El 20 de diciembre, Honorio Gómez Alfaro, más conocido como Pope, inició una huelga de hambre de diez días para visibilizar la desatención sanitaria que sufren las personas privadas de libertad en los centros penitenciarios del Estado español. Tuve la oportunidad de hablar con él en una conversación vía telefónica que me llenó de energía y ganas de contar su historia, sus motivos y el calvario que él mismo sufrió en prisión. Según dice, sus ideales anarquistas los heredó de su abuelo, quien le enseñó que el anarquismo es “una forma de ser humano” en una sociedad plagada de injusticias y desigualdades.
La iniciativa de hacer la huelga de hambre le surgió en León, donde le contaron que tres chavales estaban en una situación muy grave debido a la negativa del sistema penitenciario de darles tratamiento para sus problemas de salud. Pope, ni corto ni perezoso, sintió que tenía la obligación de luchar no solo por ellos, sino por todas las personas presas que sabemos que se encuentran en una situación parecida. “Yo no soy el protagonista”, dice, “los protagonistas son los que están detrás de los muros de las prisiones, a ellos tenemos que darles altavoz”.
Así comenzó una huelga de hambre que le ha hecho perder casi dos kilos y un centímetro de masa muscular. Pero esto no acaba aquí, pues una vez terminada la huelga de hambre, el pasado martes 30 de diciembre, le sobran las fuerzas para continuar con el activismo. Me habla de una marcha al antiguo hospital de Carabanchel junto a otras organizaciones y asociaciones en defensa de los derechos de les preses y también me cuenta de otra acción frente a las puertas de la cárcel de Navalcarnero. “Cuando todo acabe lo único que quiero hacer es volverme al campo a seguir cuidando de mis 14 gatos y de mis olivos”.
Lo más entrañable de todo es escucharle decir varias veces a lo largo de la conversación como para él estas han sido sus mejores navidades de todas. Ha vivido como cientos de personas de todo el Estado español han ido a visitarle, dándole fuerzas y energía para seguir usando su cuerpo como una herramienta de denuncia. Se emociona al contarme cómo dos ancianos de más de ochenta años habían ido desde su pueblo a verle y mostrar su apoyo a la causa. “Hubo un día que la plaza se llenó de abogados y abogadas, de esos que escribían aquellos manuales de defensa penitenciaria”. Recuerdo esos manuales de mi propia estancia en prisión. Los usaba mucho a la hora de redactar recursos para el juzgado de vigilancia. Al contárselo casi puedo escucharle sonreír; él también los usaba bastante. Parece ser tradición que cuando alguien que viene de una conciencia politizada a la prisión utilice sus conocimientos para ayudar a sus compañeres preses.
Por desgracia no todo han sido apoyos y facilidades en estos diez días de lucha. También ha recibido la desagradable visita de la Policía que ya desde el primer día le obligó a desmontar el campamento y le requisó la tienda de campaña y la pancarta. “Con la pancarta fue fácil hacer otra. Me colgué un cartel del cuello y listo. Sin embargo, con la tienda de campaña sí que me jodieron porque el primer día estaba lloviendo a cántaros”. También estuvieron acosando a la gente que venía a apoyarle. Desde cacheos hasta identificaciones aleatorias.
Yo misme he podido ser testigo del horror que supone la desatención sanitaria detrás de los muros. He visto compañeros presos que han tenido dolencias graves y que no han sido tratadas a tiempo. He sido testigue de cómo se trata por parte del funcionariado a las personas con problemas de salud mental: destinándolas a aislamiento, castigándolas con partes sancionadores o incluso sobrepasando la barrera de la agresión física. Los traslados al hospital, cuando después de una cantidad de tiempo considerable deciden atenderte y tratar tu problema, se convierten en situaciones muy violentas en las que tienes que vivir como le médique te examina mientras continuas esposade y acompañade de dos guardia civiles a los que no les tiene que importar tu expediente médico. En el Centro Penitenciario de Zuera apenas hay tres médicos para una población reclusa de más de 1.000 personas. Además, cuando consigues acceder a la atención sanitaria, toda interacción con les médiques se reduce a recetar pastillas para paliar el dolor. El sistema penitenciario es plenamente consciente de que puede utilizar nuestros cuerpos y enfermedades como una forma de tortura contra nosotres mismes. Efectivamente, no son necesarias las agresiones físicas directas (aunque se sigan dando), cuando es tu propia enfermedad la que te está haciendo daño. Se trata de una forma de tortura tan o incluso más dolora que la agresión directa.
En el caso de Pope se hace todavía más escabroso. Lleva un total de 25 años de secuestro legal del Estado en los que ha tenido numerosos problemas de salud. Entre ellos se encuentra una hepatitis C cuyo tratamiento le fue suspendido sin alternativa alguna, numerosos cólicos renales que necesitaban de intervención quirúrgica y la enfermedad más delicada que vivió y que le supuso la amputación de parte de su mano izquierda existiendo tratamientos alternativos menos agresivos: la enfermedad de Dupuyfren. Sin embargo, tal y como él nos cuenta, ya no se trata de algo personal. No es por venganza o ira que sigue con su lucha contra todo el sistema carcelario. Para Pope, y esto es precisamente lo que le dignifica y hace que lo admire tanto, se trata simple y llanamente de un acto de humanidad.

