Una mañana de lunes de verano y dos victorias

09 julio, 2025. 12:31

Relato ficcionado sobre los desahucios parados el día 7 de julio en el barrio del Gancho de Zaragoza. Todo lo que se cuenta es tan verosímil como inventados son los nombres de Ari, Olmo y Fermín.

Suena la alarma a las 06:30. Lunes. Hoy hay alerta en el barrio de San Pablo. Una madre y sus dos hijos van a ser desahuciados por no poder pagar el alquiler. Ella es auxiliar de enfermería. Aun medio dormido me acuerdo de un paquete que le tengo que dar a mi colega Olmo con el que he quedado allí y hacía meses que se lo debía. No vayas en bici porque no sabes cómo va a acabar la mañana.

Calle Mayoral 15. Obras, gente yendo a trabajar, algún grupo con maletas, y no mucho tráfico que ya es julio.

El número 15 de la calle Mayoral está flanqueado por un bar de chinos y un comercio cuya función no identifico. Un poco más allá un restaurante árabe. Saludo a Olmo y justo me dice que se come de puta madre allí, ha sido vecino del barrio unos cuantos años. Enfrente hay un “esto no es un solar” protegido por una valla de la que están colgando una pancarta que dice “¡Samanta y sus hijos se quedan! ¡Ningún desahucio sin rspuesta! Sindicato de Inquilinas de Zaragoza”. Unas setenta personas se agolpan enfrente del portal, las suficientes para que continuamente las furgonetas y camioncillos de reparto tengan que aflojar la marcha porque siempre hay alguien que está en el asfalto.

En el suelo en la entrada del portal hay magdalenas y café. Han organizado el desayuno a las 7 a.m. me dice mi amiga Ari que lleva allí desde primera hora. Al lado, varios militantes con chaleco naranja se turnan en el micro conectado a un pequeño equipo de sonido. “¡La vivienda es un derecho, no un privilegio!”.

Sigo saludando a muchos y muchas conocidas. Zaragoza, ciudad gigante con espíritu de pueblo, todos nos conocemos. También a los representantes institucionales de la izquierda que hay por allí, están retrasando una reunión para poder quedarse hasta la llegada de la comisión judicial que se espera unas horas más tarde.

No pinta mal. No hay cordón policial bloqueando las entradas y salidas como suele ser habitual cuando quieren ejecutar. Pasa el rato pero no baja el número de personas concentradas. Las primeras horas discurren con calma. Charramos de notas de oposiciones, de los primeros incendios del verano, del horario apretado de la ruta del interurbano a Villamayor que está generando ansiedad y bajas por depresión a la plantilla del bus. Un pitillo de liar y un café. Una buena parte de la conversación se centra en alabar los ventiladores de techo para combatir el calor, que por primera vez después de más de quince días infernales nos está dando un descanso. Aun así es verano en el Valle del Ebro, el sol sube y el gentío se desplaza buscando la sombra.

“¡Samanta y sus hijos se quedan en su casa!”. Samanta tiene dos hijos de 7 y 8 años, es auxiliar de enfermería pero no puede pagar el alquiler. Los propietarios del piso son conocidos por ser los dueños de la Fontanería Briz del Gancho, tienen otras propiedades alquiladas en Zaragoza y en Salou. La movilización la dirigen los compañeros del SIZ, vestidos con chalecos naranjas. Las dos personas que parecen dirigir el asunto son un chico y una chica jóvenes: ella es la portavoza que no para de hablar con la prensa, él, denso de pensamientos, intenta estar atento a la aparición de la comisión judicial, la policía o el comportamiento de los que estamos en la puerta. “¡Fuera rentistas de nuestros barrios!”.

“Hay músculo para liarla” me dice Olmo. La inmensa mayoría son jóvenes, todos rostros conocidos de la izquierda juvenil de la ciudad. Una vez más los chalecos naranjas explican los criterios y objetivos de la movilización: resistencia pasiva, la prioridad es parar el desahucio, si nos pregunta cualquier periodista hay que remitir a la compañera. “¡Pase lo que pase, unidad de clase!” se corea de fondo.

Se espera a la comisión judicial sobre las diez y media. Cuando falta poco se da la orden de apretar filas en la puerta. El sol ya está lo suficientemente alto para ocupar toda la acera enfrente del portal, aunque ya hay otras prioridades. Se vuelve a cantar con más fuerza, empieza poco a poco a generarse tensión expectante. “¡Con cada desahucio, sube tu alquiler!” Pierdo de vista a Ari y a Olmo, y me sitúo entre una mujer negra azulada que habla con un hombre mayor, me suena de otras movilizaciones, y cuatro mujeres, dos jóvenes con sus hijos y dos más mayores, poniendo oreja me entero que una es la abuela de Samanta. Visiblemente emocionadas y preocupadas por que en la calle de al lado parecen estar desahuciando a otra familia con cuatro hijos.

