Nadie quiere paz

12 mayo, 2022. 12:47

Al menos, de los actores que marcan los “tempos” de la guerra. Al cabo de dos meses y medio de un conflicto bélico que todos desean prolongar —ni Estados Unidos o Ucrania, ni la OTAN ni Europa, tampoco Putin, desean sentarse en una mesa de negociación—, es algo que salta a la vista a pesar de la continua y machacona insistencia de los medios de comunicación occidentales de plantear la contienda como algo entre buenos y malos.

Y no, aquí, en esta guerra, todos son malos. Los únicos buenos son los que la sufren y, como en todas, son usados para tener carne de cañón barata con la que comerciar y obtener ventajas tácticas, ventajas propagandísticas o ventajas comerciales.

Probablemente, intentar explicar la cara oculta de esta guerra que nunca debiera haber empezado —lo mismo esta que cualquiera de las existentes, más de dos docenas, o de las centenares que se han desarrollado solo en los últimos 70 años— conlleva más riesgos que ventajas. Tan solo el redoble de conciencia que diría Blas de Otero empuja a dar una visión distinta de la que todos los medios, televisiones, radios, prensa, al menos todos los importantes, dan con aplastante uniformidad goebbeliana.

Callarse es mucho más sencillo, menos arriesgado ante la crítica fácil. También es más cobarde.

En esta ocasión no voy a dar cifras, datos, fechas. En escritos anteriores lo he hecho y se puede ir a ellas en todo momento. Hoy, voy a emitir una visión basada en evidencias, en declaraciones de personas al margen de las noticias uniformadas con las que intentan marcarnos, a todos, el mismo paso con orejeras. Opiniones del papa Francisco, de Mélenchon, de Lula da Silva o mis propias reflexiones serán en las que me apoye, al cabo de semanas de seguir el conflicto contrastándolo en todo lo posible.

La primera afirmación, pese a las huecas palabras de personajes patéticos como Ursula von der Leyen, Borrell o una docena más de individuos que aspiran a ser comparsas de la OTAN, es la que rubrica el título. Quizá, rizando el rizo, de los actores principales, el que más se acerca al objetivo de una mesa de negociación, paradójicamente, es aquel que la comenzó: la Rusia de Putin.

Para dejar meridianamente clara mi posición, repetiré que rechazo, tajantemente, el escenario principal: la invasión de Ucrania por Rusia. Cierto es que ocho años de guerra en el Donbass, que 14.000 civiles muertos por batallones nazis como el Azov y otros con la cobertura del ejército ucraniano, que reiteradas promesas incumplidas por el gobierno ucraniano (protocolo de Minsk) —por cierto, salido de un golpe de estado que se llamó “revolución naranja”—, la inminente y prevista incorporación de Ucrania en la OTAN, además de otras siete integraciones de países que, en los compromisos pactados entre Yeltsin y Estados Unidos, se dejaba claro que nunca se iban a producir, explican parte de lo sucedido.

Esto es así y cualquiera que intente saber la verdad no tiene más que acudir a fuentes diversas que avalarán todo ello. Dicho lo cual, condeno la invasión y condeno la guerra de la misma manera que condeno a todos los individuos que la han hecho inevitable. Por supuesto, incluyendo a personajes como Putin, con rasgos mesiánicos y nacionalistas y al filo de pensamientos totalitarios.

Pero condeno, con la misma firmeza, a individuos sin escrúpulos como Zelensky que impulsó la proliferación de milicias nazis hasta un total de cien mil hombres perfectamente armados. Un presidente ucraniano aupado al poder gracias al dinero de Georges Soros o de Igor Kolomoisky, los mismos que financiaron el golpe de estado de 2014.

Un individuo que, pese a sus falsos anhelos de paz, no se quiere sentar en la mesa de negociaciones y fía a la prolongación de la guerra, a la prolongación del estado de guerra, su ascendiente y su porvenir. Individuo al que las muertes de sus civiles le importan tan poco como a Putin, a Biden o a los estadistas europeos que, con una de sus dos lenguas, dicen que desean la paz mientras que con la otra incentivan y prolongan la guerra.

Y condeno a Biden por lo mismo: no desear la paz y confiar en que la prolongación de los combates debilitarán a Rusia y, de paso, a China, que es su principal objetivo. Si creyera, de verdad, en la paz, haría tiempo que habría establecido una reunión al más alto nivel entre Putin y él. A Estados Unidos le viene bien la guerra.

Además de extenuar a Rusia casi gratis puesto que los muertos son, serán los ucranianos y no los norteamericanos, hace un excelente negocio con su gas licuado desplazando al gas ruso. Pero, además, los grandes valedores de republicanos y de demócratas —el dinero no sabe de banderas—, los que manejan los hilos en el país de las barras y estrellas, el oligopolio del armamento, llena sus bolsillos hasta reventar a costa de ingentes envíos de armas, cada vez más caras y sofisticadas, para prolongar la guerra.

