Día sí, día también, al leer la prensa, escuchar a popes de movimientos culturales, ver muros en Facebook de primeros “espadas” en el pequeño mundo cultural de nuestra inmortal Paletonia, me viene a la cabeza esa denominación tan hermosa que se acuñó a fines de los años sesenta, cuando los trabajadores y aquellos que lo hacían aportando sus conocimientos unieron sus esfuerzos para mandar al garete a una dictadura sangrienta.
Se acuñó este término, “trabajadores de la Cultura”, coreado, incluso, por uno de los grupos musicales que lo entendió así, “La Bullonera”. Esas personas, con la inmensa suerte de haber desarrollado más conocimientos gracias a muchas circunstancias pero, sobre todo, a las evidentes desigualdades sociales, ponían sus cualidades a trabajar —periodistas, escritores, músicos, escultores, actores— junto a una buena parte del resto de protagonistas de la sociedad —obreros de la industria y la construcción, trabajadores de la medicina, de la enseñanza, del comercio, funcionarios—, para avanzar hacia una sociedad cada vez más justa, libre e igualitaria.
Leyendo, escuchando hoy a una porción de personal que emplea, de alguna manera, su intelecto en la consecución de los anhelados garbanzos para la olla, el concepto del título se cae, estrepitosamente, al abismo de la ligereza, el esnobismo o la presunción, de la petulancia. Seguramente, muchos de ellos, vocingleros de la denominada “buena sociedad” —que no es otra cosa más que personal con mucho dinero o prosopopeya, ganados, casi siempre, de forma poco limpia—, se horrorizarían si se estamparan la locución “trabajadores” a su cometido.
Cantar al amor, a la primavera, al cielo y a las rosas es sublime. Importa mucho hacerlo para demostrarnos a nosotros mismos que el sentimiento trasciende la tozuda realidad. Pero cantar al amor, a la primavera, a las rosas y, además, lograr que la poesía o el escrito, o la música o el artículo o la escultura, sea “un arma cargada de futuro” como decía Celaya, creo que es un deber de aquellos que pudiéramos ser, con orgullo, “trabajadores de la Cultura”.
Voy caminando por el último tramo de ese sendero que se hace camino al andar y, cada metro que avanzo, me afirmo en tener versos de Machado o de Gabriel como cabecera:
Nuestros cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno…
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
En un mundo en el que un solo individuo tiene más patrimonio que muchos países, en un mundo en el que imágenes como la de Aylan, el niño sirio de tres años ahogado por querer otra vida mejor, se repiten para olvidarse con mayor rapidez, en un mundo con desequilibrios tan injustos como evidentes, un planeta que se puede ir al garete a causa de la avaricia de pocos, en este cosmos paletón en el que los “trabajadores de la Cultura” deberíamos arriesgar parte de nuestra comodidad para denunciar y mancharnos, no puede ser ético que solo se cante a las palabras hermosas, al amor y a las rosas, a lo bonito, a la primavera y se olvide la denuncia. Parte de nuestras palabras, imágenes, música o pinturas deberían ser compromiso.
No basta decir, desde la comodidad, que sí, que eso y aquello debería ser mejor, que esto y lo otro es una pena. Hay que decirlo claro, pero, también, tomar partido, manifestarse, actuar, comprometerse, mancharse, para evitar el ahogamiento de otros Aylan. Y por ello, desde aquí, con la humildad de mi palabra, maldigo a aquellos que, lavándose las manos, se desentienden y evaden en nuestro pequeño mundo cultural de Paletonia.
No vale decir en los elegantes corrillos que aquello está mal y, luego, en los matutinos Heraldos sublimarse solo con “la iridiscente luminosidad de su policromía trascendente que enciende todo cuanto rozan las alas celestiales de… “. No vale asentir que sí, que el medio ambiente está mal y, luego, cuando te ofrecen una tela para colgar en el balcón advirtiendo del cambio climático, rechazarla porque puede dar vergüenza que los elegantes vecinos que solo ven “chic“ poner en los balcones banderas rojigualdas, vean la señal de tu compromiso. No vale abominar de las grandes injusticias en corrillos con la boca diminuta y, luego, no usar el poder que se tiene, siendo persona influyente, para denunciarlas. Uno, si no se mancha, es cómplice de las injusticias.
Probablemente, este ácido comentario puede generarme alguna sorda invectiva; pero, quizá, pueda provocar sonrojo en alguno de los que creen en su posición de intelectual para estar por encima del bien y del mal, colocarse en su pedestal de mármol para hablar sin ensuciar su traje, recibir lisonjas y premios de los herederos de las fiestas de La Lonja sin colocarse en contra, decididamente, de los que impulsan la mentira, el odio, la injusticia y la desigualdad. Aunque ello supusiera que “las familias de bien” paletonas le tachen, con una cruz, de sus fiestas y saraos.






