Los poderes ocultos

18 mayo, 2023. 06:57

Trabajo-estudio a propósito de un mundo que se aproxima.

La mayoría de las veces, y es comprensible, creemos que el culmen de poder está en las cúspides políticas, en los gobiernos correspondientes, en las cúpulas de algunos partidos o de algunas organizaciones como las judiciales y ahí nos detenemos.

Así debería ser si la democracia, siquiera fuera la formal, estuviera, de verdad, en el fondo de ese poder representativo de los ciudadanos.

Pero no es así. Por muy crédulos que lleguemos a ser, aquello de que “la justicia es igual para todos”, cínica declaración de un ladrón redomado, no se cree por mucho que nos lo juren. Sabemos, intuimos, que hay personas por encima del bien y del mal que “manejan los hilos”, detrás de los que aparentan ser los que los cortan.

Pero, además, está el hecho mismo de la realidad democrática. Una democracia −estamos hablando de los estándares occidentales− que se limita, cada vez más, a votar cada cuatro o cinco años sin que, fuera de ese voto, el ciudadano/a pueda tener un poder real, formal, de cambiar cosas importantes en ese lapsus −terra nullius− de cinco años sin aquella mediación partidista. Es en el período inter votaciones cuando esos partidos tutelados mienten, incumplen, roban, cambian promesas impunemente, se burlan del electorado, para volver a poner cara de bueno cuando llegue otro período electoral.  Después, el actual sistema publicitario, medios que son propiedad de media docena de poderosos, estarán dispuestos a encapsular, ahorquillar, redirigir las ideas generales de los gobernados, hace el resto. Y el resto, simplificando, es la percepción como normativa de que “beber cerveza es la libertad soñada”.

Actualmente, hay dos grandes organizaciones que quieren manejar el mundo. Dejaremos al margen una oscura y famosa Trilateral en horas bajas, pero cuyos objetivos eran idénticos: salvar privilegios y conducir al mundo por la trocha capitalista de libre mercado, con beneficios para pocos y los mismos. Hay una Organización, aparentemente más transparente, la reunión de Davos anual, otra mucho más secreta y selecta, aunque los objetivos sean parecidos. Los de Davos, intentan conducir al mundo, a sus principales derivas, a sus problemas, con soluciones de empresa. Tratar todos los temas con una perspectiva empresarial en la que está presente, claro está, un asunto tan crucial en la sociedad capitalista como son es el capítulo de los beneficios.

Los de Bilderberg, más tétricos y turbios en su apariencia, son parecidos: dominio del mundo mediante el reforzamiento del capitalismo de libre mercado. Aquí, se va más allá: mandar con mano de hierro en todo el planeta. Eso sí, con muchas ganancias para los integrantes del club, por supuesto. En síntesis, su ideología son los beneficios.

Sabemos un poco más de Davos. En la última reunión de enero en la ciudad suiza, 2.500 influyentes personalidades se reunieron para tratar de manera empresarial los principales problemas mundiales. La energía, la guerra de Ucrania, la inflación, el cambio climático, la geopolítica, el desarrollo sostenible, se trataron con mentalidad de empresa. Entre esos 2.500 personajes, políticos, empresarios, representantes de grupos de inversión, realeza, medios de comunicación y organizaciones diversas, acudieron Ana Botín, Álvarez Pallete, Sánchez Galán, Carlos Torres, Ion Imaz, Fco. Rainés, Rafael del Pino, Maarten Wetselaar o Carlos Núñez por parte de empresas más o menos españolas (Santander, BBVA, Telefónica, Iberdrola, Repsol, Naturgy, Ferrovial, Cepsa, Prisa). Vamos, la crème de la crème.

En realidad, malas lenguas dicen que, además de controlar que este mundo no desbarre respecto a la entronización del capitalismo de libre mercado, llámese salvaje o neoliberal, la finalidad principal de estos saraos, conferencias, cenas, comidas, camas compartidas o suplidas, es la de hacer negocios, de país o de empresa −muchas veces no hay separación−, una gran Feria comercial. También la de chupar cámara, postureo, colgarse medallas o representar, rendirse algunos a la vanidad y creerse importante.

Lo que ocurre es que, en el fondo, los que manejan a los manejadores de Davos son los mismos, en esencia, que los que manipulan los hilos de Bilderberg. Y esos, casi siempre, están entre bastidores.

