófito. Menos aún cuando los aviones que surcan los cielos nos fumigan con sus chemtrails, manejan el clima a su antojo y distribuyen quién sabe qué toxinas sobre nuestras cabezas.
Cuando mi amigo se queda callado -cosa que cada vez sucede más a menudo-, el imbécil dice que es libertario (al estilo USA) o anarco-no-se-qué. Dice que no cree en nada pero rebosa fe en sus funestas predicciones. Creo que son excusas para intentar dignificar su estupidez. Quizás en el fondo el imbécil de mi amigo intuye que es imbécil. Lo cierto es que tendría que preguntárselo, aunque me arriesgara a romper el hilo de nostalgia que todavía sustenta nuestra amistad.
Creo que mi amigo tiene mucho miedo. Un terror pegajoso al futuro, a caer en la precariedad, a convertirse en un número anónimo. Tiene miedo a que le digan que es pobre. A darse cuenta de que es pobre. De que sin el trabajo de sus manos no tendría pan que llevar a la boca. Ese miedo alimenta al imbécil de mi amigo. En medio de sus temores, el imbécil lo protege de la incertidumbre. Le da valor. El imbécil hace que mi amigo sea partícipe selecto de la verdad que sólo el resto de imbéciles comparten. El imbécil le ofrece distinción: parecer ser algo que no es. Lo convierte en profeta del caos, pero profeta al fin, que ya es algo. Creo que el imbécil se está comiendo a mi amigo, poco a poco, con una voracidad parsimoniosa y constante.
El gran Carlo Cipolla señalaba en su Segunda Ley Fundamental que, pese a las apariencias, la estupidez humana se encuentra uniformemente distribuida según una proporción constante. A veces dudo de Cipolla. Porque el imbécil de mi amigo no está sólo. Hay una tropa de imbéciles afilando su estupidez contagiosa y destilando nuevos venenos. Llegan a reconocerse cuando cruzan las miradas y, como secta mistérica, comparten una estructura mental similar, unos miedos parejos y mismos argumentos esotéricos. Y lo aterrador es que algún día la anécdota se convierta en categoría.





