La poesía y la música son alimento para el alma, nos tocan el corazón y en casos extraordinarios van más allá y nos funden en un espacio colectivo donde no caben los otros dónde nos reconocemos parte de algo más grande, deudores de un camino que otras personas desbrozaron y que nos interpela; y por eso la cultura es mucho más que una actividad económica (aunque lo sea y muy importante), es parte de lo que somos y lo que nos empuja a ser algo más.
La aceptación sin problema alguno por parte de Ciudadanos y el Partido Popular de la exigencia de Vox a dejar de financiar las actividades de la Fundación Labordeta, ha llegado con fuerza al gran público tanto dentro como fuera de la ciudad, incluso provocando que otras instituciones se ofrezcan a compensar el abandono, y nos alegra que así haya sido, pero no es más que la punta del iceberg de lo que supone un gobierno soportado por la ultraderecha.
El Ayuntamiento de Zaragoza ha mostrado desde su primer presupuesto, el de 2020, que ni la inserción laboral, ni la acción social comunitaria, ni el respaldo a iniciativas ciudadanas en defensa del medio ambiente son su prioridad por lo que ha cedido y recortado proyectos tan valorados como los convenios con la Asociación Aragonesa de Empresas de Inserción o las asesorías para personas inmigrantes que ofrecían los principales sindicatos, y borrado el mapa la dinamización de los espacios naturales de la PAI o la divulgación y promoción de la alimentación sostenible de UAGA.
En el 2021 el recorte pasó a poda y la promoción del emprendimiento social de la mano de la Universidad de Zaragoza, la inserción laboral desarrollada por Atades, la solidaridad, la cooperación e incluso el voluntariado sufrieron su acción, teniendo en muchos casos que recurrir a iniciativas sociales de apoyo a su financiación.
Lo sucedido en 2022 es la culminación de un proceso de aniquilación de las pocas iniciativas de apoyo a la cooperación internacional y a la cultura, entendidas como procesos de colaboración con la sociedad civil que se organiza para atender colectivamente situaciones que entiende complejas pero imprescindibles. 30 convenios han desaparecido del presupuesto en esta corporación.
Y todo esto se ha hecho con la validación de un Alcalde que afirma sin rubor que todas las exigencias de Vox eran perfectamente asumibles por su partido y por Ciudadanos, que no ha dudado en sustituir algunas de estas líneas de financiación por otras más afines a sus postulados como el apoyo a movimientos antiabortistas o la invención de un servicio de apoyo a propietarios que puedan verse afectados por situaciones de ocupación una vez cerrada la oficina municipal de apoyo a las personas desahuciadas.
Y no, no es tan sencillo como afirmar que la ultraderecha plantea nuevas guerras culturales, rompiendo consensos, mientras la derecha tradicional mira a otro lado (quizás agradecida se salir de espacios en los que nunca se sintió cómoda), entretenida en lo que realmente les importa de la política municipal: facilitar el negocio de la iniciativa privada y las operaciones económicas que ponen al servicio de lo privado lo público, como muestran la operación del hospital privado, la residencia universitaria o el despertar del proyecto Romareda que ni siquiera las vecinas y vecinos consideran importante.
Lo de la Fundación Labordeta es la punta del iceberg de una dinámica de destrozo de lo social y lo comunitario entendidos como innecesarios por una parte y por otra, como imprescindible etapa para inculcar el miedo, porque para que el miedo y la desconfianza empapen la vida social de la ciudad es preciso que nos sintamos solas, que seamos persuadidos de que el “otro” es un riesgo, un peligro, una amenaza esperando que nos abandonemos en el buenismo para apoderarse de la normalidad, y proyectos de mediación comunitaria, economía social, amparo y apoyo a las personas inmigrantes, iniciativas de ocio y cultura sanos para los jóvenes, visibilidad de la multiculturalidad y la diversidad, el reconocimiento a quienes dedican parte de su tiempo a los demás, en definitiva todo lo que ayuda a quien se ve obligado a vivir en los límites y todo lo que nos ayude a sentirnos comunidad debe ser erradicado.
La libertad del canto de Labordeta nos ha hecho más humanos, más valientes y mejores y entonarlo en la Plaza del Pilar al inicio de las fiestas también nos ha hecho más orgullosos de ser ciudad, de ser Zaragoza. Y esa libertad va más allá del individualismo de las cañas y los bocadillos de calamares como defienden en Madrid, es una libertad que cala dentro y empuja a dar la mano, es un peligro para Vox y una molestia para quienes apuran su tiempo de hacer negocios o facilitarlos a la familia.