Bilderberg inquieta más. Su propósito declarado en negro sobre blanco, algo que nadie ha negado, es el de hacer un nudo entre Europa occidental y los Estados Unidos en oposición frontal a Rusia y al comunismo. Club más secreto y selecto que el de Davos, está compuesto por tres círculos distintos, como en cualquier organización secreta que se precie. Los sabios, primero de ellos, engloba a los socios fundadores, a los que sigan, todavía, vivos y coleando sobre el planeta. Con mucha gloria y honor, pero menos poder que el siguiente círculo, el ejecutivo de verdad: el directivo formado por un grupo de 33 miembros. Posteriormente, está el círculo de invitados que pueden repetir, o no, en sus reuniones. Ahí llegan hasta un total de 130 personas, aproximadamente.

Evidentemente, Bilderberg es más parecido a una secta, a un poder oscuro en el que los sabios y el comité directivo juegan a repartirse el mundo. En sus reuniones no hay periodistas ni ruedas de prensa, tan solo comunicados cuando les parece. Por supuesto, sus selectas reuniones están repletas de cenas con seis o siete tenedores en la mesa, otros tantos cuchillos y no menos de tres cucharas por delante.

Algunos de los invitados españoles en 2022 fueron Pablo Casado −sí, ese mismo, el defenestrado−, José Manuel Albares, quizá fuera pareja de hecho con Mohamed VI, y Carlos Núñez, el omnipotente de PRISA. Aquí, los invitados se seleccionan más. Algún banquero no incluido en su comité directivo, miembros de la realeza con muchos activos, financieros internacionales, algún político y muchos dueños de medios de comunicación. ¿Quiénes son invitados frecuentes? Lo normal, banqueros como la dueña del Santander y otros parecidos, personajes producto de espermatozoides seleccionados como Sofía o la extinta Isabel de Inglaterra, Bill Gates, Jeff Bezos…, gente así, normalita.

El verdadero galimatías a resolver son los nombres y apellidos de los sabios y, sobre todo, del llamado comité directivo. Cerrados a cal y canto, algunos de los nombres que se deslizan apuntan a Rockefeller, Morgan, Kissinguer, Ford, quizá Donald Rumsfeld o Peter Sutherland, Rothschild, Murdoch, Dupont, Arnault, Beatriz de Holanda… Como todo el mundo deducirá, gentes que no tienen un sitio donde caerse muertos, de lo que disponen es de cientos, miles de lugares en los que vivir o morir.

Si pasamos a las individualidades, el terror puede alcanzar alturas épicas. Las mayores fortunas “oficiales” −sin contar fondos enterrados en sus verdaderos paraísos− marean de tantos ceros. * Bernard Arnault (214.000); Elon Musk (178.000); Jeff Bezos (126.000); Larry Ellison (112.000); Bill Gates (104.000); Warren Buffet (108.000); Mark Zuckerberg (97.000); Carlos Slim (92.000); Larry Page (86.000); Mukesh Ambani (84.000); Sergey Brin (86.000) y Françoise Bettencourt (82.000). (*Todas las cifras dadas en millones de dólares)

Entre esas doce fortunas, la cifra oficial −sin contar, repito, lo que cuelgue en los paraísos fiscales a mogollón− es de 1.369.000 millones de dólares. Por comparar, el PIB español fue de 1.328.000 de euros en 2022. Así que, más o menos, las fortunas de doce personas son equivalentes a todo el PIB de un país principal europeo de casi 50 millones de personas. O el de México, país con 126 millones de habitantes, PIB de 1.343.000 millones de dólares. Si se prefiere, once veces el PIB de un país como Marruecos con casi 40 millones de habitantes.

Esos doce privilegiados seguirán con el deseo de mantener privilegios, cualquiera de ellos podría estar, muy cómodo, en el comité directivo de Bilderberg. Entre ellos hay ocho americanos, dos franceses, un hindú y un mexicano.

Si olvidamos las individualidades y pasamos a algo oscuro, más parecido a secta con corazón de plomo y cerebro de oro, como son los fondos de inversión, el panorama es mucho más sombrío. Será, entonces, cuando llegamos a comprender quién manda, realmente, en este planeta llamado Tierra. Al menos, quién lo pretende.