El nerviosismo se acentúa cuando se acerca un único agente, canoso y calvo, viejete. Acaba de llegar un furgón de la UIP, sin embargo él no lo es. Intenta entrar en la casa refunfuñando, obviamente hay un tumulto que no le deja pasar y se enfada diciendo que no se va a ejecutar y que tiene que subir a avisar. No le dejamos y él, bastante lógica y fríamente, nos dice que a ver si creemos que él solo nos va a desalojar a todos. Terrible lunes. Me imagino que los años que le quedan hasta la jubilación los va a solicitar en la oficina. Conforme entra me asomo al interior del portal y veo que lo llaman por teléfono, no por walkie, “ahora no puedo, estoy un poco liado” responde y cuelga con el mismo mal gesto. Me imagino que le ha llamado la mujer para preguntarle a qué hora va a llegar a comer, y me rio.

Primeros aplausos de victoria, aunque a medio gas porque no hay información segura todavía. Cada vez va a más el runrún por lo que pueda estar pasando ahí al lado. En un momento de silencio es la propia prensa, bastante abundante durante toda la mañana, la que nos sube el ánimo. Entran cuatro secretas, ya con el chaleco identificativo, porque la barrera humana se había debilitado por los curiosos que iban a husmear qué ocurría a escasos metros. Hay un momento de incertidumbre porque solo tenemos la confirmación del poli canoso y nadie se cree a un policía en una movilización social.

Tras unos breves pero confusos minutos nos llega la confirmación de la paralización por un cámara, que estaba siendo informado por el pinganillo. Retrasado hasta septiembre. La consigna se convierte en certeza: Samantha y sus hijos se quedan en su casa. Primera victoria del día. Y en cuanto lo sabemos, sin orden precisa, ni celebración exagerada, nos movemos los que quedamos hacía la calle aledaña.

Calle San Pablo 90. La calle San Pablo es peatonal y bastante estrecha. Del ladrillo caravista y un carril en la calzada, al casco viejo de la ciudad en 50 metros. Misma problemática. Libertad y Manuel por Samanta y cuatro hijos en vez de dos. Cuando llegamos ya habían cambiado la cerraja. Hay tres policías en la puerta, no son UIPs. El canoso de antes en el centro, vaya día lleva, a su derecha uno de mediana edad y a su izquierda una joven. La masa no tiene intención de subir. Nos quedamos en la puerta haciendo presión. Olmo justo enfrente de ellos les mira burlón. A viva voz, ya no hay equipo de sonido: “¡Ni un desahucio sin respuesta!”. Al balcón se asoman dos de los críos. Me giro y veo a otra compañera, experimentada en la lucha por la vivienda en la anterior crisis inmobiliaria, que pide nerviosa que se llame a servicios sociales ya que está segura que no hay alternativa habitacional. Pienso, y todo el mundo tiene la misma sensación, que está siendo todo un poco caótico. No hay contacto con los afectados, el Sindicato se ha enterado de rebote esa misma mañana.

No sabemos muy bien que hacer, aún no ha llegado el abogado para hablar con la familia. Entonces aparecen los 8 o 9 antidisturbios que había en el furgón desfilando en fila de a uno. Veo a Ari quitándose los pendientes de aro y haciéndose apresuradamente una coleta cerca de mí, roja como un tomate. Nos cogemos todos los brazos. Nos miran, y atacan ellos primero. Intentan traspasar el muro humano que hemos improvisado instintivamente en cuestión de segundos. Lo siento, pero hoy y aquí no mandáis vosotros. Chocan, forcejeo, hacemos resistencia para que entiendan que no nos vamos a mover. En el clímax un poli se echa para atrás encabronado y hace ademán de sacar la porra pero el ¿sargento?, no tengo ni idea de sus rangos ni jerarquía, le para bruscamente con un golpe seco en la mano. Ni le habla ni le mira. Como si fuera un perro. Retroceden entre aplausos, gritos y chiflidos. Gallo negro, gallo negro te lo advierto. Forman una línea, cascos y guantes puestos. “¡Vergüenza me daría desahuciar a una familia!” Frente a frente. Ellos se ríen. Señalan amenazando. Mueven las botas nerviosos y alguno tiene la mano ya en la porra aún enfundada. Una gota de sangre cae por el brazo de uno de ellos desde un corte que se ha hecho en el encontronazo anterior, es el que más ganas tiene de darnos de ostias. A escasos metros detrás, otra línea, los de paisano con el chaleco. En medio una zona de nadie de donde echan a micros y cámaras, supongo que el plan será sacarnos uno a uno. A setenta personas. Les va a costar. No se rinde un gallo rojo.

Minutos de estrés. Los bomberos de la plataforma contra los desahucios con sus camisetas de “ni cómplices, ni ejecutores” se ponen en primera fila. Siguen los cánticos y en seguida desde las filas de atrás nos ofrecen botellas de agua fría. Las agradecemos ya que todos chorreamos sudor por la luz del sol que nos da de espaldas y por estar apretados hombro con hombro, cogidos por los brazos. Solo hay 30 cº. Ellos están cara al sol. Calor humano, frente al calor del siervo obediente. Es soportable.