Europa, en esta y en muchas ocasiones como en la guerra de la OTAN contra la antigua Yugoslavia, es un títere, otra marioneta de la OTAN, instrumento ofensivo que debiera haberse disuelto hace mucho tiempo, al menos ser ajeno por completo a los europeos. Continente que será el gran perdedor de esta guerra. Tanto por su localización como por sus consecuencias. Serán sus países los que sufrirán la inflación, las pérdidas de PIB, el descenso de desarrollo. Y cuando se dice Europa, lo que se quiere decir es el pueblo llano. Los de abajo, tanto da que sean españoles como checos, italianos o franceses.

Aquí, lo mismo que en Rusia, Ucrania, Estados Unidos o en Canadá, los ricos saldrán de ella siendo más ricos y los pobres más pobres, sin distinción de nacionalidades. El gas de Estados Unidos será más caro pero dará igual: Repsol, Endesa, Iberdrola y las empresas de armamentos, lo mismo las españolas que las francesas, suizas, italianas o inglesas se forrarán. Se están forrando.

En todas las cancillerías, en todos los gobiernos, las víctimas civiles solo sirven como moneda de cambio. A más muertos, más armas, más verborrea, más deseos de prolongar las batallas, más encono y más posibilidades para los que, realmente, ganan mucho dinero con los muertos.

Y mientras, barbaridades de ambos bandos. Y eso no excusa ninguna de ellas. Sospechosamente, silenciadas por completo las ucranianas en todos los medios informativos, incluso en los públicos. Tiros en la nuca ha habido por parte del ejército ruso como por parte de las milicias nazis ucranianas. Violaciones las ha habido en los dos bandos. Hay que recordar que una tercera parte de Ucrania se siente rusa, habla ruso y está con Rusia: Crimea, las regiones del Donbass, Donetsk y Lügansk y el litoral del mar Negro. Impacta, favorablemente, el escaso número de muertos civiles que la ONU ha dado como fiables.

Todas las muertes son irreparables, aunque solo fuera una. Pero destaca su escaso número comparado con el de los militares muertos de ambos bandos y la destrucción generalizada. Solo tiene una explicación: hasta ahora, y esperemos que sea la tónica, el ejército ruso emplea armas de baja intensidad y objetivos muy focalizados. Emplear armas de alta intensidad e indiscriminadamente hubiera dado lugar a que los muertos se contaran por centenares de miles. Solo hay que comparar con las cifras de muertos civiles en Vietnam (3 millones de vietnamitas y 400.000 más entre laosianos y camboyanos), en Yemen (375.000 hasta la fecha), en Irak (un millón), en Siria (400.000) o en Serbia (100.000) por el ataque de la OTAN, por ejemplo.

En esta guerra, no hay buenos y malos. Todos los actores, principales y secundarios, son malos puesto que nadie quiere su paralización. Los beneficios que se embolsan quienes siempre se hacen ricos con los muertos son muchos por cada día que sigue, las ambiciones geo-estratégicas de ambas partes son de grado superlativo, los estadistas europeos están, en su mayoría, enfangados por la corrupción, por los oligopolios formados o por el papanatismo que los lleva a posiciones seguidoras de la OTAN y de Estados Unidos en vez de crear una Europa autónoma e independiente.

Al final, la verdad prevalecerá. Una verdad que, curiosamente, defiende el Papa Francisco y se silencia en los medios. Una verdad que insiste en la maldad de todos los contendientes, del escaso, por no decir nulo, deseo de paralizar los combates por parte de nadie, de la gasolina que se va añadiendo al fuego por parte de terceros países como Estados Unidos o Europa en vez del intento por apagarlo. Una verdad en donde aparecerá la cruel y cruda realidad: todas las guerras, esta también, tienen un componente de negocios a escala básica —rasca en esta, en cualquier guerra, y observarás el negocio y la mentira. La reconstrucción de Ucrania la harán los mismos que se hartan de beneficios destruyendo.

Habrá gentes, con nombres y apellidos, que habrán ganado cientos de millones de dólares gracias a los muertos, a los civiles reventados, a los millones de desplazados, a las mujeres violadas, a los niños asesinados. Porque, gracias a esos horrores, millones de dólares diarios entran a los bolsillos de desaprensivos que quieren, que intentan, que desean que la guerra dure lo máximo posible. Y millones de europeos, en vez de exigir la paralización del conflicto en las calles, escuchando, y creyendo, las verdades a medias de los medios, todos a una. Sospechoso esto último, ¿no? E individuos deseosos de prolongarlo al margen de los muertos, personajes que no tienen nada de buenos como Zerensky, Biden, Macron, Johnson, Trudeau, Borrell, von der Meyen y los demás comparsas. Por supuesto, también Putin y los oligarcas rusos que lo apoyan.

Las gentes normales, las de todos los países, las gentes que son, somos, las que perdemos con las guerras, con cualquier guerra; que son, somos, los muertos de la guerra, de cualquier guerra, lo que deberíamos hacer es, primero contrastar las informaciones y separar el trigo del cornezuelo en los medios, máxime en aquellos que son de los mismos que se enriquecen con conflictos y que, curiosamente, todos dicen lo mismo al unísono. Lo segundo sería exigir, manifestar, clamar para que se inicien, de inmediato, las necesarias negociaciones de paz. Tal como personajes tan poco sospechosos de amistad con Putin como Lula, Melenchon o el papa Francisco, piden.

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