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María José Galé: “Que tu mirada se enfrente con cuerpos distintos hace que se modifique lo que entiendes como la norma”

María José Galé es feminista. Trabaja en un Centro de Formación del Profesorado y en el Departamento de Didáctica de las Ciencias Humanas y Sociales y la Lengua y Literatura de la Facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza. Es autora del libro “Mujeres barbudas. Cuerpos Singulares”.
| 29 enero, 2018 07.01
María José Galé: “Que tu mirada se enfrente con cuerpos distintos hace que se modifique lo que entiendes como la norma”
María José Galé en La Pantera Rossa. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Una intensa luz blanca parece que inunda todo el espacio de La Pantera Rossa. Durante la sesión de fotos, una bandera de España que cuelga en un balcón frente al escaparate le pone a Pablo en serias dificultades para conseguir un buen encuadre. Comienzan a rodar los números en el registro de la grabadora mientras va recogiendo el tono de voz de María José, suave y grave a la vez, pausado, muy agradable de escuchar.

¿Qué camino te llevó hasta las mujeres barbudas?

En torno al año 98 empecé a hacer unos cursos de doctorado donde daba clases una profesora de la Universidad que se llama Elvira Burgos. Entonces ella planteaba la propuesta feminista desde el punto de vista de Judith Butler, que es una filósofa estadounidense que cuestiona las nociones de lo que conocemos como lo real. Esto me empieza a interesar mucho y no dejo de seguir ese hilo de pensamiento. Después hago Filología Hispánica y algo de Filosofía, y ahí es donde empiezo a pensar que a lo mejor podría hacer la tesis. En ese camino lo que me resulta bastante productivo es la idea de pensar en la filosofía desde el cuerpo, intentar utilizar la propuesta de Butler para pensar en esos cuerpos que vulneran la norma binaria de género tal y como es concebida en la actualidad. Se me ocurrió plantear algo sobre mujeres barbudas, pero no una tesis, por supuesto. Y hablando un día con mi madre me dice “¿por qué no haces la tesis de eso?”. Y unos días más tarde teniendo una conversación con Elvira, que después fue mi directora de tesis, le dije “mira lo que me dice mi madre, que haga la tesis sobre esto”, y a ella le pareció estupendo. Entonces empecé a buscar, a meterme en el tema.

¿En qué consistió el estudio que hiciste?

Sobre todo en recabar información. Primero elaborar una marco teórico, de matriz de lectura, que me permitía establecer la posibilidad de generar algún tipo de conocimiento desde los cuerpos. Porque el cuerpo tiene un elemento contundente, se presenta ante nuestra mirada, provoca pensamiento y modifica el pensamiento. Modifica las normas tanto como lo pueda hacer cualquier discurso teórico. Entonces, el libro se concentró en el asunto de las mujeres barbudas pero la tesis doctoral abarcaba bastante más.

Dinos algo de estas mujeres barbudas, ¿cómo era su vida?

Lo que sucede con algunas de ellas, como con Julia Pastrana, es que sus corporalidades no solamente están vulnerando la cuestión del binarismo sexual sino que, en algunos casos, vulneran también la cuestión de la raza. En un contexto estadounidense, lo que sucede con una persona procedente de Méjico y con una configuración corporal con mucho vello, es que se trata de asociarla con el ámbito de lo animal. De Julia Pastrana se hicieron muchas investigaciones. Ella hablaba dos o tres idiomas, tocaba el piano, hacía coreografías y sin embargo la llamaban la mujer-oso. Incluso, si tenía cierto comportamiento como desarrollar conductas amorosas hacia una pareja teatral, se planteó que era algo inmoral porque rozaba la frontera de lo humano.

Todas ellas tienen una vida muy complicada y, en algunos casos, también con la posibilidad de ser solventes económicamente a través del espectáculo o de algunos negocios en un momento en el que eso para las mujeres era muy difícil. Una de las más famosas fue Clémentine Delait. Cuentan los textos que se casó con un señor que tenía una panadería en el sur de Francia, y luego abrió un café. Se fue de viaje de novios con él por los pueblos de alrededor y entonces vio un circo donde había una mujer barbuda. Ya de vuelta estaba en el café que regentaba ella misma, atendiendo, y dijo “esta pobre señora que vi allí tenía muy poca barba, si yo me dejase la mía tendría más que mi hermano”, porque su hermano era un hombre muy barbudo. Entonces le hicieron una apuesta diciendo que sería imposible y se dejó la barba. Y cuando su marido murió, aprovechó para viajar por todo el mundo con su hija exhibiéndose donde ella decidía, en París, en Nueva York… Además, en aquella época a principios del siglo XX, estaba absolutamente prohibido travestirse y ella, que pertenecía a un club ciclista y con las faldas largas no podía ir en bicicleta, consiguió una autorización ministerial para que la dejaran vestirse de hombre.

Galé y Félix Rivas durante la entrevista. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Galé y Félix Rivas durante la entrevista. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Has trabajado con los textos que hablan de ellas pero también con representaciones como fotografías y grabados. ¿Cómo son estas representaciones de las mujeres barbudas?