Los diez mayores fondos de inversión mundiales, ocho de ellos americanos, uno suizo y otro alemán, acumulan activos por valor de 40,6 billones de dólares. Es decir, fondos capaces de multiplicar por treinta el PIB español o por 350 el PIB de Marruecos. Los nombres, por orden de valor activos, son los siguientes (cifras, billones de dólares):

Black Rock (7,90); Vanguard (6,60); Fidelity (3,45); UBS Group (3,70); State Short Global Advisors (3,18); Morgan Stanley (2,65); Allianz Group (2,52); JP Morgan Chase (2,51); Capital Group (2,04) y Bank of New York Melton (1,96).

Los anteriores fondos privados comparten activos, a distancia, con los fondos de inversión soberanos, es decir, fondos gestionados por gobiernos. Los principales son el Noruego, con 1,23 billones, el Chino CIC, que gestiona 1 billón de dólares y el de Kuwait que lo hace con 0,7 billones.

Ahora, ya estamos en condiciones de adivinar el funcionamiento de los poderes en las llamadas democracias occidentales, Europa, América del Norte, Japón, Australia, Nueva Zelanda y pare usted de contar. Los gobiernos surgidos de las urnas, tuteladas por los poderes oscuros y las grandes cadenas de información, responden, en su inmensa mayoría, a servidores de aquellos, con más o menos hilos de marionetas. Y funcionarán sin sobresaltos en el tiempo, siempre que defiendan los mismos objetivos que los tres grandes suprapoderes comentados: Trilateral, el foro de Davos y, sobre todo, el Club Bilderberg. Y en la cúspide de todos ellos, en lo más alto de todo, los hombres y mujeres que gozan de inmensas fortunas capaces de comprar empresas, sistemas de salud, televisiones, voluntades, armas, gobiernos o todo a la vez. Hombres y mujeres que, a la vez, están en la sombra dirigiendo foros, clubes y fondos de inversión. Porque son los mismos en el fondo.

Hombres y mujeres que matarán, fabricarán guerras, derrocarán gobiernos, comprarán ejércitos, encarcelarán, si ven peligrar sus metas de siempre: continuar con inmensos privilegios, estar por encima del bien y del mal, seguir acumulando beneficios ingentes. Todo esto a la vez que defienden, con uñas y dientes, los instrumentos para seguir haciendo “cash”: el capitalismo de libre mercado. Plutocracia −cuanto más salvaje o neoliberal mejor− para dar mayores y mejores resultados en sus balances.

Al tiempo, como una buena parte de poderes individuales y colectivos proceden de la acumulación de dinero dentro de las paredes de una sola potencia, Estados Unidos, defenderán de la misma manera la conservación del mundo unipolar actual: el que está liderado y gobernado por el “imperio” al toque de corneta del séptimo de caballería.

Ese es otro de los motivos para entender, por ejemplo, la guerra en Ucrania y la que seguirá con China, vía Taiwan. Estos poderes sombríos no admiten −ni siquiera la posibilidad− su final, la llegada de un mundo multipolar, uno en el que haya varios polos de atracción y de poder. El regido por el imperio USA y su fiel servidor, la OTAN, está reculando y transformándose en otro en el que la India, China, Brasil, Sudáfrica, América latina o la Federación rusa tienen cosas que decir al mismo nivel, con la misma potencia de voz, con mayor autoridad, con mayor peso, valía y prestigio.

Europa podrá ser uno de los polos si se quita el peso que significa ser dominguillo de los Estados Unidos y de la OTAN. Si decidiera tener vida, visión y desarrollo propio. El mundo unipolar se derrumba a más o menos rapidez: el del dólar, del imperio, de sus acólitos englobados en la OTAN, el mundo de la globalización, el de la concentración, el de la infinita desigualdad. Un mundo en el que los poderes elegidos, con mayor o menor limpieza, por votaciones, son puras marionetas movidas, hasta ahora, por esos poderes en la sombra. Un mundo en el que los propios poderes formales estadounidenses son títeres, igualmente, de esos mismos Robures −creídos dueños del mundo− cada vez más ricos, cada vez más egoístas, cada vez más insensatos y cada vez en menos manos.

Esos dos mundos posibles, el que se está derrumbando y el que alumbra, están en disputa. Los poderes fácticos de ambos pelean. Uno con la desesperación del que no quiere morir, el otro con la esperanza del que nace. Lo peor, los miles de millones de gentes corrientes que estamos en el medio si seguimos sin saber hacernos oír y escuchar. Lo peor, un planeta que no dispone de mucho más tiempo para asegurar su futuro y el de la vida que contiene.

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