Me giro al oír a un chaval joven excitado, medio llorando cagándose en los muertos de los tres policías que siguen en la puerta y enseñándoles el dedo corazón, parece un vecino de la familia. Al otro lado de los dos cordones están los portavoces, hablando con los reporteros e intentando pasar a nuestro lado. De repente intuimos por los cuchicheos que ha llegado el abogado. Fermín, viejo conocido de otras luchas en nuestros años de Universidad. Él mismo ha llevado el caso de Samanta. Alto, moreno, mucho pelo negro. Tiene un aire a Pedro Sánchez. Nuestro muro sigue dando la cara a los antidisturbios y no podemos observar bien la escena. Se oyen golpes rítmicos a una persiana metálica mientras se exige a los guardianes de la propiedad privada que dejen subir al abogado. ¡O sube el puto abogado o subimos todos, retrasados! Sale Manuel al balcón a hablar con Fermín, chiquilla al hombro. ¿Qué hago? ¿Salgo de casa? Me han cambiado la cerradura, ¿si salgo voy a volver a poder entrar? le pregunta. Al final gracias a la presión popular puede subir. Delante nuestro el ¿sargento? y una policía más mayor que no ha parado de moverse teléfono al oído hablan entre sí. “¡La vivienda es un derecho, no un privilegio!”.

Lo próximo de lo que nos enteramos es de que se ha paralizado, y que los chalecos naranjas del sindicato piden un pasillo para que salga la comisión judicial. El paseíllo de la vergüenza. Visten, andan, miran y huelen a rico. Ni siquiera salen con la cabeza gacha. Lo siento por vosotros, esta vez estas dos familias obreras se quedan en su casa. Antes de la celebración estalla durante unos segundos el legítimo odio de clase aunque gracias al pasillo salen indemnes. Se retira el trío y el resto del dispositivo. “¡Ni se os quiere ni se os necesita!” Veo a Olmo haciendo un gesto pronunciado con el brazo y leyéndole en los labios “¡A tomar por culo de aquí!”.

Después de la tensión, la emoción. Aplausos. Unos gritan “¡Que viva la lucha de la clase obrera!” puño en alto, otros se abrazan y lloran. Baja Manuel con uno de los críos en brazos. El niño sonríe, contagiado de la alegría generalizada, y Manuel dice que esa es nuestra recompensa. Abrazo a Ari que me dice que le duele la tripa de los nervios, le digo que yo estoy igual. Felicito al compañero del sindicato, parece que ya con la mente alejada de densos pensamientos, que llora y me da las gracias. Baja Libertad con los otros críos. Aparece Samanta también con sus hijos y se hacen una foto juntas. Manuel habla con tres operarios de sistemas de refrigeración que no sé de dónde coño han salido. Intercambio algunas palabras con Fermín que rápida y serenamente me cuenta algún detalle de cómo lo han paralizado y de cómo ha quedado el asunto. También le felicito. La portavoza sigue atendiendo a los medios. Me despido también de los cargos públicos que vuelven a sus faenas y en esto aparece Olmo reclamando la merecida cerveza por la segunda victoria del día.

Terraza Plaza Santo Domingo. Tercios de Ámbar, cañas con limón y alguna croqueta en una terraza. Se suma a los que estamos descansando una amiga de Olmo con un perro precioso, blanco y negro, se llama Oreo, dientes limados de morder los barrotes de la perrera. Ari y yo lo acariciamos comentando la mañana. Que una de las secretas era del pueblo y a ver si le iba a reconocer en las fiestas. Que si le dolía la tripa era por miedo a las multas y no a los porrazos. Y bromea con la luz del sol porque “es igual de mala que la policía”, y que para la próxima hay que traer crema solar. Hablamos de lo espontánea que ha sido la respuesta al segundo desahucio. Y que debemos estar mejor organizados. Olmo complementa diciendo que no podemos ser siempre los mismos, siempre las mismas caras, hay que movilizar a más peña. Todos compartimos que también influye la ética, que mejor o peor organizados, o aunque seamos los de siempre no podemos hacer otra cosa.

Olmo va a por otra ronda. Hablamos de nuestros problemas y los de nuestras familias con la vivienda. De la situación de las organizaciones sociales en nuestra ciudad. Seguro que después de lo de hoy salen reforzadas. De las multas y la represión a la PAH. Comentamos la compra de más de trescientos pisos por un fondo de inversión en el grupo Aloy Casas y de que ahí tendrá que dar guerra el Sindicato. Tocará liarla.

Me despido de todos, de Oreo, de Olmo que se lleva su paquete y de Ari ya con pendientes de aro y el pelo suelto. Son más de las dos. Vuelvo a casa entre los autobuses rotulados con nombres de fábricas y polígonos que vuelven del primer turno.

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