Veraneo rural y arraigo

12 agosto, 2026. 09:02

“Mientras uno esté vivo, uno debe ir al pueblo lo más que pueda”

Antes de comenzar, considero necesario señalar qué pretendo con este texto: provocar, interpelar y animar a la reflexión. He de decir que he dudado sobre si escribir estas líneas o no: no soy turistóloga, ni geógrafa, ni antropóloga; solo soy una persona que vive en un pueblo de Teruel y que, verano tras verano, teme la llegada de visitantes. Permitidme la siguiente broma: “¿Cómo voy a estar en contra de los foranos si tengo amigos que lo son?”.

En los últimos años se ha dado una tendencia a glorificar la naturaleza y a sentir nostalgia hacia estilos de vida pasados; es en este tipo de discursos donde encaja el mundo rural como alteridad de lo urbano, como dimensión en la que esta cosmovisión es posible. Prueba de ello es la proliferación de posts y reels en Instagram y demás redes sociales en los que se romantiza el pueblo. En estas publicaciones se ofrece una visión reduccionista y, por tanto, sesgada del mundo rural: vemos fiestas, furgonetas C15, abuelos en la plaza, campos de cereal y comida casera barnizados con un buen filtro de ‘nostalgia’. Se viralizan lemas que hacen que me suba el cortisol (“acho, el pueblo es otra cosa”, “si saludas por la calle, estás en el pueblo”…) y que favorecen la difusión de imágenes estereotipadas que promueven la construcción de determinados imaginarios de lo rural que no se ajustan a la realidad: lo siento, en los pueblos también hay días aburridos, coches híbridos, jóvenes en las plazas, fábricas y pizzas precocinadas.

Como bien sabemos, no debemos creer todo lo que vemos en redes sociales: nada es del todo inocente. Estas publicaciones buscan mercantilizar esta estética de “lo auténtico”, “lo puro”, “lo rural” para cubrir las expectativas que se generan en las ciudades. ¿Qué ofrecen de forma implícita? Felicidad, evasión del mundo cotidiano, naturaleza como fuente de salud y seguridad, porque otro ritmo, otro estilo de vida es posible. Esto vende y el capitalismo no tiene escrúpulos. En el marco de las últimas transformaciones capitalistas aparecen, por tanto, nuevos nichos de mercado al margen —en la periferia— del turismo hegemónico de masas: turismo sostenible, ecoturismo, agroturismo, turismo rural (todo lo que suene a pueblo y a campo genera dinero). Así, este turismo alternativo, alejado de los productos estandarizados en los que se han convertido la playa y el sol, va ganando auge.

Este es, grosso modo, el punto de partida. Ahora bien, no todos los pueblos son iguales o, mejor dicho, no todos los pueblos presentan el mismo capital cultural y simbólico. Por un lado, están aquellos que cuentan con monumentos, parajes naturales de ensueño (por ejemplo, los del Matarranya) y, por otro, los que son pueblos que —si bien tienen su encanto— no presentan una oferta turística tan impresionante como los primeros. Los primeros entran en la etiqueta de “turismo convencional o comercial” (dentro del turismo especulativo), mientras que los segundos se inscriben bajo la de “turismo de diáspora” (fuera del turismo del gran capital).

El turismo de diáspora es el que observamos en muchos pueblos, sin que ello signifique que no haya turismo residencial convencional. Precisamente, es en los pueblos con turismo de diáspora donde podemos diferenciar tres grupos de visitantes: en primer lugar, tenemos los turistas de diáspora propiamente dichos, aquellos que son descendientes de emigrados rurales y que sienten un fuerte vínculo identitario con el pueblo. No solo vienen en verano, sino que aprovechan cualquier fin de semana o puente para ir a su pueblo y —lo más importante— participan de la vida de la localidad, tanto a nivel social como económico. En segundo lugar, los turistas convencionales, cuya actitud puede ser más o menos respetuosa con el pueblo, igual que en cualquier otra parte del mundo. Y, en tercer lugar, existe un tipo de turista que se ubica en un espacio liminal, entre dos aguas; su vínculo con el pueblo existe, pero es muy lejano: generalmente solo aparecen días contados en verano, con autocomplacencia y esperando a que se les dé las gracias por gastarse dos euros en el bar. Es, metafóricamente hablando, el impertinente primo cuarto, muy “viajao”, que monopoliza las conversaciones contando todas las experiencias exóticas de sus viajes, pensando que acumula más capital cultural que tú, paleto. Estos últimos dicen “tengo pueblo”; los primeros, “soy de este pueblo”.

Este tercer grupo resulta ser el más problemático, pues veranea en el pueblo porque es mainstream, porque se cree de principio a fin la imagen idealizada que ve en redes sociales, sin tener en cuenta que el medio rural presenta sus propias dinámicas y sus procesos, y que nuestra existencia no se debe en exclusiva a atender al visitante. ¿Qué sucede, además, cuando este oasis, este remanso de paz, se torna espejismo? La convivencia se resiente: hastía a los locales y a los foranos. Ahí van ejemplos: con la afluencia de turistas, los bandos (pregones) más comunes son los que recuerdan que hay que recoger las cacas y limpiar los orines de los perros para mantener las calles; los que piden que no se aparque obstruyendo calles ni bloqueando entradas y salidas de garajes; los que subrayan la importancia de hacer buen uso de los contenedores (hay punto limpio, no todo se puede tirar al contenedor de residuos o de reciclaje). Con la afluencia de turistas, las quejas más comunes son que tocan las campanas de la iglesia, que el pregón es entre las 14.30 y las 15.00 o que el pack de yogures es un euro con veinte más caro que en *inserte ciudad*.

Unas líneas más arriba he dicho que esa tercera tipología de turistas era la más problemática, pero también la más interesante, pues supone un reto para ambas partes. Aquí entra el arraigo, la importancia de crear sentimiento de pertenencia y vínculos reales con el pueblo; el valor de romper con el individualismo que cada vez más gobierna nuestras vidas para fomentar la vida en comunidad. Si una persona considera que el pueblo es suyo, lo cuida y deja de verlo como un parque temático. Esto pasa necesariamente por hacer partícipes a estos visitantes de las dinámicas del pueblo: fomentar una participación activa, pero también fijando los límites (que esta actividad sea en el pueblo no significa que sea gratis o que no haya que hacer una inscripción, señora). Se han de dar las condiciones necesarias para que dejen de ver el pueblo como un producto de consumo que puede serles levemente familiar y pasen a considerarlo una parte más de su identidad: que dejen de decir “tengo pueblo” para decir “ese es mi pueblo”.

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