La alianza PP-Vox prepara la alfombra roja para la ultraderecha más rancia.

Uesca ha amanecido este viernes con la rabia pintada en sus calles. Frente al Palacio de Congresos, "Aragón no se vende. Fascistas fuera" se podía leer en una pared, como respuesta contundente a la visita del líder de Vox, Santiago Abascal, y a la anunciada de Isabel Díaz Ayuso para este sábado. No es una protesta aislada. Es el hartazgo de vecinas que ven cómo su ciudad, sus espacios públicos, son utilizados una y otra vez por el ayuntamiento del PP y Vox para normalizar y blanquear a la ultraderecha más agresiva.
Los operarios municipales se han apresurado a borrar las pintadas de protesta en cuestión de horas, empeñando recursos en lavar la imagen del escenario de los discursos de odio. Esta rapidez brilla por su ausencia en el día a día de muchos barrios, donde el descuido de servicios públicos, el deterioro de infraestructuras y la falta de inversión son la norma. La doctrina está clara: actuaciones relámpago para tapar pintadas antifascistas, y una desidia crónica para atender las necesidades reales de la gente trabajadora. Es la metáfora perfecta de su política: maquillar la fachada mientras dejan que se pudran los cimientos de la convivencia.
No se trata solo de mítines. Se trata de la permisividad con la que se instala un lenguaje que señala, estigmatiza y ataca. El ejemplo más claro lo vivió Jaca recientemente, donde se aprovechó un mitin de Abascal para señalar públicamente y poner en el punto de mira a profesores del IES Domingo Miral. Su delito: posicionarse contra el genocidio y a favor del pueblo palestino. Para la ultraderecha, la solidaridad y la crítica ética son “adoctrinamiento” y se permiten señalarles abiertamente en un mitin lleno de personas que piensan que acosar e insultar es hacer política.
Esta deriva no es un accidente local. Es el síntoma de un mundo que se desliza hacia el abismo con una velocidad aterradora. Lo vemos en el imperialismo descarnado, en los genocidios retransmitidos en directo, en la impunidad de protodictadores filofascistas como Trump, en la persecución sistemática de la población migrante y racializada. Es la destrucción de comunidades por los recursos, el mismo guion que se repite. Deberíanos plantearnos qué está ocurriendo si los billonarios ultraneoliberales de Davos de repente empiezan a soltar discursos que parecen estar más cerca del marxismo que de su verdadera ideología que es el libre mercado y la globalización, mientras expanden su proyecto de muerte. No nos engañemos: es la misma bestia con distinto collar.
No podemos, no debemos, permitirnos el lujo de la pasividad. El ascenso del fascismo y la normalización de la violencia institucional ya están aquí: en Palestina, en Rojava, en las redadas del ICE en Estados Unidos, en Venezuela, en Sudán… La vieja y neocolonial Europa no es una excepción ni una fortaleza inexpugnable. Los conflictos que se avivan, como el que Trump amenaza en Groenlandia, tienen el regusto de los Sudetes del siglo pasado: la chispa que pretenden que encienda la guerra mayor.
Por eso, desde estas líneas, hacemos un llamamiento urgente a toda la población consciente y antifascista. No es hora de tibiezas, sino de la resistencia firme y organizada. Hay que plantar cara en cada plaza, en cada instituto, en cada rincón que quieran infectar con su odio. Como nos enseñó el gran Buenaventura Durruti, al fascismo no se le discute, se le destruye.

