Vacaciones, turismo y vivienda

12 julio, 2024. 09:13

Hace unos días pude leer un artículo en El País en el que una periodista llamaba la atención sobre la siguiente situación vivida en Barcelona: junio de 2024, una parada de autobús urbano colapsada de personas, la mayoría de ellas turistas y esperando a montarse; ante la situación caótica la conductora sale del bus y ante la multitud grita: “Workers and local first!”, o sea, trabajadores y locales primero. Situación según la periodista “escandalosa, racista, discriminatoria” y como no, el término de moda, una muestra clara de turismofobia. No es este el único de los artículos y pseudonoticias que las principales empresas de comunicación llevan publicando en esta línea desde que el pueblo canario se movilizara masivamente el abril pasado por la posibilidad de su propia existencia en sus islas. Movilizaciones que se han ido replicando a lo largo y ancho de España y que vuelven a sacar a la palestra, no es el primer verano que surge, la cuestión del modelo de turismo de masas.

Sigue reflexionando la periodista sobre el hecho que a ella no le quedaba muy claro a cuántos kilómetros de tu puesto de trabajo dejas de ser un “currela”, entrecomillo porque es la expresión que ella utiliza, y te conviertes en otra cosa. Y que tenía miedo de que esa legitimación de la discriminación abriera paso al monstruo del fascismo y el racismo, y a normalizar sociedades desiguales. Repito que estas reflexiones están sostenidas sobre el ejemplo de una trabajadora de un servicio público que entiende que lo prioritario es servir a la gente que trabaja y vive en su ciudad y no al turista; no viene ni de una muerte en un CIE, ni de una agresión racista de la policía, ni de un caso de explotación brutal sobre población migrante en la agricultura, ni de una cola esperando al trámite para lograr la nacionalidad española. Ante este despropósito de intentar convertir un ejemplo de solidaridad de clase en una muestra de racismo hay varias cosas que puntualizar.

En primer lugar las vacaciones son un derecho, pero viajar no. Quizá es una afirmación dura, pues es difícil explicar a una familia de trabajadores que el hecho de poder descansar unos días fuera de su localidad y disfrutar de la playa o la montaña, o ciudades con gran atractivo turístico y cultural no es un derecho. El turismo controlado y sostenible social y medioambientalmente es un valor, y debería poder ser accesible al conjunto de los y las trabajadoras. Pero un derecho es algo más, es algo que debe estar garantizado socialmente. El modelo de turismo intensivo actual es todo lo contrario a lo que sería deseable: destroza el territorio y es insostenible medioambientalmente. No es viable extender el turismo de masas, que hasta ahora había sido un privilegio de los ricos y la clase media occidental, a los más de 8000 millones de personas que habitan nuestro planeta.

En segundo lugar. En nuestro país un 30% de la población no se va de vacaciones, no viaja; este porcentaje en lo más duro de la crisis de hace una década llegó al 50%. No se puede dar por sentado que todos los y las trabajadoras viajan. Creer lo contrario, normalizar que esta realidad es así para el conjunto de la población, solo puede partir de vivir en una burbuja, en una atalaya “de clase media”. Lamentablemente en nuestro país las diferencias sociales, pese a la subida del Salario Mínimo Interprofesional, son cada vez mayores debido a la subida de precios de productos básicos y de la vivienda, tema al que ahora entraremos.

En tercer lugar, “ser” trabajador puede ser una identidad individual, pero el concepto -de clase trabajadora- se sustenta en un análisis hecho hace casi 200 años por Marx, en el que se entendía a la clase trabajadora como un sujeto que era tal por estar sujeto a una determinada relación social. Va un ejemplo para explicarlo: Si eres alguien que trabajas por cuenta ajena, pero que pagas a una persona para que limpie tu casa; eres un trabajador o trabajadora en la relación con tu empresa, pero no eres un trabajador o trabajadora en tu relación con la persona a la que pagas. En esa relación, tú eres el contratador y la persona que limpia la trabajadora. Las clases sociales no son etiquetas identitarias, sino herramientas de análisis de las diferencias sociales. De este modo, la persona que espera al autobús urbano, saturando un servicio público, en una ciudad en la que ni vive ni trabaja, no es un trabajador sino un turista.

Cuarta idea. Hablar del turismo en España sin señalar en primer lugar el problema de la vivienda es faltar al mínimo rigor, es fijarse en el árbol y no en el bosque. Equiparar el problema de la vivienda con la turismofobia, señalándolos como igual de perjudiciales, es no entender que la reacción ante el turismo de masas viene provocada por las problemáticas que genera. No se puede equiparar causa y efecto. Además, señalar el supuesto racismo hacia el turista y no señalar el racismo real, el que asesina, oprime y explota a una parte importante de los y las verdaderas “currelas” de nuestro país es una equiparación difícilmente perdonable.

Para ser certeros, debemos puntualizar que el problema de la vivienda en España no es únicamente a causa del turismo. No crea el problema, si no que más bien lo potencia. La vivienda debería encontrarse al margen del mercado. Ni bancos, ni fondos buitres, ni promotoras o constructoras deberían ser quienes manejan la vivienda en nuestro país. Sabiendo cual es la raíz del problema, no se puede obviar que es la masificación de determinadas partes del país la que favorece una subida de los precios. Las segundas residencias y los alquileres turísticos suben más aún el precio inflado por la especulación; oferta y demanda. En definitiva, la cuestión, como ya sabemos, es que la vivienda debería ser un derecho, este sí, y no un bien de mercado.

En definitiva, discrimina más y abre la puerta a la peor cara del capitalismo, más despiadada y desnuda de disfraces, que es el fascismo, quien oculta a sabiendas los problemas reales de este sistema.  Quien equipara a la víctima y al agresor, quien señala desde sus atalayas como indeseables las reacciones de los y las que sufren, y quien equipara pistolas de agua con asesinatos en las fronteras.

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