Zaragoza se encuentra sumida en una ensoñación autocomplaciente por obra y gracia de un gobierno municipal que persigue aquellos proyectos megalómanos que salven a la ciudad de la “mediocridad” (sobre este término volveré más adelante). Un escenario siempre de moda, aunque nada novedoso: en nuestra memoria suena atronador cada evento que derrama millones de euros en esta tierra en forma de hormigón y oportunidades de negocio para las viejas estirpes familiares locales y patrias, y también ahora para los grandes fondos de inversión que huelen su oportunidad allí donde el dinero se desparrama.
Adalides del liberalismo, Azcón desde la cúspide jerárquica y Chueca un par de escalones por debajo, libran de todo mal a aquellos buenos creyentes que invierten grandes capitales en la gran obra del capitalismo: la reconquista de la tierra y los servicios públicos, indispensables para el sostenimiento de la vida, y de paso buscan un lugar en la mesa del verdadero profeta (que siempre es el último en llegar) o de cualesquiera de sus discípulos, para alimentar su vanidad y su patrimonio después del reparto, y sustituirlo si se da la ocasión (“Roma no paga traidores” pero todo ejército necesita generales).
Uno y otra, rodeados de aduladores y avispados asesores, despliegan la magia de la luz desde sus atalayas, una luz cuyo resplandor no deja ver las sombras que proyecta, aquellas en las que viven los parias que no pueden acceder a una vivienda digna, ni pisar las calles por las que un día pasearon, ni obtener aquellos servicios de los que un día hicieron uso. Bien lo sabemos aquellos que transitamos los claroscuros de la vida, arrastrando el dolor con dignidad y el amor con desesperación.
No se nos escapa a muchos que las viejas formas de extraer plusvalía siguen vigentes más que nunca bajo la promesa del crecimiento: cómo convertirse en una gran ciudad en la que una parte de la población, liberada de la servidumbre de los cuidados, limpieza y largas jornadas de trabajo no especializado, disfruta a golpe de tarjeta de crédito del ocio que le brinda mientras otra parte realiza aquellas labores.
¿Acaso es mediocre una ciudad que provee de servicios a sus ciudadanos y dispensa cuidados a quien más lo necesita para que nadie se quede atrás?¿O es preciso seguir el ritmo de los tiempos que nos marca la tecnología para que no se detenga el reloj y sintamos el vacío de una vida desprovista de sentido? ¿Deseamos la agitación que nos provoca el desplazamiento urbano? ¿O las interminables esperas en el acceso a los centros comerciales de moda? ¿No será más provechoso pasear por el pinar buscando un baño de luz del sol al alba o durante el crepúsculo?
Quizás sea una percepción engañosa pensar que una ciudad que no brilla no merece reconocimiento. Pero si alguien debe otorgarle esa impronta serán sus habitantes cuando reconozcan en ella un lugar habitable donde el paseo y el encuentro no esté sujeto a las reglas del mercado y respirar no sea un lujo cuando los rigores climáticos la asolen.
Lo contrario es este modelo que envuelve a cada persona aislándola del resto y nos empuja hacia el abismo. Un abismo cuyos límites groseros dibujan un escenario duro y peligroso en el que la supervivencia de muchas especies, también la nuestra, están en riesgo.
¿Por qué no mostramos un rechazo unánime a las políticas contrarias a la conservación de nuestros recursos, naturales y comunitarios o públicos?
Parece que los que diseñan y proyectan los límites de la vida de las mujeres y los hombres, en las ciudades y en el campo, no fijan límites a su avaricia aunque eso nos lleve a una situación límite. Más cuando, llegados a ese punto, recordemos el aire que nos robaron cuando transformaron nuestra ciudad y su pulmón en un punto de luz visible desde el espacio y un legado de sombras en la tierra, sus apellidos quedarán unidos de forma indeleble a la oportunidad perdida pasando a la historia desnudos como el rey.