Casi siempre se les representa desde el punto de vista del circo. Tengo una hipótesis al respecto, y es que el contexto circense, de lo espectacular, permite que estas mujeres se comprendan como algo que rompe la normalidad en menor medida. Cuando presenté el libro en Barcelona tuve la oportunidad de compartir mesa con Mar y Marta, dos chicas con barba, y decían que para ellas lo más complejo era ir en el metro a diario y que la gente les identificase con una chica pero que tiene barba.

Y ese vulnerar la norma ¿puede ser construir una nueva norma?

Sí, lo que planteo es que cualquier persona que vulnera una norma, si es a través del cuerpo y se pone a la vista del resto de personas, entonces al mirar se tienen que cuestionar a sí mismas. Al estar confrontando la norma, en cierta forma, está produciendo una nueva norma. Para Judith Butler la norma de género es algo intangible, que se produce desde muchos lugares y todo el tiempo, de manera que tú nunca llegas a hacer una performatividad de tu género que sea acabada y definitiva. Porque no hay un original previo que tú estés imitando, no es una norma escrita, es algo que está latente tras todos los cuerpos. Entonces tú para poder cumplir esa norma lo que haces es repetir conductas. Y esas conductas a veces salen bien y entonces sales a la calle y todo el mundo dice “eres una mujer”, no hay violencia al respecto de que tú estés vulnerando el canon. Pero en algún momento reproducirás esa norma de manera equivocada, y entonces alguien te dirá por ejemplo “tienes mucho vello en la cara”.

Cuando vulneras la norma de género, cualquiera de las personas del mundo que te rodea podrá hacerte saber que esa norma que estás reproduciendo no es la adecuada. Aunque también habrá gente que no lo hará o incluso que te apoyará o vulnerará la norma contigo.

¿Entonces el contexto de lo espectacular puede acotar el potencial de las versiones corporales no normativas pero, al mismo tiempo, ofrecerles la posibilidad de hacerse presentes?

Sí, tiene ese doble componente. Para mí es muy interesante que todo esto se visibilice siempre que las personas así lo deseen, pues conforme todo se va visibilizando va pasando a un contexto más ordinario y en ese momento las normas tienen la posibilidad de ser modificadas, de volverse abiertas, pero eso puede ser así o no. Puede darse la ocasión de vulnerar la norma, producir nueva norma y que esas personas tengan más posibilidades de vivir su vida.

Incluso después de la Edad Media a algunas de estas mujeres las coleccionaban. Era como un valor si tú tenías seres extraordinarios en tu jardín, viviendo contigo o a tu servicio. Por ejemplo Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda, que es representada en un cuadro bastante conocido de Sánchez Cotán, era una señora que estaba en el servicio de una casa y aparece en un libro titulado “Locos, enanos, negros y niños palaciegos: gente de placer que tuvieron los Austrias en la Corte española desde 1563 hasta 1700”. Imagínate qué nómina de personas a coleccionar. Es el colmo del clasismo, del racismo. Y, sin embargo, después vemos que estas personas recibían una educación superior, tenían conocimientos musicales, llegaban a hablar varias lenguas…, son vidas muy singulares.

Siguiendo el hilo temporal del libro, de las últimas mujeres barbudas llama mucho la atención que son ellas las que hablan de sí mismas en Instagram, en blogs…

Es sobre todo gracias a Jennifer Miller, una mujer muy potente. Ella era feminista y desde el feminismo leía su propia corporalidad. Entonces llega un momento en que empieza a ver que la barba le está creciendo y eso no hay manera de pararlo. Yo creo que es la primera que lee su cuerpo desde el feminismo y que habla de ello de una forma crítica y contundente y, después, casi todas las siguientes la conocen y les sirve para empoderarse. Esta mujer fundó el Circo Amok con el que aparece de repente en Brooklyn, en Manhattan, en parques públicos. Ella dice que lo que hace es queerificar la realidad. Te pone en una situación de la cotidianeidad que te puede pasar y la hace como queer. Un año, por ejemplo, trabajaron sobre violencia policial, hacían un espectáculo en el que personas con distintos cuerpos hacían una coreografía sobre las detenciones policiales. Eso se confronta con las miradas de personas que están allí y, al hacerlo, las miradas de esas personas tienen que modificarse. Tú lees un texto de Judith Butler y eso modifica tu vida, y ves a una persona con barba y eso modifica tu vida. Enfrentarte con distintos cuerpos hace que tu mirada se vulnere, se modifique, lo que tú entiendes como la norma se tiene que modificar, ya no puede ser tan rígida. Entonces te das cuenta de que entre lo que podría significar ser un hombre y ser una mujer hay muchos espacios, muchas posibilidades.

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

El propio concepto de que el sexo corporal es una parte primordial de la identidad de la persona ¿de dónde viene, cómo evoluciona?

