Un viaje al mundo en 80 minutos

En mi barrio las calles son de muchos colores. Las esquinas hablan diferentes idiomas y las plazas emanan múltiples olores. Bajar a la calle y pasear es como dar la vuelta al mundo en ochenta minutos. Me siento como una Phileas Fogg women de baratillo

Paloma Lafuente. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Si tengo la suerte de que el ascensor se pare en el segundo piso, la Plaza de Moscú, con todos sus ladrillos rojos, me acompaña hasta la puerta de la calle. Karina, risueña y tímida me despide con un hasta pronto lleno de erres arrastradas.

Nada más girar la primera esquina el olor a dátiles me hace perseguir a hurtadillas una túnica de color granate chillón y unas babuchas de tono mostaza. El gusto para la combinación de colores es terrible, pero daría cualquier cosa por probar un par de esos dátiles que sirven de almuerzo al vecino Kharim.

Al pasar por la plaza rehabilitada escucho los acordes de lo que parece un chelo. Aunque igual es un violín, o una viola, o vete tú a saber, yo de música rien de rien. Pero sí reconozco la pieza, la Vie en Rose. Me permito el lujo de sentarme en el bordillo de la acera un par de minutos y sentirme una Piaf cualquiera a los pies de la Tour Eiffel.

La plaza está concurrida, son las cinco y media de la tarde y la familia Clavería, como todos los días a esta hora, ocupa la plaza. Son tantos y tantas primos, hermanas, cuñadas, sobrinos y abuelas que, solo con que quede toda la familia a la hora de la merienda, la plaza se llena de risas, gritos, patinetes, carritos rotos para las muñecas, bicis sin frenos, bocadillos de choped y nocilla y muchas rodillas con escorchones. Amén de pantys de licra con mucho estampado para las jóvenes, sayas largas y negras para las mujeres y sombreros de paja para los hombres mayores. Como hoy es viernes el Jhonay ha bajado con la guitarra y la Jenny le acompaña con un pateao al son de Camarón.

Paso por el local de Steve que hace dibujos a carboncillo, en tamaño natural, de la gente del barrio. Steve es estadounidense, lleva quince años en España y aún le cuesta expresarse bien en nuestro idioma. Dice que no conseguirá hablarlo bien nunca, pero yo creo que con su proyecto de 300 dibujos de gente del barrio se comunica mejor que muchas de las que hemos nacido en este país. Su sonrisa es infinita, y sus manos llenas de polvo negro perfilan nuestras arrugas con tal precisión que hasta la Estatua de la Libertad nos tiene envidia.

Hoy el local de la asociación de vecinas y vecinos está abierto, el nuevo presidente se lo está currando mogollón. Eddy viene del otro lado del charco. Su ritmo calmado y su carácter afable hacen que apetezca mucho pararte a charrar con él. Esta vez se trata de una proyección de una película que están viendo un grupo de jóvenes. Y ahí está Eddy, presto a abrir el local, estar pendiente de la gente y esperar a que terminen para dejar todo en orden. Y mientras tanto, que si cuelgo un cuadro, que si ahora vengo que faltan vasos de plástico, que si subo estos paneles en los altillos. En fin, uno de los mejores.

Casi al llegar a la siguiente plaza una marabunta de peques salen del centro de tiempo libre. Caras pintadas, algarabía y risas, de las que salen de las tripas, me rodean en un segundo. Sus pieles son de diferentes sabores, su ropa de diferentes colores y su alegría de muchos olores. Distingo a Saray, Mohamed, Yuan, Alexandra y Leo y se despiden entre besos y zancadillas hasta mañana.

Mi vuelta al mundo llega a su fin por hoy. Paro a tomar algo en el bar de Jannet, hace unos mojitos sin alcohol de impresión. Como siempre, tiene la tele novela puesta en la tele, sin volumen. Dice que no le presta atención pero que le hace estar por una horita más cerca de su familia. Aunque mamita, ya tú sabes que a mi lo que de verdad me transporta a mi República Dominicana es una buena bachata. Es tremenda cuando se pone a menear las caderas, bailo yo dos piezas de esas seguidas y mis agujetas no me abandonan en una semana.

Antes de subir a casa entro en la pastelería de debajo de casa, Chelo me atiende con el delantal lleno de manchas de chocolate. Nació en el Gancho, de aquí de toda la vida que diría ella. Elabora unas palmeras de coco como nadie y vive en la calle de atrás. Es dulce y nerviosa. No pierde comba para repetir que el barrio ha cambiado mucho desde que ella era pequeña. Ahora vive gente de todo tipo nena, gente muy diferente a mi, comen cosas raras, visten de forma extravagante, hablan idiomas extraños y escuchan una música que no entiendo. Pero, ¿sabes lo que te digo vecina?, que estoy encantada, porque nos parecemos en lo más importante, en las ganas de vivir. En eso, somos iguales.

El 21 de marzo fue el Día Contra el Racismo y la Xenofobia.

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