En realidad, para Judith Butler la idea procedería del intento de organizar el mundo en relación a la heteronormatividad. Para que la sexualidad heteronormativa obligatoria sea tal, necesitas concebir la sexualidad desde lo reproductivo, y esto implica que hay una división en dos de los cuerpos, pero si la sexualidad no tiene que ver con lo reproductivo no necesitamos en absoluto que haya un binario corporal.

Yo lo explico simplificándolo mucho y diciendo que la propuesta feminista anterior planteaba que había hombres y mujeres, en binario, que esto era la biología, y que era inamovible porque nacíamos así. Nuestros cuerpos eran diferentes fundamentalmente porque las mujeres podían dar a luz y los hombres no. Sobre los cuerpos que ya nacían hombres o mujeres se inscribían una serie de elementos que eran culturales. Y estos elementos los imponía la sociedad planteando dónde podías trabajar, cómo debías vestirte, hablar, comportarte…, todo lo cultural. Esto lo cuestionan distintas personas, una de ellas Judith Butler, que plantean la idea de que la heterosexualidad es una norma y no es algo natural o no natural sino una posibilidad más que se impone como la posibilidad natural derivada de la idea de la sexualidad como reproducción. Y entonces es cuando se empieza a cuestionar la idea de la biología. Para Judith Butler es el género, y no el sexo, es el que impone la división en dos y también la idea de que el cuerpo, como naturaleza, es incuestionable. Cuando alguien nace se le asigna uno u otro género simplemente mediante la observación de los genitales, identificando los cuerpos en dos compartimentos estancos de hombres y de mujeres. Y si hay algo que confronta con esa norma binaria, entonces se interviene para encajarlo en esa norma.

En un artículo reciente, Brigitte Vasallo hablaba de las mujeres con barba y decía que era una cuestión de orden público, que todo el mundo se sentía con el derecho de opinar sobre ello.

Precisamente estuve con Brigitte Vasallo en la presentación del libro en Barcelona y con Mar y Marta, esas dos chicas barbudas de las que te he hablado que eran amigas suyas. Y fue muy interesante porque ellas contaban eso mismo, que en cualquier lugar cualquier persona se cree con derecho a intervenir en su vida. Una de ellas decía “estoy agotada, estoy muy cansada”, y yo le decía “es que estás confrontando la norma de género en sí, en todos los cuerpos, y tienes que estar agotada porque es un trabajo tremendo”.

¿Y de dónde sacaba la fuerza necesaria para enfrentar eso?

Del feminismo. Ella planteaba el feminismo desde un punto de vista queer. Le decían “te estás hormonando” y respondía “no, no me estoy hormonando, es que yo tengo barba”. No era un deseo de transitar a otro género. Es una cuestión muy importante. Lo que ocurre es que hay cuerpos que se sitúan en lugares para los que no tenemos categorías, que parece que están donde no les pertenece. Y entonces, si es necesario, habrá que establecer nuevas categorías. No es que yo esté en un lugar inadecuado, es que yo soy así y si tú no sabes entenderme pues vulnérate tú y entiéndeme.

¿Entonces el problema no sería tanto que haya categorías sino cómo y cuáles son esas categorías?

El problema es que son cerradas y binarias. En el presente pensamos en categorías y no se puede dejar de pensar. Pero se pueden plantear más géneros, distintos géneros en los que todas las personas pudiesen ver sus vidas reconocidas, pensadas, valoradas. Que todas las personas tengan algo que decir sobre cómo quieren ser denominadas. Y que el mundo no se venga abajo porque haya otro tipo de denominación.

Como también eres profesora de literatura quería preguntarte si en la historia de la literatura hay ejemplos sobre estas cuestiones.

Sí, claro. Un ejemplo es una de las aventuras más extraordinarias del Quijote que pasa en Aragón, en el Palacio de los Duques de Villahermosa. Le dicen que hay un malvado que ha convertido en barbudas a unas doncellas y a una condesa, la Trifaldi, y es la primera aventura en la que Sancho tiene menos reparos en meterse, llora por la tragedia que le han contado y dice que no volverá a comer hasta que vea a esas señoras sin barba. Hay tradiciones como ésta en otros lugares. Pero claro, al enfrentarte a estudiar a personas (eso que se viene denominando el “objeto” de estudio y que no es ningún objeto), el proceso de investigación debería vulnerarte para que no se convierta en un intento de decir la verdad sobre otras personas sino de integrar tu propia vida en tu estudio, de ver cómo también tienes un cuerpo, una vida, y así configurarte de otra manera.

¿En qué sentido has notado entonces que este trabajo te ha vulnerado a ti misma?

Por ejemplo en pensar que el género no es binario y que no sea un pensamiento, una propuesta teórica. En realidad es asumir una posición feminista en la vida. Enfrentarte a partir de ahí con todo lo que tienes alrededor no es lo mismo que defender una idea. Todo el tiempo estás viendo que hay una injusticia radical que te constituye, y con eso tienes afrontar la vida, tienes que estar haciendo ese ejercicio de desmontar una y otra vez todo lo que supone.

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

29 enero, 2018

Autor/Autora

Investigador y etnógrafo. @felixarivas


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